El síndrome de la aceituna solitaria

  • A pesar de que los augurios de los hosteleros no son halagüeños, hay que esperar al domingo para sacar la calculadora. Se echa de menos no tener un signo de distinción que vaya más lejos del Cartojal en el centro

SORPRENDIDO ando por la cantidad de gente con la que me he cruzado estos días ataviados con señas patrias, pulseras, camisetas, sombreros, algún toldo de caseta; e incluso el domingo me crucé por el centro con una joven que lucía un traje rojigualdo, aunque eso ya no sé si es fruto de la obcecación personal, o si efectivamente es el espíritu español mundialista.

Así que, ante tal descorche de españolía, servidor no sabía si llamar a Casillas e Iniesta para darle las gracias y otorgarles parte de la culpa, o al responsable de haber colocado al pulpo Paul en el Cortijo de Torres. Sin embargo, al ser una fiesta tan reivindicativa, creo que la simbología intentaba trasmitirme otro mensaje más allá del de sacar pecho por la Copa del Mundo y hacer de veras gala de lo de aquí. Lo típico de estos lares es no gastarse un duro de más, básicamente porque no lo hay, lo saben desde los hosteleros hasta los encargados de La Malagueta, pasando por los que basan sus presupuestos en Cartojal de súper.

Una vez me contaron la historia de una taberna madrileña, en la que aseguraban que todos sus clientes tenían el síndrome de la aceituna solitaria, caracterizado por tener unas olivas tan buenas, que la gente pedía la caña por el hecho de catarlas y rechazaba otras tapas si llegaban antes que el preciado fruto.

Pues en la Feria también se cumple un síntoma parecido: si no hay nada gratis, no entro. Los dos por uno, y los platos de degustación se convierten en el anzuelo del marketing feriante ideado para intentar hacer de cualquiera un cliente. Pese a los que se dejen llevar por el gancho, los responsables de las casetas y puestos auguran unos nueve días peores que los del año pasado, aunque esperan que con el final de Feria la actividad remonte.

Dicen que el dinero da la felicidad, y que ésta va por barrios, por lo que parece que el centro le gana la partida al Real, pues sus miembros sonríen más que los de la Avenida de las malagueñas, aunque quizá es por el exceso de alcohol por metro cuadrado de calle Larios, Granada y La Merced, y no porque se lo pasen mejor que en el Cortijo.

Igual que en la ciudad del oso y el madroño había un rincón exclusivo en el que algo tan infravalorado como una aceituna era la estrella gastronómica de una taberna, en la Feria debería concebirse, o rescatarse del pasado, algún elemento tan sumamente especial que convierta a Málaga, y por extensión a los malagueños, en un bocado tan singularmente sublime, que a los de aquí y a los que vengan no les importe desechar la cerveza con tal de catar algo único, más allá del Cartojal.

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