La ilusión monárquica del liberalismo español

  • Isabel Burdiel recibió el Nacional de Historia por este ensayo en el que se aproxima a la vida de Isabel II, pero sobre todo a los años agitados de una etapa de España que aún en muchos sentidos resulta indescifrable.

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Isabel II. Una giografía (1830 - 1904).Isabel Burdiel. Taurus. Madrid, 2011. 943 páginas. 24,50 euros

En los años que siguieron al Bienio Progresista (1854-56), Isabel II empezó a tomar decisiones propias, sacudiéndose por fin la tutela de su madre María Cristina y, en menor medida, la influencia de la camarilla reaccionaria que encabezaba su marido. El momento marca un punto de inflexión en la vida de la reina pero sobre todo señala una atalaya desde la que repensar este largo y agitado periodo de nuestra historia, tantas veces narrado y sin embargo todavía en muchos sentidos indescifrable. Es el desafío que se ha propuesto Isabel Burdiel con esta ambiciosa biografía merecedora del Premio Nacional de Historia del año 2011. Un ensayo que ilumina la razón política y los valores burgueses de la España decimonónica trasfundidos en la vida de esta mujer sentimental y piadosa, tan voluble a los cortesanos como consciente de su responsabilidad dinástica; identificada, en fin, con el trono y la voluntad de la nación, elementos discutidos en el Parlamento y contestados en las calles, pero que en su interioridad formaban una unidad cristalina.

En su primera aproximación a la personalidad de la reina -Isabel II. No se puede reinar inocentemente, Espasa, 2004-, la autora ya había puesto algunas cartas metodológicas sobre la mesa. Su proyecto narrativo, a contrapelo de la biografía tradicional, trataba de desnudar las imágenes sobre la reina fabricadas por ministros aduladores, frailes logreros y hombres de negocio, que buscaron forjar el ideal de una madre protectora, a medida de sus intereses partidistas, sobre las endebles bases de una vida regia que no fue precisamente edificante y que terminó de desequilibrar su voluntad caprichosa y errática. Aquel libro que reseñamos en estas mismas páginas (Diario de Sevilla, 31/07/2004) concluía sugiriendo que el problema interpretativo de Isabel II evidenciaba, en el fondo, la debilidad del liberalismo español, su sectarismo y su dependencia del capital simbólico de una monarquía sin norte, ni autoridad.

La biografía que presentamos ahora regresa sobre alguno de estos planteamientos, reescritos de nuevo, en los seis capítulos que forman la primera parte (La fabricación de Isabel II, 1830-1854), pero da un paso adelante en la interpretación de los años centrales y mas conflictivos del reinado (Revolución y reacción. La crisis de los años cincuenta), para desembocar así en una original exposición de la etapa del gobierno de la Unión Liberal que vislumbra la decadencia que acompañó a las postrimerías del régimen (Los pasos perdidos de la Monarquía isabelina, 1858-1904). La autora, más libre aquí que en su anterior relato de los débitos de otras escuelas historiográficas (en particular el modelo de la reina Victoria), convierte la Monarquía isabelina en una pieza esencial del juego de poder de la centuria, en el doble sentido de ser un actor político que determina y conforma la deriva del liberalismo español y de constituir un problema político que exige continuamente tomar postura para definir los límites de la voluntad nacional.

Estas premisas conceptuales conducen a una revisión de la cronología clásica en la que ganan relieve las etapas hasta ahora más borrosas, consideradas de simple transición, que sin embargo incubaron los ajustes fundamentales del sistema liberal. La lectura de la insurrección de 1854 (más allá de la asonada militar y las barricadas populares) es para Burdiel la de una difícil digestión política que puso en jaque a la Corona (la reina madre tuvo que exiliarse) pero también logró diseñar una ilusión monárquica (el trono sujeto a la soberanía nacional) en la que quedaron atrapados hasta los mismos militares progresistas que se habían sublevado ante el riesgo mayor de la deriva revolucionaria o de la reacción carlista. La cuestión de la prerrogativa regia en periodo constituyente condicionó, por tanto, la trayectoria del Bienio que terminó, como es sabido, sin su constitución, iniciándose, en este trance, el rearme simbólico del Trono y su legitimación por vía religiosa y popular. Detrás de este golpe blando de Palacio estaba naturalmente la camarilla clerical que Galdós retrató con agudeza en uno de sus famosos Episodios pero no únicamente.

También actuaba la trama diplomática (con Francia e Inglaterra a la cabeza) y algunas familias de un partido moderado en estado agónico que pudieron integrarse en el proyecto de la Unión Liberal de O'Donnell. El conde de Lucena, que tenía adoración por la reina, fue el verdadero impulsor de una monarquía liberal, despojada de prejuicios, que había salido fortalecida (casi diríamos refundada) del propio agotamiento de los partidos tradicionales. Pero Isabel y su entorno no aprovecharon la coyuntura propicia de la conquista de Tetuán, ni comprendieron los beneficios políticos que podía proporcionar la domesticación de los progresistas en los bancos de la oposición. Por el contrario dieron cauce a las viejas aspiraciones ultramontanas, alentadas por la jerarquía eclesiástica y los políticos más reaccionarios. Así, la monarquía contribuyó a desestabilizar el equilibrio conseguido por los liberales, errando el cálculo en la decisiva encrucijada de 1863 (capítulo principal de la tercera parte del libro) al convocar al autoritario Narváez, contribuyendo a la desafección de los progresistas, especialmente los más jóvenes, que no participarán en las elecciones, acercándose a las posiciones de republicanos y demócratas. Se abría así una legislatura desprestigiada que ahondará la cesura generacional y social que desembocó, es bien conocido, en la revolución de 1868. Isabel II tuvo que exiliarse y murió mucho tiempo después, olvidada de todos, en la avenida Kléber de París. Resulta paradójico que las autoridades de la III República le tributaran un homenaje al que no asistió su propio nieto y que apenas tuvo eco en España. La clase política y la propia monarquía todavía no habían asimilado esta incómoda herencia que, en el fondo, denunciaba sus carencias e imposturas.

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