Gregorio Morán. Periodista y escritor

"Hay gente que critica y luego tiene la piel fina"

  • El vitriólico biógrafo no autorizado de Adolfo Suárez bucea en 'El cura y los mandarines' en la trayectoria de la corte intelectual del felipismo yendo a sus orígenes.

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El cura y los mandarines se ha convertido en un fenómeno editorial. Su autor, Gregorio Morán (Oviedo, 1947), vitriólico biógrafo no autorizado de Adolfo Suárez en sus años de gloria en un libro imprescindible, bucea en la trayectoria de la corte intelectual del felipismo yendo a sus orígenes. El resultado, polémico y quizá discutible -como no podía ser de otro modo firmando quien firma-, es un fresco de años mitificados cuyos lugares comunes se han repetido hasta la saciedad. Y Gregorio Morán no escribe sobre lugares comunes.

-¿Ha leído El Jarama?

-Sí, claro, en el Bachillerato.

-¿Y le gustó?

-Bueno, no me entusiasmó, pero tampoco me desagradó. No la recuerdo muy bien.

-Pues no la vuelva a leer. Ni se le ocurra. Fue una novela que marcó un tiempo y ahora el tiempo ha sido muy cruel con ella.

-¿Ha releído mucho para confeccionar El cura y los mandarines, lo más salvaje, en mi opinión, que se ha escrito sobre la intelectualidad reciente?

-Bueno, salvaje... Ahora hablamos de eso si quiere, pero sí, sí he releído mucho, casi todo, más de lo que hubiera deseado.

-¿Algún Jarama más?

-Sí, bastantes. Juan Benet, por ejemplo, es insufrible a los ojos de hoy en día y eso que mi generación es lectora de subir montañas. Por muy difícil que fuera el libro, yo lo terminaba. Ahora no, he tenido que dejar libros a la mitad, no podía con ellos.

-Pues ha dedicado diez años a esta tortura.

-Sí, ha supuesto un enorme agotamiento mental.  Este es el último libro gordo de Petete que escribo, pero no todo ha sido terrible. He descubierto cosas y hay libros, como Tiempo de silencio, de Martín Santos, que han sobrevivido con nota al tiempo. Y si Pascual Duarte hoy resulta artificial, es indudable que La Colmena sigue siendo un gran libro.

-¿Le ha salido lo que proyectó en su día?

-Los libros los carga el diablo. Este libro iba a ser algo más sencillo, tenía un  horizonte de investigación de un par de años, pese a que el periodo que abarcaba era largo, entre 1962 y 1996, y el tono no iba a ser tan agresivo, con tanto sentido de la sátira. Ha salido un libro desmitificador que creo que era necesario porque hay demasiados agujeros en nuestra historia. Es un libro que rompe un cristal. En fin, piensas que es el libro el que te va conduciendo y no tú el que lo conduces a él.

-¿Hacia dónde?

-Muchas veces hacia el desconcierto. Yo narro en algunos pasajes hechos en los que yo estuve presente y, al comprobarlos, me he llevado la sorpresa de que mi memoria me traicionaba, que no habían sucedido   como yo recordaba ¿Usted subraya los libros?

-Sí, suelo hacerlo.

-Yo también. Al volver a abrir los viejos libros me encontraba con subrayados en los que me preguntaba: ¿por qué subrayé esta memez? La relectura es una gran lección.

-A veces un peligro.

-De jóvenes nos decían nuestros mayores, ante lo inexplicable de algunos comportamientos: cuando seas mayor lo entenderás. Qué gran mentira. Yo ya no puedo ser más mayor y entiendo menos que antes y ya no tengo posibilidad de entenderlo nunca.

-Pero sí entenderá que a los personajes de su libro los coge de jóvenes, cuando son revolucionarios, y los deja mayores, cuando están acomodados. Es una evolución normal.

-Sí y no. Es cierto que cuando nos hacemos mayores valoramos cosas y nos hacemos conservadores, pero en ningún sitio está escrito que nos volvamos abiertamente reaccionarios, que es lo que les ha pasado a muchos.

-Que fueran censuradas once páginas, las dedicadas a Víctor García de la Concha, ha despertado la curiosidad de muchos. Ha sido la comidilla del mundo editorial. ¿Quiere darle las gracias a alguien por el favor?

-Un favor envenenado porque estuve a punto de comerme el libro con patatas por negarme a quitar esas páginas. Eran una viga maestra de la obra. No las podía quitar. En este caso, como dicen en El Padrino, la censura no era un asunto personal, sólo negocios.

-Al fin y al cabo, una editorial es libre de publicar lo que quiera.

-Sin duda, sin duda. Es cierto que en este país no existe la censura, como prueba que el libro ha visto la luz gracias a una editorial, Akal, que yo ni siquiera conocía, que ha venido al rescate y ha aceptado mis condiciones. Y no, no existe censura, pero existen modos de presión más eficaces. Los dirigentes que se manifestaron a favor de la libertad de prensa tras el atentado de Charlie Hebdo saben mucho de eso.

-Entre los enemigos que se ha buscado se encuentra nada menos que Muñoz Molina.

-Sí, se lo ha tomado mal. Sorprende viniendo de una persona que se dedica a opinar. La gente que se dedica a criticar, que se queja de que otros no tengan piel de elefante, tienen la piel muy fina.

-Creo que él se queja más bien de lo que dice de otros intelectuales.

-Sí, una hipocresía muy propia de la inteligencia española: me quejo de lo que dices de fulanito. No, lo que te duele no es fulanito, es lo que digo de ti.

-A Luis María Anson, que, de algún modo, sale retratado, le ha gustado.

-Me ha sorprendido. Es un personaje tan complicado que alguna razón tendrá.

-Pero considera un error que haya escogido a Jesús Aguirre, el cura, como hilo conductor.

-Quizá hubiera preferido que lo escogiera a él ¡Pero cómo no iba a coger a Aguirre! Acabó su vida siendo el duque de Alba. Y duque de Alba sólo hay uno. Es un hombre que coqueteó con la izquierda más radical de oposición al franquismo y acabó su vida aburrido,  gestor consorte de  grandes propiedades.

-¿La corte de intelectuales de la que se rodea el PSOE felipista tiene algún símil con otra época de nuestra historia?

-Es algo totalmente novedoso. El intelectual español siempre ha sido despreciado por el poder. Sin embargo, con la llegada el PSOE se da esa frase que acuñó Sánchez Ferlosio dando la vuelta a un dicho de los nazis, que decían que al escuchar la palabra cultura sacaban la pistola. Con el felipismo, al escuchar la palabra cultura se sacaba la chequera. Y Felipe González los sabe utilizar, los adoctrina. Y, de hecho, le son muy útiles.

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