Travesía hacia una Málaga invisible

  • ¿Existen La Corta y La Milagrosa? La línea 6 de la EMT demuestra que sí · El trayecto es un fascinante viaje hecho de carne y hueso hacia la ciudad menos reivindicada

Son las 10:38 en la mediana de la Alameda. El autobús de la línea 6 de la EMT no sale con frecuencia, sino a horas concretas, así que hay que conocer los horarios al dedillo si uno no quiere quedar expuesto a una espera demasiado prolongada. El pequeño vehículo, un modelo Magnus de diez metros similar al que se emplea en otras líneas como la 37, llega puntual. La conductora, pertrechada detrás de sus gafas de sol, es amable y entabla cierta complicidad familiar con los viajeros, a los que parece conocer después de un periodo prolongado de servicio. El autobús sale enseguida con nueve pasajeros a bordo, todos de edad avanzada. Siete de ellos viajan solos, los otros dos forman un matrimonio que apenas se cruza palabra. Un hombre lee un diario gratuito con atención. En el cruce de las calles Hilera y Armengual de la Mota sube una mujer que consulta el trayecto a la conductora. En la siguiente parada, en Armengual de la Mota, baja otra mujer que tropieza ligeramente al pisar el bordillo. El automóvil llega después a la primera parada de la calle Mármoles sin que se produzca intercambio de usuarios. La frontera entre El Perchel y La Trinidad mantiene su refriega cotidiana, con una afluencia notable en sus aceras estrechas, bares en plena batalla por los desayunos y numerosos comercios. Algunos, ya cerrados, anuncian su traspaso o el alquiler de sus locales. Los carteles más vistosos corresponden a negocios tipo compro oro y de venta de productos de segunda mano. En la calle Montes de Oca se puede ver el corralón de Santa Sofía, clausurado como un convento, con su fachada anónima que en nada sugiere la belleza de su interior. El autobús llega a la Avenida de Barcelona y en su primera parada sube otra mujer, que viste una rebeca gris y lleva un bolso azul. Se sienta en uno de los asientos reservados a personas con discapacidad con discreción y fragilidad.

La siguiente parada es la de Plaza de Bailén. Suben cinco pasajeros, también en su mayoría de notoria madurez con la excepción de una joven que se sienta en sentido contrario al de la marcha y que viste una bata blanca, propia del personal sanitario o pedagógico, en el que asoma el logo del Ayuntamiento de Málaga. La mujer lleva una rebeca azul de punto que dobla con esmero. Otro de los recién llegados es un hombre alto y fornido que viste un chándal verde y demasiado estrecho, lleno de manchas de pintura blanca. Su tamaño es notable para un autobús tan pequeño, por lo que presta especial cuidado a su cabeza y a no incomodar al viajero que encuentra en la plaza contigua a la que va a ocupar él. Desde el interior del bus se ven los andamios que rodean el Convento de la Trinidad, y a cuatro madres sentadas en un banco en la misma avenida con otros tantos cochecitos y bebés. Una de ellas viste un velo islámico. En la calle Velarde tampoco se produce intercambio de pasajeros.

El Camino de Suárez luce su trasiego característico, sus bazares asiáticos, sus vecinos que apuran el café sentados en las terrazas improvisadas. Hay más negocios que anuncian su traspaso. En la primera parada de este tramo bajan cuatro pasajeros y en la siguiente lo hacen seis, incluido el hombre alto del chándal verde, así que quedamos a bordo sólo cinco tripulantes. En la tercera parada del Camino de Suárez, en el cruce con Venegas, baja la mujer de la rebeca gris y el bolso azul. La joven de la bata blanca retira con delicadeza de cirujano algunas pelusas y motas de polvo de la rebeca que lleva doblada. En la cuarta parada de la calle, ya en la rotonda, bajan tres pasajeros y sube uno, el único miembro del pasaje distinto al periodista. Es un hombre desaliñado, de unos 50 años. Viste una chaqueta de cuero negra y lleva el pelo muy sucio. Saluda a la conductora con efusividad, deja dos bolsas de plástico llenas con la compra en un supermercado y se dispone a pagar su billete. Empieza a dejar monedas en el mostrador mientras el autobús reemprende la marcha. Después de unos minutos ha levantado una verdadera montaña de calderilla que la conductora cuenta con eficacia mientras aprovecha el semáforo en rojo de la rotonda. A pesar de que el autobús va (casi) vacío, el hombre no ocupa ningún asiento, sino que se apoya en una estructura de plástico que rodea a las plazas destinadas a personas con discapacidad.

Una vez cruzada la rotonda, el autobús llega a las urbanizaciones de Carlinda a través de la calle Miguel Hernández dejando atrás la gasolinera. Las aceras amplias están desiertas, con la excepción de cuatro niños que caminan de la mano en dirección a la rotonda. Tienen aproximadamente entre cuatro y diez años, así que esta mañana deberían estar en el colegio. Pero no es así. Visten pijamas, batas domésticas y pantuflas. No pueden negar que son gitanos. El hombre que va en el autobús se tambalea, pero sigue sin sentarse. La conductora enfila entonces el Camino de la Corta hasta llegar a las VPO, justo en la falda del Cerro Coronado. El hombre de las bolsas, que ha solicitado la parada, baja con una amplia sonrisa. En la plaza del barrio hay otros cinco hombres que forman un corrillo. Los cinco parecen también gitanos. Uno de ellos luce un sombrero pequeño tipo borsalino y una camiseta sin mangas, a pesar del frío, ceñida a su oronda tripa. A otros dos sus largas melenas morenas les cubren las espaldas. Los cinco discuten en aparente calma junto a unos columpios destrozados. Tres enormes perros toman el sol. Hay pintadas por todas partes y barracones instalados junto a algunas viviendas con rejas y ladrillos. Una mujer cruza la carretera con un carrito de la compra. Los cinco se quedan mirando.

El Camino de la Corta continúa hasta La Milagrosa, un conglomerado desordenado e irracional de viviendas unifamiliares alzado en la misma falda del monte. La conductora guía el autobús por las cuestas empinadas y estrechas con pericia. Casi todas las casas tienen su entrada presidida por el azulejo de una Virgen o un Cristo. La conductora me pregunta si me bajo en la última. "Vuelvo, así que saco otro billete", respondo. Son las 11:58. Fin del trayecto.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios