Ciudadanos y el teorema matemático para curar el jamón

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No hay semana sin que uno se vaya a la cama sabiendo algo nuevo. El otro día, por una noticia escondida en este periódico, descubrí que unos investigadores han desarrollado un modelo matemático para mejorar el proceso de curación del jamón. Y entiendo que existan lectores que piensen que se trata de un asunto menor, pero a mí me parece un avance científico de esos a los que uno le ve una utilidad de inmediato. Se trata de un teorema capaz de predecir cuándo una pieza de jamón debe pasar de una fase a otra. O sea, cuándo llevárselo del secadero y cuándo colgarlo para su maduración en bodega, por citar un ejemplo práctico. Y claro, puestos a elegir, me parece mucho más apetitoso un buen plato de jamón que una manzana que se ha caído de un árbol, por eso, sin quitarle mérito alguno a Einstein, habrá que deducir que en materia gastronómica el avance científico también tiene su importancia.

Con este teorema del jamón, he descubierto un segundo hecho trascendente. Los investigadores pertenecen al denominado Instituto de la Grasa. No sabía yo que en España había un instituto dedicado a las cosas del tocino y resulta que sí. Y que funciona desde el año 1947, como una pata del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), encuadrado en el Área de Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Han sido investigadores de este Instituto los que han monitorizado diez jamones durante tres años para recoger medidas de distintos parámetros en cada una de las fases de curación, desde el sacrificio del cerdo hasta que la pieza es ya viable para el consumo.

Tengo cierta predilección por trasladar los avances científicos de la humanidad a las ciencias políticas, una materia en la que los cambios son siempre muy lentos y descompensados con la realidad social. ¿Se imaginan lo beneficioso que sería para la política en España un teorema matemático para saber el estado de maduración en el que se encuentran algunos de los partidos políticos recién creados? Por ser algo más concreto, tomemos como ejemplo al partido de Albert Rivera, Ciudadanos. ¿Cuántos electores estarían encantados de conocer cómo va la maduración de Ciudadanos y de sus dirigentes, muchos de ellos nuevos en estas lides políticas? No digo que haya que monitorizar a varios parlamentarios o concejales durante tres años, como han hecho los investigadores con el jamón; pero al menos tener una cierta idea de con quiénes no estamos jugando los gobiernos, ya que - de la noche a la mañana- un puñado de dirigentes muy desconocidos se han vuelto imprescindibles a la hora de tomar decisiones en ayuntamientos y comunidades autónomas.

De momento, en el caso de Andalucía, parece evidente que Ciudadanos está en pleno proceso de maduración, sin que muchos de sus dirigentes sepan todavía en qué lugar se ubican. Si se mantienen en el secadero o están listos ya para pasar a la bodega. No hay nada más que ver el resultado de los procesos de primarias que se han abierto para cerrar las listas al Congreso, donde los mismos candidatos que sirvieron para un roto en el Parlamento Andaluz o para un descosido en un ayuntamiento, irán ahora de cabeza de cártel por sus respectivas provincias en las elecciones generales. Resulta difícil de justificar que un partido político cuyo principal ideario es censurar las actitudes de la vieja política, termine presentando al Congreso por la provincia de Málaga a una persona, Irene Rivera, que hace tres meses encabezó la lista al Parlamento Andaluz, donde abandonará el cargo prácticamente sin haberse estrenado como diputada.

Algo similar ha ocurrido en Granada, donde el candidato a la alcaldía es ahora el cabeza de cartel al Congreso de los Diputados. Se trata de Luis Salvador, un dirigente que lleva un recorrido meteórico. Lo suyo es difícil de seguir: de senador del PSOE a candidato por Ciudadanos a la alcaldía de Granada. Y de hacedor del pacto que ha permitido la investidura del candidato al PP, a pugnar de nuevo por volver a Madrid como diputado. Y otro tanto de lo mismo en Almería, que se presenta al Congreso el candidato a la alcaldía de Roquetas, Diego Clemente; o en Cádiz, que aspira a un escaño el que hace un mes confiaba en ser el alcalde de San Fernando, Javier Cano.

Ciudadanos está batiendo algún que otro récord de la vieja política. En unos meses ya tienen un cisma en la provincia de Málaga, donde ha dimitido en bloque la dirección provincial. Aseguran que es un proceso interno ya previsto, y que va a ocurrir en todas partes. Lo que no dicen es que son poco más de un millar de militantes y han logrado que existan hasta tres facciones internas. Si al partido de Albert Rivera se le aplicara, en estos momentos, el teorema matemático para la curación del jamón, saldría que está crudo por dentro y por fuera. Y que algunos de sus dirigentes, con menos de un año de militancia, empiezan a desprender ese olor a rancio que tanto han censurado en otros partidos políticos.

Alguien en Ciudadanos debería advertir de la deriva. Es demasiado poco tiempo para tanto lío interno y resulta poco edificante que un partido político cuya primera premisa es regenerar la democracia, inicie su andadura en Andalucía confundiendo partido con institución, pero especialmente confundiendo al electorado con sus candidatos e incumpliendo un compromiso que debería ser ineludible ante las personas que les han votado: estar cuatro años en el sitio para el que fueron elegidos.

A no ser que Ciudadanos sea un partido de cuatro gatos. Los mismos gatos para la candidatura que sea. Sea un ayuntamiento, sea el Parlamento andaluz o sea el Congreso de los Diputados. Y, entonces, no hay teorema matemático que lo explique. Ni el de la curación del jamón, ni el proceso de maduración de un partido político. Es todo mucho más fácil: nos encontramos ante más de lo mismo.

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