salvador távora. director teatral

"Hay que soñar molinos de viento. El arte no es razonable"

-Pese a lo difícil de la situación, es bonito que vecinos y asociaciones trabajen para salvar su teatro.

-La ocasión es dolorosa, pero que se una la gente, que está bombardeada por infinidad de cosas que desvían el interés de lo fundamental para lograr una sociedad mejor, es bonito, sí.

-En cierto modo, esa sociedad le está respondiendo. Usted nunca concibió un teatro que tuviese sólo una función artística.

-Para que una obra merezca la pena, creo, debe tener una función social. La contemplación en sí no es suficiente, la creación ha de tener un compromiso. O lo que ha tenido siempre nuestro trabajo, una identidad cultural.

-Ahora, en un mundo tan globalizado, hay gente que rehúye de ese concepto.

-Es algo que tiene que salir de tus impulsos, no se trata de algo intelectualizado. Los impulsos venían del propio lugar donde vivíamos, donde sufríamos, donde gozábamos. Y nuestro teatro contenía algo que era imposible no entender, que era la emoción.

-Usted supo integrar elementos de su propia vida en su obra. La maquinaria de la fábrica en la que trabajaba, por ejemplo.

-Llegó un momento en el que las soldaduras eléctricas que me servían para vivir, para subsistir, se convirtieron en las luces del espectáculo. Y no había luz más bella que ésa. Los conocimientos que tú adquieres en tu vida se pueden trasladar al campo del arte. Yo en mi obras he mezclado las máquinas, las marchas procesionales, las bandas de cornetas y tambores... Mirándolo por separado parecían piezas de mundos distintos pero no lo eran.

-Descubrió en el Festival de Nancy, siendo joven, el efecto que causaba el flamenco en el espectador, y también lo incorporó a su lenguaje.

-A Nancy iba con el Teatro Estudio Lebrijano, un grupo formado por obreros y universitarios. Algunos van a venir aquí a estas jornadas, y van a hacer un trocito de una obra. Mi trabajo se hizo de vivencias, pero también han tenido mucho peso el cante, el baile, la memoria... En mi teatro es más importante lo que ocurre sobre el escenario que lo que se dice.

-Se rebelaba, ha dicho recientemente, contra el teatro literario y pequeñoburgués que se hacía.

-Nosotros, cuando empezamos esta aventura, no pertenecíamos a ninguno de esos sectores, ni a los literarios ni a los pequeñoburgueses. Nos salió algo distinto no porque fuéramos geniales, sino porque las demás cosas no nos las sabíamos.

-La última propuesta en la que trabajaba La Cuadra se titulaba Cabalgando molinos de viento. Ustedes, hoy más que nunca, han tenido que sentirse Quijotes.

-Sí, hay que soñar molinos de viento. A veces el arte no es razonable. Como, por ejemplo, esta aventura de construir este teatro. Más allá de que sea donde me crié, es un barrio. Intentar desarrollar un lenguaje como el nuestro en un entorno que carecía de un espacio para actividades culturales... Me movía la convicción de que el artista debe ser útil para la sociedad. En la vida me paré a pensar estas cosas pero ahora las estoy sintiendo.

-¿Y a qué conclusión llega?

-La conclusión depende de las conversaciones que estamos teniendo con los responsables de la cultura. Los partidos políticos nos han abierto las puertas, quizás porque sentían que la historia de La Cuadra era una conquista de todos.

-En las conversaciones que tienen con las administraciones, negocian que se hagan cargo de la deuda y mantengan el teatro.

-La ilusión es que el teatro siga sirviendo, aunque no sea nuestro, pero que sea de una institución, que funcione para Sevilla, para la gente del teatro. Que se hagan talleres, conferencias, debates sobre la situación, que sea un espacio cultural con actividades. Digo todo esto con tristeza. Hace un año murió mi mujer y me quedé un poco solo, y está siendo una época difícil.

-Y tampoco debe de ser fácil abandonar un proyecto tan personal. Usted abrió este teatro en la fábrica donde empezó a trabajar siendo joven.

-Digamos que lo que hemos hecho como compañía tuvo una repercusión internacional, pero yo con los años pensaba que me iba cansando de todo eso, me acordaba de mi barrio. Mi gran ilusión era construir un teatro aquí y vivir el resto de mi vida, enseñando a todo el que quisiera mi lenguaje, llevando una vida creativa pero íntima, muy ligada a mi cama, a mi mesilla, lejos de ese mundo fantasioso tan lleno de importancia. Iba buscando mis orígenes. Y los orígenes estaban en la fábrica.

-Vayamos a los momentos felices de La Cuadra, que ha habido muchos. ¿Cuáles destacaría?

-Destacaría dos. La presentación de Carmen en Sevilla, en la Maestranza, con la muerte de Carmen donde murió realmente, según la leyenda primitiva... [En este recuerdo se une Lyliane Drillon, pilar fundamental de la compañía, y relatan el episodio entre los dos] Y la caída de las Torres Gemelas. Estábamos montando el mismo espectáculo en el New York City Center cuando ocurrió el atentado, estrenábamos al día siguiente. El alcalde lanzó un bando para que la vida siguiera su curso. Manhattan se cerró, se podía salir pero no se podía entrar. El nuestro fue el único espectáculo que se presentó el 12 de septiembre porque el elenco estaba allí, en Manhattan. El New York Times decía al día siguiente que la banda de cornetas y tambores había sonado entonces a más muerte que nunca.

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