Con las bombas que tiran los fanfarrones

  • Las explosiones etarras entraron ayer de lleno en las tertulias y corrillos, pero no mermaron un ápice las ganas de fiesta · Se percibió, no obstante, un cierto freno echado al derroche, pero la principal causa fue la crisis, que ya duele

Pues sí, parece que hay gente a la que le sienta muy mal que en Málaga se viva de manera distendida, por no emplear una expresión malsonante. Afortunadamente, si los gudaris de turno creían que iban a amedrentar al personal feriante, se dieron con un palmo de narices. El susto se lo llevaron los vecinos de las zonas afectadas, que ya es bastante, pero en el centro y en el real la fiesta no decayó un ápice. Bien podía adaptarse el lema gaditano de "Con las bombas que tiran los fanfarrones": aquí la fiesta no la para ninguna banda terrorista, por mucho que en la hermosa Euskal Herria llueva y haga frío. A estas alturas, sólo nos faltaba que nos cayera algún imbécil a dictar qué podemos y no podemos hacer los pobrecitos jornaleros andaluces, aficionados a la playa y al aceite de oliva (en Vitoria, Jon Abril, de Aralar, condenó el atentado porque "estropeó el merecido descanso" de los trabajadores que vienen aquí a veranear; no me digan que no es para darle una medalla, igual el pobre cree que aquí no vive nadie habitualmente). No resultó bastante con el primer navajazo de la noche del sábado en el real, faltaba otra clase de chusma. Contra ellos hubo fanfarrias, sevillanas, verdiales, mucha juerga, ganas de diversión, padres que llevaron a sus hijos a pasear en los carricoches, cantaores espontáneos en las aceras, guiris con la piel acribillada por el sol y ciegos de Cartojal demasiado pronto, tómbolas legales y trileros furtivos, empleados de Limasa que trabajaban a destajo, chinos que alucinaban con el algodón dulce, yolis de chanclas resbaladizas y biznagas en el pelo, ligones pesadísimos, un tipo con melena rizada y descalzo que cantaba solo en Sánchez Pastor "Dale que dale que dale, toma que toma que toma, que tengo una novia que vale más que la fuente de Roma" con autojaleo incluido, embarazadas que le daban a la cero cero como al más exquisito calimocho, vendedores de estampitas de la Virgen, lectores de las manos y de las cartas del tarot, vecinos del centro que intentaban pasear al perro entre un ejército de bebidos desvergonzados, devoradores de doner kebabs que se las daban de interesantes entre consumidores de pinchos de tortilla y sobres de jamón con piquitos, pandillas de amigos de todos los tamaños y enamorados que aprovechaban la masa para dar cuenta de sus cariños en cualquier rincón. Todo un desfile de seres humanos vivos, con ganas de vivir en una ciudad que es de todos y para todos. Si Málaga nunca se ha llevado bien con las condiciones fronterizas, mucho menos las tolera en Feria.

a compás

De cualquier forma, resultaba evidente que el asunto de las bombas etarras iba a entrar de lleno en los corrillos y las tertulias. Sorprendía que, cuando eran poco más de las 13:00, momento en que estalló la primera, ya se hablaba del tema en calle Larios. Nunca faltan quienes van a la Feria del centro con sus transistores, verdaderos especímenes de un orden en extinción, aunque luego son éstos los que mantienen informados a los demás. Y aunque tampoco faltan quienes ante agresiones como éstas sacan lo peor de sí mismos, el cronista no se topó con exaltaciones destacables. Ronda para todos y a otra cosa, especialmente cuando se confirmaba que no había daños personales. Lo mejor de la Feria del centro, con su permiso, vuelve a ser este año la fanfarria que ameniza en calle Larios el cotarro con una soltura sin precedentes. A golpe de bombo y vientos, la cuadrilla lo mismo se marca un Chikichiki que un pasodoble torero, siempre en la justa medida para poner al personal a bailar. Transmiten un buen rollo cristalino y, lo mejor, ofrecen música (que es lo que piden los cuerpos) mientras en las casetas hay que conformarse con el bullicio atronador de los altavoces a punto de estallar. Van por libre, se divierten y lo contagian, y se bastan y se sobran para hacer de estos días un éxito. Ayer, una señora de brío irregular pero muchas ganas de dar la nota se situó en medio del corro y pretendió hacer como bailaba lo que los maestros tocaban, roja como un tiesto (las flores las llevaba en la cabeza) y armada con un abanico peligroso con el que marcaba el compás a modo de batuta, quienes se movían al lado lo esquivaban como a cuchillo deslizante, cuidado que viene, otra vez. Nada como una batucada como Dios manda para espantar a los demonios.

