La noche o el viaje a las profundidades

  • El Cortijo de Torres despierta cuando cae el sol para ofrecer un abanico de posibilidades fiesteras

Los planes de la noche comienzan en el autobús de regreso del centro. Una llamada para quedar y solucionado, "allí nos vemos". "Pero antes voy a cenar a casa", comenta una chica horas antes de seguir de fiesta en el Cortijo de Torres. Ya es el sexto día consecutivo de Feria y el cuerpo cada vez perdona menos los excesos. Quizás también sea cuestión del bolsillo. Para algunos la jornada festiva se dará por concluida debajo de una reparadora ducha. "Tengo que irme a dormir la resaca", asegura un joven a su amigo. Para otros, un Cartojal bien frío en una caseta o un cubata preparado sobre el mismo suelo serán la dulce introducción al caos, como dice una canción. Pero antes de que la noche envuelva a la muchedumbre entre bombillas, alcohol, decibelios desmedidos y buñuelos con chocolate, lo primero es aparcar.

Es jueves y, aunque aún el viernes es laborable, a las 11:00 los aparcamientos son un hervidero. Los vigilantes apostados en las puertas anuncian que las zonas habilitadas junto al McDonalds ya están completas. La Policía multa a los coches estacionados en las aceras del polígono y no queda otra que enfilar el camino del parking Los Prados. Cuando aún se ve bastante lejos el Auditorio Municipal, los agentes cortan la circulación y desvían a los vehículos a un terrizo perdido sin tener en cuenta todos los huecos libres que han dejado los que llegaron de tarde para pasear a los niños. Cuando una fila de caminantes resignados ve cuán cerca podía haber aparcado su coche, se escuchan las quejas. La organización, sin duda, podría ser mucho mejor.

Pero pronto comienzan a agolparse los puestos de comida, de turrones, las mantas en el suelo con sombreros e, incluso, sandalias. Esto significa que faltan pocos metros para llegar al centro neurálgico del recinto ferial, el punto en el que se abren todas las posibilidades. Un grupo de amigos decide que aún es muy pronto para dirigirse a la Caseta de la Juventud, en la que actuarán los granadinos Lori Meyers, y prefieren gastar sus tiques tomando unas cervezas en la zona familiar de las casetas. A esa hora muchas están llenas de aquellos que deciden comer algo antes de continuar su recorrido.

En Gambrinus todas sus mesas están ocupadas, a pesar de que uno de sus responsables asegura que "la cosa está un poco más tranquila que el año pasado". "Aunque el bajón no ha sido muy drástico", matiza. Afirma que se piden más cañas individuales y menos jarras de cerveza, pero se siente satisfecho cuando hace recuento. "Hemos regalado un sombrero con cada caña y el miércoles ya se habían agotado los más de 2.000 que teníamos", explica.

El ajetreo de este local contrasta, tristemente, con el vacío de la Peña Cultural La Virreina. En ella, Pedrele canta en solitario. Dos niños escuchan atentos en la primera fila de un auditorio fantasma cómo el músico ante su órgano revive el éxito de Chimo Bayo. "Esta sí, esta no", entona. Más furor despierta un pintor de caricaturas que vende sus retratos a cambio de 5 euros y unas pocas carcajadas. Y mucho más revuelo causan dos furgones de la Policía Nacional que llegan a la portada del Teatro Echegaray a toda prisa. Un enfrentamiento entre dos hombres ha provocado la intervención policial, que no pasa de escuchar los reproches mutuos de cada uno. Pocos minutos después ponen sus sirenas rumbo a otra dirección.

Unos chavales, que disfrutan de un litro con un peluche de Bob Esponja bajo del brazo, se encaminan a la zona del botellón. Este año se ha trasladado al interior del recinto y el Ayuntamiento ha tenido la delicadeza de ponerles unos pequeños bancos y a alguien pinchando en directo. Pero a medianoche suena salsa y son pocos los que hacen caso de la música. La mayoría prefiere estar charlando con los colegas de los temas más diversos. Algunos se atreven a sentarse sobre el asfalto, el resto, como siempre, bebe de pie.

Esa especie de paredes decoradas que han puesto en la zona de la Juventud aún no tienen mucho público, pero sí se calienta el ambiente en la caseta con Alis, el grupo que precede a Lori Meyers. La gente salta con una versión de Los Planetas. Aún queda tiempo para el inicio del concierto de los cabeza de cartel y un par de treinteañeras deciden dar una vuelta. Sin saber muy bien cómo acaban en la noria con la sensación de peligro que da la edad y el vértigo de unos recuerdos infantiles demasiado lejanos. Mientras, una chica roza descuidadamente la mano de su historia imposible y vuelven a soltarse los demonios por un momento.

Salen al escenario los granadinos con fuerza pero lamentando que la organización les haya hecho esperar hasta casi las 3:00. "La nota más alta del día se la damos a Alis, que han dejado de tocar dos temas para que nosotros podamos salir al escenario antes, que mañana tenemos otro concierto en Burgos", dijo el vocalista. "La nota más baja a la producción", añadió. Hay gente que baila, los de delante incluso saltan. Otros no sueltan su vaso de tinto disfrutando más discretamente de la música, empañada, sólo a ratos, por algunos pequeños problemas de sonido. Pitan los micrófonos, pero también se escuchan las canciones machaconas de alrededor, y el grupo lo dice claro.

A las 4:00 aún no han dado por concluido su recital pero una pareja decide marcharse. "Ya no duermo ni tres horas", comenta él preocupado por el día de trabajo siguiente. En su camino de vuelta al lejano aparcamiento encuentran a un chico demasiado pasado de copas y al que llevan en volandas ante su imposibilidad de caminar. A los pequeños ponis aún no les ha llegado el merecido descanso y es porque, como comprueban con sorpresa, todavía hay niños en las atracciones infantiles. En las tómbolas ya queda poco que hacer. "Jacinto, regálalo todo", dice un feriante a su compañero tratando de llamar la poca atención que queda ya a esas horas. Unos pasos más y las profundidades de la noche quedarán atrás, despejadas por el nuevo día.

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