De coraza a obra de arte

  • Según Moratín, los auxiliadores de los nobles ya vestían un traje de ante para resistir las cornadas · El diestro chiclanero Paquiro diseña a comienzos del XIX un terno similar al actual

El vestido de torear o traje de luces, que simbólicamente lo podemos asociar al ropaje sacerdotal si interpretamos el toreo como una liturgia o a una armadura medieval si lo hacemos como acto guerrero, se remonta al nacimiento del toreo de a pie como profesión y se basa, principalmente en sus inicios, en dos materiales: el ante, como legado de la indumentaria de los caballeros del siglo XVII y el cuero, material usado por los vaqueros. El traje de luces, que debe su nombre a los destellos luminosos que desprenden las lentejuelas -de oro o de plata-, continúa siendo después de tres siglos y medio uno de los elementos fundamentales de la tauromaquia, considerado como la segunda piel del torero. Por eso, entre sus grandeza, se encuentran, al alimón, simbología y respeto a la tradición, con el contrapunto de que en nuestros días resulta anacrónico. En este sentido, Luis Miguel Dominguín explicaba que ni siquiera él, como torero, comprendía cómo podía estar un hombre vestido con unas medias rosas y unas zapatillas, lidiando un toro, mientras pasaba un avión por encima de su cabeza. Pero por encima de todo, el traje de luces tiene un aúrea especial. El escritor Antonio Gala, que conocía a Francisco Rivera Paquirri, contaba que al entrar en el hotel Ercilla, de Bilbao, se cruzó con el torero que salía vestido de luces para ir a torear y en ese momento no le pareció que se cruzaba con el ciudadano Francisco Rivera, sino "con un dios".

Si nos remontamos al primitivo vestido de torear, Nicolás Fernández de Moratín nos refiere que se compone de "calzón y coleto de ante, correón ceñido y mangas atacadas de terciopelo negro, para resistir las cornadas". Y es así como hemos visto representados en libros antiguos a los criados de los caballeros que eran quienes auxiliaban a sus señores cuando alanceaban toros.

Cuando nacen las primeras cuadrillas de toreros su atuendo estaba compuesto por una calzona de ante, que llegaba hasta más abajo de la rodilla, medias de punto y zapatillas con hebilla. Vestían también una camisa que llegaba por debajo de la cintura y se ajustaba al cuerpo. El sevillano Joaquín Rodríguez Costillares (1729-1800) aportó varios cambios. Será el chiclanero Francisco Montes Paquiro (1805-1831) quien diseñará el traje similar al actual. Paquiro ordenó confeccionar una chaquetilla más corta y ceñida, con bolsillos en los laterales, muy abierta y con dos hombreras. Hizo que se cubriera con dibujos de flores, bordada con hilo de oro y plata. El chaleco y la taleguilla también tomaron la forma parecida a los de nuestros días. Y, además, añadió lentejuelas, alamares y machos. Cuidando al máximo la indumentaria taurina, también ideó la montera, término que para algunos tratadistas debe la denominación al primer apellido del torero, Montes. La montera, con el tiempo, ha perdido en sus laterales picos y a día de hoy es redondeada en esa zona.

Desde entonces, el vestido de torear apenas ha cambiado. La mayoría de esas pequeñas alteraciones han tenido como finalidad la comodidad del torero. Así, en los años 20 del siglo XX, el banderillero Luis Suárez Magritas, eliminó muletillas y el peso de la chaquetilla para moverse con mayor agilidad a la hora de parear. Luis Miguel Dominguín, en su última reaparición quiso imponer una auténtica revolución con la aportación de su amigo Pablo Ruiz Picasso, quien le diseño un terno sumamente ligero, sin apenas bordados y muy pocos adornos, con cierto aire goyesco, que fracasó. En cuanto al capote de paseo, una de las joyas de la indumentaria taurina, fuente de inspiración para diseñadores de todo tipo, su última modificación reseñable corrió a cargo del diestro Juan Luis de la Rosa (1901-1938), quien lo acortó ostensiblemente.

En un mundo tan tradicional como el taurino, el diseño de Armani parece que no desentona. Se inspira en trajes que han vestido durante más de medio siglo los diestros que han toreado en la goyesca de Ronda -nació en 1954 por influjo de Cayetano Ordóñez- y a quienes ha vestido, casi en su totalidad, el prestigioso sastre taurino Justo Algaba, quien afirma que "la ropa de torear tiene unas características muy definidas. A mí me parece bien que se haga desde el punto de vista publicitario para resaltar la imagen del evento; pero cada zapatero a sus zapatos. El traje de torear es muy especial. Yo fui quien innovó el traje que se ha impuesto en las goyescas. De hecho, tengo una línea de ropa goyesca. He vestido a todas las figuras que han pasado por Ronda. Y suelo alquilar los trajes; entre 100 y 250 euros. Las figuras estrenan trajes nuevos, con dibujos novedosos. Así Jesulín ha estrenado en los últimos años 9 trajes goyescos. Me pidió uno, que ha sido el único que se ha quedado. Luego, esos mismos vestidos los alquilo a los subalternos. Hay que tener en cuenta que hay banderilleros y picadores que no torean más que una goyesca en su vida".

Una de las características fundamentales del vestido de torear es su riqueza cromática. Y otra, apenas conocida por los profanos, su gran incomodidad. Según toreros consultados, con éste atuendo de unos cinco kilos, tanto el calor como el frío se acentúan al máximo, aunque "debido al miedo que paso, no me doy cuenta de ello"; afirma un banderillero. Lo que está claro es que en la evolución de esta segunda piel del torero comprobamos cómo se ha ido pasando de un atuendo que era una simple coraza a un traje de luces que es una auténtica obra de arte.

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