La otra orilla

A pesar de que la algarabía mantuvo sus registros más altos, el follón pareció más comedido en el centro con respecto al sábado. Resultaba lógico que el ambiente empezara a ganar puntos más tarde, ya que al mediodía todo el mundo dormía la mona del día anterior, pero lo cierto es que también comenzó a despejarse el paisaje antes, los grifos pasaron más tiempo cerrados y los camareros pasaron las primeras escobas a la misma hora en que, el día previo, muchos insistían todavía en convocar unas tapas. Por cierto, en la mejor cafetería de Cristo de la Epidemia había que ver a un cuarteto de recién levantados que se desayunaban a las 13:30 otros cuatro molletes catalanes con sus correspondientes cafés dobles. Es lo que tiene acostarse tan tarde, y levantarse más tarde todavía: quien más, quien menos, todos dan rienda suelta al murciélago que llevan dentro, ése que, el resto del año, no se lanza a bailar tangos a las cuatro de la madrugada por pudor. Esta especie de querer y no poder tenía sus razones en la crisis, claro, que ha dejado de ser un ente abstracto y afecta de pleno a los peatones de pro: si por tres bombas no vamos a cerrar el chiringuito, mucho menos lo haremos por la catástrofe del ladrillo, pero claro, hay que adaptarse. Los platos de queso que antes se acababan en diez minutos ahora duran toda una tarde, pero eso sí, están igual de ricos. En Molina Lario, dos matrimonios entrados en años maldecían la clavada que, a juicio del portavoz, les habían propiciado en un establecimiento cercano. "No puede ser, para esto nos quedamos en casa", blasfemaba el hombre. Pero lo cierto es que los precios no son más caros que el año pasado. Las que están más cortas son las carteras. Como diría Chiquito, alguno optará por freírse los huevos con saliva antes de bajar a la Feria del centro. Eso sí, los que no se cortan son los acólitos de Baco, los aficionados al alcohol más pérfido, el que obnubila antes. Ayer, en calle Alcazabilla, dos alemanes de menos de veinte años, muy machotes, se preguntaban delante de un cartel qué diantre era un rebujito, aunque, fuera lo que fuera, les parecía barato. Y se lo preguntaban en alemán, que conste: a Borges le habría encantado la partida. Cerca, dos amiguetes que se tambaleaban rendían honores al pulpo que preside las excavaciones arqueológicas. "Pero ¿ese pulpo a qué viene, tío?". "No sé, no sé, tío, yo creo que es una paranoia". Éstos, claro, morenos y sin camiseta, de la misma edad de los germanos, eran malagueños. Habría apostado una peonza de madera de peral a que los presuntos nacieron en Carranque. Seguro.

Con toda la vorágine que late en el centro de una ciudad desconocida, especialmente para quienes la habitan frecuentemente, el Cortijo de Torres representa la otra orilla, el más allá del río Ganges. Partir desde calle Larios o la Plaza de la Merced hasta aquellos confines, especialmente cuando se tiene mucho alcohol en la sangre, constituye una pesada labor de levantamiento del campo e intrusión en territorio enemigo, como ir a la guerra con el contrario dentro. La EMT, eso sí, hace su particular agosto, como habitualmente. La noche del sábado, la cola que empezaban en la Alameda, cerca de la portada de las biznagas, quienes querían viajar al real, llegaba hasta Casa Mira, en calle Larios. El número de horas que había que echarse en la espalda hasta llegar más allá del Camino de San Rafael resultaba incontable. Unos coleguitas universitarios procuraban aliviar la espera con sus comentarios graciosos y aseguraban que, más que el Metro, lo que Málaga necesita, especialmente en Feria, es el teletransporte inalámbrico en plan La mosca. Incluso diseñaron allí mismo las cabinas apropiadas. Uno se preguntaba cómo serían los bonobuses. Pero todo está inventado: en calle Vital Aza, una pintada lleva años pidiendo el teletransporte espacial público. Por soñar que no quede. Contra las bombas.

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