La propuesta de independentismo tiende al esperpento

  • El proyecto catalán ha tomado unas connotaciones tan pintorescas que el propio Mas advierte que se va a plantear la convocatoria de las elecciones que proyectó para septiembre.

Parece inaudito, pero el proyecto independentista catalán ha tomado unas connotaciones tan pintorescas que el propio Artur Mas, probablemente asustado por cómo se le está yendo de las manos su "ruta", ha advertido que se va a plantear la convocatoria de las elecciones que había proyectado para el 27 de septiembre.

Elecciones que él mismo ha calificado de plebiscitarias y constituyentes, porque si ganaba la candidatura independentista, y el presidente catalán estaba seguro de lograrlo, se pondría en marcha con unos plazos prefijados la declaración unilateral de independencia, y además se abriría un proyecto de redacción de una Constitución catalana que iría más allá del Estatut. Un Estatut que implica que Cataluña forma parte de la España autonómica.

Esa idea y ese recorrido, que Artur Mas había diseñado milimétricamente con sus más directos colaboradores y en el que estaba empeñado a pesar de que la realidad es tozuda y la consulta ilegal había demostrado que el voto independentista apenas rozaba el 30%, se está viniendo abajo por la forma en que los partidos independentistas tratan de imponer sus respectivas estrategias.

El primer golpe para Artur Mas vino cuando Josep Antoni Duran Lleida, que en los últimos años se había movido en una irritante ambigüedad, porque se declaraba nacionalista no independentista pero dejaba libertad a los suyos para sumarse a las manifestaciones organizadas por Mas y por ERC y también defendía la participación en la consulta, se desmarcaba de la llamada hoja de ruta independentista de Mas, llamaba a sus militantes a pronunciarse sobre el independentismo en una consulta de tipo interno, de partido. Ganó su propuesta por la mínima, pero ganó, y de forma inmediata rompió la coalición CiU de más de 35 años de historia y salieron del gobierno de la Generalitat los tres miembros de Unió, incluida la activa vicepresidenta Joana Ortega así como el consejero de Interior, Ramón Espalader, que se perfila como el próximo candidato de Unió Democrática de Cataluña a la presidencia de la Generalitat.

Las elecciones del 24 de mayo obligaron a Artur Mas a hacer un profundo análisis sobre la situación. Contra todo pronóstico tuvo un voto masivo Podemos a través de círculos y siglas que llevaron nada menos que a la Alcaldía de Barcelona a la activista antidesahucios Ada Colau, que se declaraba no independentista, al igual que había hecho Pablo Iglesias, bajo cuyo paraguas protector se presentaba la plataforma que presentaba a Colau. Por otra parte, Oriol Junqueras ya no mostraba el entusiasmo que sentía hacia Artur Mas y parecía tener vida propia y, lo que era más grave, la CUP y la ANC cada día que pasaba aparecían más fortalecidos y presentando iniciativas que ni gustaban ni convenían a Mas, que veía cómo iba perdiendo terreno poco a poco ante ese conglomerado de siglas y grupos radicales al que nada unía excepto el proyecto independentista.

Por otra parte, consumada la ruptura de CiU, Mas retomó su vieja idea de presentar a las elecciones autonómicas -las plebiscitarias y constituyentes- una lista única junto a ERC y varios miembros de plataformas, partidos y grupos independentistas muy radicalizados, entre ellos la CUP (Candidatura de Unidad Popular), Òmnium Cultural, la Asociación de Minicipios Independentistas y la Asamblea Nacional Catalana.

La última propuesta es la que ha rebasado los límites de lo que puede aceptar no solo Artur Mas sino cualquier político que se mueva con las reglas de juego convencionales. Pretenden presentar a las elecciones del 27 de septiembre una lista única, como quería Mas… pero sin políticos, con personalidades de la llamada "sociedad civil". Artur Mas, dice uno de sus colaboradores, se quedó "con los ojos a cuadros". En un gesto de solidaridad para tratar de que saliera adelante esa lista única, única posibilidad de que el independentismo tuviera alguna posibilidad de ganar las elecciones plebiscitarias, había anunciado que él no exigiría ser cabeza de esa lista a pesar de su cargo, que formaría parte de ella en el lugar que se le asignase. Lo que no podía imaginar era que no fuera a formar parte de esa lista, ni tampoco nadie de su equipo. Francesc Homs, el hombre fuerte de su Gobierno, fue menos cauto que Mas y abiertamente mostró su profundo malestar. Mas sólo hizo un gesto de contrariedad pero con unas declaraciones que expresaban su estado de ánimo: sólo convocaría las elecciones si estaba convencido de que se daban las circunstancias para hacerlo, si de demostraba que serían positivas para los catalanes. Hablando en plata: no le gustaba nada la propuesta de la lista de "civiles" y como era él y solo él quien podía convocar las elecciones -con fecha límite el 3 de agosto si pretendía celebrarlas el 27 de septiembre- se lo pensaría mucho antes de dar el paso.

Las explicaciones que llegaban de las plataformas independentistas abundaban en el disparate. Anunciaban que, una vez formado el nuevo Parlamento, esos hombres y mujeres "civiles", no políticos, convocarían unas nuevas elecciones en el plazo de cinco o seis meses, pero ya desde el proyecto independentista; y era entonces cuando podrían presentarse en las listas de sus respectivos partidos los políticos, que entonces formarían parte del nuevo Parlamento que completaría la famosa hoja de ruta.

¿Y si no ganaba la lista independentista y el nuevo presidente de la Generalitat no convocaba esas elecciones en seis meses? ¿Quién ocuparía los escaños del independentismo en el Parlamento? ¿Los hombres y mujeres de la literatura, el espectáculo, las artes, el deporte? Ah… No había respuesta para una pregunta tan obvia. Aparte de que en ese escenario, con parlamentarios "civiles", se eliminaba drásticamente y quizá definitivamente a toda una generación de políticos.

Pronto fue evidente la inquietud de Artur Mas, el desdén con que Oriol Junqueras observa las decisiones que toma el presidente de la Generalitat, el estupor con el que sigue la mayoría de los catalanes todo lo relacionado con las elecciones de septiembre y las fórmulas que presentan grupos independentistas a cual más pintoresco, por no decir más irresponsable.

Coincide además esta peripecia independentista que sería irrelevante, por absurda, si no formara parte de ella el partido que gobierna, con las decisiones que ha puesto sobre la mesa la nueva alcaldesa de Barcelona, que pueden hundir el turismo en Cataluña y que, de momento, han paralizado iniciativas que estaban a punto de emprenderse.

Se comprende que la mayoría de los catalanes no den crédito a lo que están viviendo.

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