La ciudad ensimismada espera el diluvio

  • ¿Quién dijo lluvia? Tras el periplo festivo, la jornada se resintió e inevitablemente algunos feriantes tuvieron que volver al trabajo; pero tampoco faltaron ganas de fiesta

Igual que los galos de Astérix sólo temen una cosa, que el cielo caiga sobre sus cabezas, el feriante únicamente muestra sus respetos a una buena tormenta. La de ayer fue una jornada curiosa, de proporciones bíblicas: tanto en el centro como en el Real, el respetable, como los animales de Noé, miraba al cielo para hacer sus vaticinios, va a caer la más gorda, que no, que aquí no va a llover, y si quiere llover que llueva. Las informaciones corrían como la pólvora, especialmente por la tarde: lluvia a mansalva en casi toda Andalucía, tres muertos en Córdoba por inundaciones, tormenta en Ronda, chaparrón de órdago en Casarabonela. Como un tsunami naranja que se aproximaba a toda velocidad a la Sodoma de los mil litros de alcohol y los muchos insomnios por delante, la amenaza de torrente se mantuvo constante, apuntalada por el agua caída la madrugada anterior. Pero son algo más de las 21:00 cuando comienzo a escribir estas líneas y, aunque el cielo luce más capote que la Malagueta, no ha caído una gota. Igual, por más que alguno quiera echarme las manos al cuello, no vendría mal un regadío del cielo para ayudar a Limasa en la limpieza de las calles. Hasta el alcalde admitió ayer que este año se ven más residuos de lo habitual, lo que, según su parecer, puede favorecer la impresión de que hay más gente. Será. Pero, efectivamente, este año abunda más la basura, amontonada en la mismísima calle Larios: por la noche, cuando los camiones de Limasa han cumplimentado de sobra su pertinente desfile, la cantidad de cartones y plásticos empapados que se reúnen en el cruce con Sancha de Lara invitan más bien poco a tomar la vía. Conviene dar un rodeo. Con toda la polémica servida en torno al uso de las chanclas y el derecho de admisión esgrimido al respecto por algunos establecimientos, desde luego tiene más que perder quien decida llevar por la calle el calzado más ligero: en la Plaza Mitjana, ya a las 14:00, uno puede enfangarse a gusto hasta el tobillo. Así que, aunque sea en horas de resaca, un chubasco debería ser bienvenido para que todo siga su marcha con algo más de salubridad.

Después del largo fin de semana, la jornada laboral de ayer redujo visiblemente la afluencia de feriantes en el centro y en el Cortijo de Torres. Pero que nadie se preocupe: hubo fiesta, y de la mayor, desde el mediodía hasta la madrugada. Para más de uno fue un alivio encontrar las tiendas abiertas, especialmente los supermercados, ya que a menudo las reservas de viandas para la Feria (lo habitual ya no es sólo traer al centro la priva, también el almuerzo, hasta con mesas y todo tipo de instrumental instalado en cualquier acera) habían descendido a niveles de alarma roja. Y esta metamorfosis no dejó de resultar atractiva: a las 11:00, Málaga era la de siempre, con su trasiego más relajado por el verano pero tan activa, gritona y ensimismada como casi cualquier otro día del año; un par de horas después, daba la sensación de que todos aquellos jubilados que habían hecho cola en el banco a primera hora, las señoras que habían llevado a sus nietos al parque y la poca gente joven (la mayoría debía guardar aún la obligada cuarentena para la resaca ) que se había visto entrar a los comercios se quitaba el disfraz, sacaba la luz su más fidedigna piel verdialera y juerguista y se lo pasaba en grande bailando, bebiendo o haciendo lo que a cada uno más le gustaba. En Feria, especialmente en las jornadas laborables, se da como en pocas ocasiones la paradoja de la necesidad del regreso a la rutina después de largos días de desmadre y la urgencia de que la misma fiesta no termine, donde haya que caer con los pies rendidos allí estaremos. Así que, ciertamente, no hubo tantos apretones y hasta los más desagradables protagonistas (descamisados, borrachos, macarras y demás perlas) parecían haber concedido algo de cuartelillo, pero la sensación, a ojos de quien pasa por ahí como mero observador, o lo pretende, era la misma: la que inspira una fiesta multitudinaria, agotada en todos sus extremos, en la que algo incontrolable está a punto de ocurrir en cualquier momento.

Afilando un poco más el instinto, no obstante, se percibía en el centro una sensible modificación en el ambiente respecto a los días pasados. La fiesta estaba, la bacanal se mantenía, el alcohol corría por las barbas y los platos de jamón y tortilla volaban de mano en mano. Pero resultaba extraño, por ejemplo, ver frente al mercado de Atarazanas a una chica que salía de una oficina bancaria después de cumplir su jornada y que se disponía a sortear a cuatro feriantes pasadísimos que tan temprano terminaban de beberse sus vinos tendidos en la acera. La Feria del centro es un animal que sigue su curso por las extrañas leyes de la evolución, pero apoyos no parecen quedarle muchos. Como a los toros en Cataluña.

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