Tenis

Perder ganando, la paradoja de Nadal

  • Pese a ciertas carencias técnicas y momentos en los que perdió solidez y oportunidades, la impotencia no se apoderó del español en la final de Australia, donde tuvo al Djokovic contra las cuerdas.

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Mientras medio planeta seguía digiriendouno de los partidos de tenis más asombrosos de la historia y Melbourne ofrecía un infernal lunes de calor y humedad, Rafael Nadal dormía profundamente en la habitación de su hotel.

Bien pasado el mediodía, el número dos del mundo había desconectado, por fin, aliviado probablemente por su propia paradoja, la de perder ganando. "Lo he dado todo", había dicho Nadal horas antes, en una rueda de prensa a las tres de la madrugada tras la final de Grand Slam más larga de todos los tiempos, un 5-7, 6-4, 6-2, 6-7 (5-7) y 7-5 en cinco horas y 53 minutos que se cerró a la 1:40 del lunes con una gran derecha invertida del serbio Novak Djokovic.

El dato principal no le ofrece precisamente tranquilidad a Nadal: con la de Australia, lleva ya siete finales perdidas en forma consecutiva ante el serbio, un rival que en 2011 le hizo sentir lo que nadie, nunca, le había hecho vivir en forma tan reiterada e impiadosa: pura impotencia. Pero algo cambió en Australia, porque esta vez la impotencia no se apoderó de Nadal. Pese a carencias técnicas y momentos en los que perdió solidez y oportunidades, tuvo a Djokovic contra las cuerdas gracias a su tenis y a su pasión: sacó 4-2 y 30-15 en el quinto set, momento en el que erró un revés sencillo que cambió probablemente la historia de la final. De eso, al menos, está convencido Djokovic. "Ese punto en el 4-2 fue clave, de haber quedado 5-2 abajo creo que se habría acabado", dijo el número uno del mundo durante una entrevista y otras dos agencias noticiosas internacionales. "Los dos merecimos ganar", insistió.

"Creo que nunca dije tantas cosas positivas tras una derrota", había admitido horas antes, sonriente, el español. En su habitación, junto a su familia y allegados, Nadal analizó la final hasta casi el amanecer este lunes. A la noche volaba de regreso a España.  "Es verdad que he fallado esa bola del 30-15, que era bastante clara", admitió Nadal en su análisis post-partido. "Pero es un lance del juego, no hay que quedarse con esa bola, sería injusto hacia mí mismo quedarme con esa bola, pensar que ha sido esa bola. En el cuarto set estaba 4-3 y 0-40 para él, y lo he salvado de forma fantástica".

Mientras Nadal seguía desactivado sobre la almohada, Djokovic ya estaba despierto, incapaz de dormir ante el torrente de adrenalina que seguía fluyendo por su organismo. Se había acostado a las ocho de la mañana, pero un par de horas después ya estaba en pie para una sesión de fotos y varios encuentros con medios de comunicación. "Estoy lleno de felicidad, pero creo que aún no tengo total consciencia de lo que sucedió", admitió el serbio, que en 2011 ganó diez títulos, tres de ellos de Grand Slam, y que ahora admite que no es una locura soñar con repetir la hazaña de Rod Laver: conquistar los cuatro grandes en la misma temporada, dar vida al Grand Slam que el tenis no ve desde 1969. "Un jugador ya lo hizo, así que es posible, sí. Sería el mayor desafío ganar los cuatro Grand Slam en el mismo año, pero de la manera que estoy jugando ahora creo que tengo un juego que es lo suficientemente bueno para ganar títulos en todas las superficies".

Djokovic hablaba y su principal problema reposaba, agotado en su hotel, a un par de kilómetros de distancia. Porque pese a las dudas que el serbio le genera, pese a las dificultades que le plantea su juego, obligándolo a arriesgar hasta límites desconocidos, Nadal sigue siendo "el" jugador, el hombre que más claramente puede impedir que Djokovic herede a Laver.

El español sumó el domingo su tercera derrota consecutiva en finales de Grand Slam, algo sin precedentes en la era del tenis abierto, aliviando quizás la presión sobre el suizo Roger Federer, cuyo récord de 16 títulos no está blindado, ya que Nadal, de 25 años, tiene diez. Australia ya es un capítulo cerrado en un 2012 que empezó espectacularmente en el tenis masculino. Y el calendario ya está marcado con rojo en el domingo 10 de junio en París, día y lugar de la final de Roland Garros, el territorio en el que Nadal es rey, la fortaleza que Djokovic aún no pudo rendir. Lo que allí suceda bien puede marcar la temporada entera. Quizás, incluso, dejar una huella grande, enorme, en la historia.

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