El malo en casa

SEGÚN Mariano Rajoy, ningún compatriota compraría los Presupuestos diseñados por el Gobierno para 2009. Es curioso que sea justo en su casa parlamentaria donde dos ciudadanos -también españoles y sobre todo navarros- mediten llevarle la contraria. A la población civil, perdóneme señor presidente del PP, las cuentas públicas le importan lo justo. Entendamos su reflexión como una muestra más del fantasioso aislamiento político.

Si supiera una pizca de economía, diría a bote pronto que huele mal eso de que el cobro de las pensiones y el paro absorba un 40% del pastel presupuestario. Si fuera malvado y omnipotente cambiaría también el pasado para que Rajoy fuera presidente y se comiera el marrón de la crisis. No por una particular inquina hacia el personaje, sino por la sana curiosidad de saber definitivamente si las recetas mágicas existen.

Otra cosa es asumir los códigos del liderazgo y escrutar la conducta del PP. Primero le fastidia que manden otros. Después le encanta criticar -en eso es muy ibero-. Y encima resulta que el problema en el Congreso no lo tiene el PSOE, eterna y sutilmente amenazado por el PSC, sino él mismo, partido de la unidad de voz y espíritu, por culpa de unos tipos que se apellidan UPN y representan a la comunidad con el mejor régimen fiscal del país.

El cambalache dejó de ser tiempo atrás una cuestión entre clanes. Sáez y Tamayo lo captaron perfectamente. El dinero al final no se reparte por barrios sino entre familias. Miren si no a los jefes catalanes. O a los andaluces, curtidos ya en esto de rascar recursos y homologables a cualquier potencia pedigüeña. Lo que Rajoy debería comprender cuanto antes es que ésta es una negociación entre y para políticos. Nosotros seguiremos más o menos igual: obritas en periodo electoral, desfachatez atemporal.

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