Qué golosos son los ejes territoriales

LA Vanguardia es un buen diario porque a menudo demuestra una notable capacidad para saltarse el guión de las agendas y agencias. Entre sus asuntos predilectos figura, cómo no, la cuestión territorial. Son, como Maragall, adictos a los ejes, un concepto casi siempre con tirón aunque se materialice poco y mal. Es cierto: los ejes son golosos. Implican una expansión del ombliguismo en busca de nuevas sinergias que a veces también encierran oscuros deseos expansionistas. La penúltima de estas empresas abarca la ribera mediterránea y afecta, desde una perspectiva basada casi exclusivamente en las infraestructuras, a Cataluña, Valencia y Murcia. Es interesante que la iniciativa provenga de Francisco Camps, el mismo hombre que ofreció tenaz oposición a la Eurorregión patrocinada hace años por el Tripartito I para emular la vieja zona de influencia del Reino de Aragón.

Como en la variedad está el gusto y el íbero es de naturaleza envidiosa, los proyectos se multiplican a pesar de gozar de desigual impacto mediático. Bien conocido es el empeño anexionista de Ibarretxe, obcecado, igual que ETA, con Navarra, presunta patria del nacionalismo vasco aunque la historia nos recuerde que los navarros gestionaban sus reinos mucho antes de que existiera siquiera el vocablo Euskadi. La paradoja es que se trata de una unión que por ahora sólo anhela una de las partes, así que quizás sería mejor sustituir una definición tan generosa como el matrimonio por otra tan ominosa como la violación.

Pinitos hacen también en la punta occidental de la Península, donde gallegos y asturianos invitan a portugueses del norte, leoneses, salmantinos y zamoranos a estrechar lazos en busca del porvenir económico y el protagonismo que les niega el olvidadizo epicentro mesetario.

Ya metidos en harina, a los andaluces les picará la curiosidad. ¿Qué alianzas se cuecen aquí, oh cálido sur? Recordarán seguramente la primera y única tentativa. Maragall, que era un president con bastante imaginación, propuso a Chaves un pedazo de bloque norte-sur. Se supone que los vínculos eran varios y todos sólidos. Dos comunidades gobernadas por los socialistas; los dos grandes surtidores demográficos del país; la puerta hacia Francia y Marruecos. La cosa se estropeó porque el Parlament fabricó el Estatut y el gran ojo escrutador centró allá toda su potencia política y mediática. Hablar de sociedades se convirtió casi en un insulto para el PSOE-A cuando sobre la mesa se puso un sistema de financiación radicalmente opuesto a sus intereses.

¿Y ahora? No parece que la actividad sea demoledora, prueba esperanzadora de que Andalucía no es tan veleta como para dejarse llevar por la tendencia. Si el furgón de cola ha sido nuestro lugar predilecto en la hasta ayer rolliza economía española, ¿por qué romper la costumbre en disciplinas tan etéreas como la asociación estratégica? Extremadura, Murcia y Castilla-La Mancha deben sonar a poquita cosa.

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