La Iglesia ortodoxa rompe su alianza con Tsipras

  • El arzobispo Jerónimo II pide a los griegos "un claro sí" en el referéndum del domingo que escuece al Gobierno

La petición que ayer hizo el arzobispo Jerónimo II, el máximo jerarca de la Iglesia ortodoxa (la institución privada con mayor poder en influencia social en Grecia), para que en el referéndum de este domingo los griegos voten "un claro sí", debió de escocer mucho más al primer ministro Alexis Tsipras que el efecto producido en cualquier aseveración que hubiera llevado a cabo Angela Merkel o el resto de dirigentes comunitarios y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Hasta el momento la Iglesia Ortodoxa había venido siendo una aliada fundamental en el camino recorrido por el partido de Tsipras, Syriza, a la hora de auparlo como primera fuerza política del país, y ello pese a que, en términos de posicionamientos ideológicos, los patriarcas ortodoxos se encuentran en las antípodas de la formación de la izquierda radical.

A través de una intervención radiofónica emitida por la página web de la institución eclesiástica, Jerónimo II hacía "un llamamiento a los griegos a que se queden en el corazón de Europa" a la hora de ir a votar en el referéndum de dentro de dos días, asumiendo en estos términos las propuestas llegadas desde la troika, conformada por el FMI, el BCE y la Comisión Europea, y colocando al Papa ortodoxo griego en oposición a Tsipras.

La trascendencia del pronunciamiento realizado por Jerónimo II se entiende tanto si se considera como muy infrecuente que el máximo patriarca ortodoxo griego realice manifestaciones políticas, como si se realiza una lectura desde los ámbitos religioso, político e incluso económico, tal es el grado de penetración y porosidad de la Iglesia en los órganos que controlan la economía y la política en el país.

Grecia es de manera oficial y constitucional un país "confesional", con enseñanza obligatoria de religión ortodoxa en las escuelas (salvo petición expresa de los padres), donde la gran mayoría de los ciudadanos se declaran creyentes y frecuentemente practicantes y donde, pese a la bancarrota del país, el Estado subvenciona a la institución con una media de 220 millones de euros anuales, con un tratamiento fiscal privilegiado.

Su presencia en los vectores económicos es igualmente destacada. Si se excluye a la Administración Pública, la Iglesia ortodoxa está considerada en términos absolutos como el ente con mayor volumen de posesiones y bienes raíces en Grecia. De manera oficial, la jerarquía eclesiástica únicamente admite estar en el comité de control del principal banco del país, el Banco Nacional de Grecia, disponer de casi 90.000 metros cuadrados de inmuebles urbanos, 4.000 hectáreas de tierras agrícolas y 113.000 hectáreas de bosques. Pero al margen de la contabilidad oficial, se le calcula una fortuna mucho más extensa, puesto que miles de propiedades más no han sido inscritas nunca en el registro público.

Justo antes de las votaciones que encumbraron a Tsipras hace sólo cinco meses, y ante el estupor de la mayoría, el arzobispo Jerónimo II iniciaba un idilio con el ahora primer ministro al pedir apoyos para él de manera tácita y sumarse así a sus críticas a la troika. En aquel momento, Bruselas pretendía acabar con parte de los privilegios fiscales de la Iglesia. Tsipras visitó entonces de manera simbólica el Monte Athos (donde se encuentran los monasterios), eliminó de su programa electoral la promesa de aprobar la adopción para las parejas gais (anatema para el líder ortodoxo) y garantizaba el actual estatus tributario de la Iglesia.

A cambio, Jerónimo II aportaba el imprescindible apoyo del partido que sustenta en estos momentos en coalición al Gobierno de Tsipras, los nacionalistas conservadores Griegos Independientes. Su líder, Panos Kamenos, es un fervoroso defensor de la Iglesia ortodoxa y, sin su soporte, el Ejecutivo de Tsipras podría ser pasto de la oposición política en cuestión de días.

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