Rafael Álvarez 'El Brujo'

"Todo lo americano llega aquí de segunda mano"

  • El actor y dramaturgo, en gira con 'El testigo', piensa que el problema de los grandes hombres es que "sus grandes mujeres los hacen muy pequeños y muy pueriles".

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-¿Cuándo conoce a Quiñones?

-En un recital de poesía en el colegio mayor San Juan Evangelista.

-¿Quién le puso El Brujo?

-Un compañero de ese colegio de Madrid. José Luis Ortiz Nuevo, el poeta. Es como un talismán.

-¿Qué estudiaba en Madrid?

-Fui a estudiar Derecho.

-Presenta El Testigo. Una palabra del ámbito jurídico...

-Del ámbito jurídico procesal.

-¿Es una España judicializada?

-Y de una manera estrambótica. Ya estamos saturados de jueces, de historias y procesos judiciales. 

-Jaén está llena de torres. Usted, de Torredonjimeno. Juanito Valderrama, de Torredelcampo...

-Nos dieron a los dos la medalla de Oro de las Bellas Artes en Granada. Las entregaron los Reyes. Ya estaba muy mayor. Lo saludé con mucho cariño. Me contó que se fue de Torredelcampo a Madrid con el artisteo. Lo mismo que yo, le dije.

-Encarna a un cantaor. En Nairobi declararon el flamenco patrimonio inmaterial de la humanidad. ¿No habría que declarar a la humanidad patrimonio inmaterial?

-No estaría mal. Pasar de esa abstracción a una humanidad que es de carne y hueso, que tiene nombres y apellidos, que tiene un estómago que hay que llenar de pan, de habichuelas y antibióticos.

-¿Cree en los grandes hombres?

-El problema de los grandes hombres es que suelen tener grandes mujeres que de tanto protegerlos y recordarles lo grandes que son con sus premios los hacen muy pequeños y muy pueriles. 

-¿Cómo pasó del Derecho al Teatro?

-Así, derecho al teatro. Empecé con El juego de los insectos, dos hermanos checos en la línea de Ionesco, Beckett o Dürrenmat.

-¿Nos habríamos quedado igual si la noticia de la muerte de Ben Laden la da Bush en vez de Obama?

-La habríamos utilizado como un pretexto para echarnos encima de él, yo el primero, Bush me caía muy antipático. Como fue Obama, fuimos más comprensivos porque la realidad es compleja. Lo que pasó sólo lo saben Obama, el que lo mató y los que estaban allí. Cuestión de Estado. Mataron a un hombre para salvar a la humanidad. 

-Lo que dice Caifás para condenar a Jesús, "os conviene que un solo hombre muera por el pueblo...".

-La referencia la tengo muy fresca. La interpreto completa en El Evangelio de San Juan.

-Desde que hizo de Búfalo, el limpiabotas de Juncal, ¿volvió a televisión?

-Nunca más. ¿Por qué? No lo sé. No me han ofrecido nada interesante y el teatro me llena.

-La misma televisión que ha puesto de moda los monólogos...

-No es tan nuevo. En la película Lenny, Dustin Hoffman interpretaba a un monologuista que hacía un show de palabras. Una silla, una copa, un micro, una hora tardía, un fondo filosófico o seudofilosófico y mucho humor. A España llega todo lo americano de segunda mano y gastado como esos aparatos que los americanos habían usado en la Segunda Guerra Mundial y los mandaban al Ejército español. Yo hice la mili en el Soria 9, la pequeña Legión, y allí se tiraban una hora con una de esas radios americanas explicándote que on era se conecta y off se desconecta. 

-Tuvo que ser un privilegio trabajar con Rabal o con Fernán Gómez.

-Y con Lola Flores, quiero que conste. En Juncal le canté a Lola Flores una bulería, una letrilla que me escribió Jaime de Armiñán para una juerga que había después de una corrida de toros. Yo, que tenía una oreja enfrente de la otra. Si mi madre levantara la cabeza, con lo que admiraba a Lola Flores.

-Quiñones se fue con la pena de que no llevaran al cine su novela La canción del pirata.

-No la conocía.

-Fue finalista del Planeta, como también lo fueron Benet, Grosso o el propio Fernán Gómez. ¿Los mejores no ganan? 

-Quizás. Igual los mejores son los segundos. Los finalistas, como el Real Madrid.

-¿Está puesto en fútbol?

-Estaba viendo uno de los muchos Barça-Madrid, pero los niños querían ver una película. Terminó la película y cuando volví al fútbol ya habían marcado los dos. 

-El Brujo le decían a Amancio.

-Y a Quini, que jugó en el Barcelona. Me parece una desmesura el protagonismo social del deporte, sea Nadal, Contador o la selección de fútbol. Hay una desproporción tremenda con lo que se dedica a la cultura, sea la música sinfónica o el teatro. El cine es caso aparte, tiene el glamour de la moda. Parece que la sociedad necesita aglutinarse, cohesionarse en líderes o modelos. Cada vez la gente es menos gente individualmente hablando. 

-¿Qué le parece la compra de Skype por Microsoft?

-Yo no uso ordenador, lo tiene mi mujer en casa y mi secretaria en el trabajo. No tengo carnet de conducir y me siento cateto en un cajero.

-¿Le abruma Madrid?

-No crea. Vivo en el Madrid de los Austrias. En una calle por la que no pasan ni coches. Entre la plaza Mayor y la plaza de Ópera. 

-Donde rodó Trueba Ópera Prima, su primera y mejor película.

-Eso es la espontaneidad. Es como la primera novia. Lo que hay que conseguir es que cada vez parezca siempre la primera.

-¿Piensa en algún cantaor cuando interpreta el texto de Quiñones?

-Era muy amigo de Enrique Morente. Lo conocí en el colegio mayor. Cuando iba a Granada, siempre iba a verme con su mujer. Me decía que no me quedara en ningún hotel, que fuera a su casa.

Un cantaor y un evangelista


Rafael Álvarez El Brujo (Lucena, Córdoba, 1950) pasó toda su infancia en Torredonjimeno (Jaén). Fue a Madrid a estudiar Derecho, pero se encontró con el Teatro. Con El Testigo, la historia de un cantaor escrita por Fernando Quiñones, dejó ayer Sevilla (Teatro Quintero) y viaja a Albacete. Lo simultanea con El Evangelio de San Juan en el teatro Infanta Isabel de Madrid. El 1 de julio estrena en el festival de teatro clásico de Almagro, en su Corral de Comedias, Las mujeres de Shakespeare. Interpretó al Lazarillo de Tormes en versión de Fernando Fernán Gómez y éste escribió para él El pícaro. aventuras y desventuras de Lucas Maraña, que trajo al Teatro Central en la Expo 92. Lo catapultó La taberna fantástica, de Alfonso Sastre, y es de los pocos intérpretes que actuó (Sopa de mijo para cenar) en la torre de don Fadrique de Sevilla, invitado por Ortiz Nuevo, quien lo bautizó.

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