El fortín y la toalla

ESTAMOS llegando a una época del año donde, machaconamente, los protagonistas repiten como un mantra: "Tenemos que conseguir que nuestro campo sea un fortín". Cuando los resultados flojean dicha frase resume ciertos estados de ánimo con los que se pretenden afrontar los partidos de fútbol pendientes. Pero, lo peor de todo, es que la única solución manejada para conseguir una clasificación salvadora es la "vía defensiva", mientras que nadie plantea ideas innovadoras por la "vía atacante".

De pronto, el chascarrillo se maneja con asiduidad, mientras que nadie habla de juego, de adoptar una actitud más atacante para eludir los malos resultados. Todos prefieren "aguantar hasta ver…", siempre creen que los otros son peores y caerán antes en el hondón. O sea, se confía más en los deméritos de los equipos contrarios que en resolver la propia papeleta. Y todos los ilusos siguen confiando en el fortín, hasta que éste se convierte en un castillo de naipes, porque el recinto acorazado que todos han ideado en sus cabezas acaba siendo vulnerado por las mejores virtudes del contrario. En el proceso defensivo se van acumulando futbolistas en torno al portero, todos confían en la patada adelante a ver si el único delantero de la alineación, "llanero solitario", resuelve en la portería contraria aunque sea por casualidad.

A pesar de los distintos cambios de sistemas, dibujos, formaciones tácticas y todo tipo de orfebrerías defensivas, los que ocupan posiciones negativas en la tabla van evolucionando del estado de ánimo "fortín" a la ya muy desesperada expresión: "Todavía no tiramos la toalla". En esencia, vienen todos a reflexionar que están desahuciados porque el fortín no resistió y hace agua. De cara hacia fuera, es mejor mostrarse muy guerreros antes que reconocer defectos de planificación, de fichajes mal realizados, de entrenamientos inadecuados y de carencias múltiples en el equipo con desempeños poco eficientes. Por supuesto, todos acaban haciendo votos por las "dos divinidades" que siempre elevan a los altares los equipos desesperados: El Fortín y la Toalla. Señala la realidad actual de fútbol que ni los fortines, ni las murallas, ni cualquier fortificación táctica, impedirán un mal resultado final cuando lo que se puso a contribución fue una mentalidad defensiva a ultranza. Estos equipos no aportan al fútbol el cien por cien de su potencial porque sólo aportan al juego una parte de su globalidad.

El otro enfoque sería que futbolistas y entrenadores planteasen soluciones atacantes para salir a la búsqueda de resultados positivos, de ganar antes que empatar. Y tampoco bastaría con fichar delanteros en el mercado de invierno si la actitud grupal sigue siendo conservadora. Una vez quedan rodeados en el fortín, el agua se agota y llegan a necesitar "toallas", al menos para limpiarse el sudor de sus esfuerzos negativos que, además, no les aporta puntos salvadores. E insisten: "No tiramos la toalla", mientras siguen haciendo parapetos y parapetos, trincheras, empalizadas, barricadas, troneras y porque no es reglamentario alinear a los cocodrilos que nadan en los lagos que rodean el fortín…

¡Qué desastre de fútbol! Siguen convencidos de que "¡Quien resiste, gana!". Por eso, los equipos de fútbol que se articulan como un ejército de zapadores, acaban practicando un fútbol de mazmorras de edad media, y aparecen los elementos defensivos de aquella época: picos, palas, cinceles, martillos, porras, escudos, flechas y artilugios anticuados para resolver el auténtico problema: ganar. Lo cual no se consigue con la fórmula de ciudadela, un fútbol de resistencia e intramuros, un juego de protección a ultranza.

Hasta que, de tanto resistir, el agotamiento los convierte en boxeadores "sonados", desorientados y a merced de los equipos contrarios. En la etapa final, antes de expirar y enterrar la categoría, cuando se comprueba que los fortines y las toallas ya no sirven, se recurrirá a la idea de los malos arbitrajes, desesperadamente, o al mal de ojo del presidente de la Federación o de la Liga; o vete tú a saber.

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