Cuando un AVE te lleva a casa por Navidad

  • Los primeros viajeros aderezaron su ilusión por el reencuentro familiar de la Nochebuena con la satisfacción de inaugurar la línea que nos ha acercado a Madrid

8.53 de la mañana. Los viajeros del AVE empiezan a acomodarse en sus asientos. El panel luminoso de dentro del vagón marca unos delatores 13 grados. No es Madrid, ni Sevilla. El tren con forma de pato está en un andén de la Estación María Zambrano, en la capital de la Costa del Sol. En poco más de cinco minutos se alejará de Málaga rumbo al centro de la Península Ibérica. Su destino, Madrid. Los 300 pasajeros que están a punto de partir saben que el suyo será un viaje casi de estreno. Aún no han pasado ni 24 horas desde la inauguración oficial de la línea.

Hoy no actúa Pastora Soler, ni hay curiosos en la terminal deseosos de echarle un ojo al presidente Zapatero o a la ministra malagueña a la que tanto critican en la tele. La escena es la de un día cualquiera en la Estación de Málaga. Sólo la presencia del AVE marca la diferencia. Eso y la fecha en cuestión, el día 24 de diciembre, que siempre trae consigo prisas añadidas.

Con ansia de reencuentro familiar avanzan por el andén Celia Peñalver; su marido, Manuel Ortega, y la hija de ambos, la pequeña Aída. Residen en Estepona, pero pasarán la Nochebuena en la capital y han elegido el tren de Alta Velocidad para llegar a su destino. Como ellos, otros cientos de viajeros están ya a bordo. Unos van y otros vienen. Todos quieren pasar la Navidad con los suyos. Todos, menos Shuji Tokai, su mujer y las seis jóvenes que acompañan al matrimonio, todos japoneses. Él es el profesor de las chicas, que están de viaje de estudios por toda España y, por lo tanto, no van en busca de reencuentro alguno.

Olor a coche nuevo, moquetas de estreno, baños relucientes y empleados que lucen su mejor sonrisa les aguardan dentro. Sergio Heras es uno de ellos. El tren acaba de iniciar su recorrido y con él, la jornada de trabajo de una decena de profesionales. Sergio reparte auriculares entre los viajeros, echa una mano con el catering y aún le queda algo de tiempo para explicar que no sólo se estrena en el AVE, sino que este 24 de diciembre es el primer día de su vida en la empresa. Parece un chaval con zapatos nuevos.

El AVE hace ya rato que dejó los acogedores 13 grados de la Estación de Málaga. Ahora avanza raudo y veloz por su senda de hierro, pero el vagón apenas si se mueve. Una peli de Will Smith hace de hilo conductor entre unos vagones que, salvo por eso, son como microcosmos independientes en los que el viajero halla casi todo lo que necesita. Los que van en clase preferente dan cuenta de su desayuno -zumo, café, pan con mantequilla y mermelada y una pequeña hamburguesa cubierta de queso y acompañada de pimientos-. Los de clase turista se entretienen con la película, leen, charlan o, si lo desean, visitan la cafetería.

Mariano Molina hace esto último. "Fíjate si me gusta esto que al principio iba a ir anoche y lo he dejado para esta mañana con tal de poder montarme en el AVE", explica mientras apura el café con leche que le ha servido Antonio Negri. El camarero dice que su trabajo es más cómodo detrás de la barra de un AVE, "porque es más recogida" y esto acorta sus desplazamientos.

Una espesa niebla saluda a un tren que atraviesa 35 viaductos y 11 túneles sin que el pasajero lo note. A las 11.45 el AVE ya ha dejado atrás 513 kilómetros de vías y hace su entrada triunfal en Atocha, Madrid, después de haber efectuado sólo tres paradas en el camino. Es un viaje, pero ha sabido a paseo.

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