El doble triunfo de ganar y gustar

La selección gana y gusta. Sólo así se entienden las conquistas de Eurocopa y Mundial, junto al reconocimiento de un estilo admirado. En tiempos de máximo pragmatismo, también en el deporte, la selección abrió la puerta a algo que parecía perdido: aunar conquistas y estética. En otras palabras, es posible ganar títulos seduciendo a la hinchada con la práctica de un fútbol atractivo. Lo curioso es que España comenzó a ganar librándose de un tópico en ocasiones alejado de la realidad, el de la furia. Ahora (y en otras etapas pasadas también) su fútbol se caracteriza más por la pausa que por el arrebato.

El nuevo camino de España comenzó en 2008 y en el momento más inesperado. Eran tiempos en los que Luis Aragonés, su seleccionador de entonces, era uno de los hombres más discutidos del país, incluso más que el presidente del gobierno. Su equipo había fracaso estrepitosamente en el Mundial de Alemania y la hinchada pedía a gritos su despido, que nunca se produjo. Aragonés resistió a una presión terrorífica, renovó el equipo, apostó por un fútbol delicado y, finalmente, ganó la Eurocopa de Austria y Suiza entre la admiración general. Luis se marchó nada más ganar este título, el primero desde 1964, y Del Bosque fue el encargado de comenzar una nueva etapa.

El salmantino, conocido por su mesura y raciocinio, no se alejó del estilo de su predecesor, aunque aprovechó para incluir cosas nuevas, rejuvenecer el equipo, añadir variantes tácticas. Y, de paso, normalizó la relación de un seleccionador con su entorno, tan deteriorada durante el ciclo de Aragonés. Con estas premisas, España ganó el Mundial de Sudáfrica y lo hizo con un componente de épica, con ese tanto de Iniesta en el final de la prórroga. Fue la única selección favorita que respondió a la exigencia, cosa que no hicieron Brasil, Argentina, Inglaterra o Italia.

Tras una larga travesía por el desierto, que duró más de cuatro décadas, España se convirtió en una selección ganadora. Pero también consiguió otro logro: recuperar el amor de su hinchada. No es éste un asunto menor, pues durante muchos años la afición española vivió muy distanciada de su selección. De hecho, las audiencias televisivas del combinado nacional fueron menores en ocasiones a las registradas por los partidos de los clubes. Pero ya no. Junto a la estética del juego está un grupo de futbolistas con el que los hinchas se identifican plenamente. Son chicos que transmiten valores como el compañerismo, la simpatía y el esfuerzo. Por eso jugadores como Casillas, Iniesta, Xavi o Fernando Torres son auténticos ídolos en el país y en muchas partes del mundo.

Según su reglamento, el Príncipe de Asturias se otorga "al grupo de personas que hayan conseguido nuevas metas en la lucha del hombre por superarse a sí mismo y contribuido con su esfuerzo, de manera extraordinaria, al perfeccionamiento, cultivo, promoción o difusión de los deportes". Justificaciones que se adaptan a los valores de un equipo que gusta mucho, tanto dentro como fuera del campo.

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