Viaje a la frontera en la inopia

  • La línea 2 de la EMT transcurre desde la Alameda hasta Ciudad Jardín a la vera del río, con lo que su paisaje tras los cristales está hecho de agujeros mientras en el interior la independencia profiláctica se vende barata

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Son las 10:05 en la Alameda, a bordo ya del autobús de la línea 2, que empieza su trayecto hasta la barriada de San José, en Ciudad Jardín. En su interior viajan 14 personas, suficientes para dar cuenta de un mestizaje ecléctico y multicultural: la muestra de población se reparte entre europeos, magrebíes, subsaharianos y dos chicas latinoamericanas que no se han desprendido de sus aparatosas bufandas y demás capas protectoras a pesar de que allí dentro la calefacción parece subir enteros. El chófer viste una rebeca azul de punto sobre el uniforme. Lleva a su lado un transistor que emite música, rock clásico, tal vez la Creedence Clearwater Revival, a un volumen discreto y amable. En el Pasillo de Santa Isabel se produce el desfile cotidiano de cada mañana, con las bajas temperaturas y el viento como elementos exóticos: hombres de complexiones, edades e idiomas distintos que apuran el café en el bar de la esquina, frente al ya viejo mercado de la calle Camas, como un cadáver urbanístico que espera una segunda oportunidad. En la parada correspondiente suben dos pasajeros, una chica joven que lleva una carpeta cubierta de recortes de revistas y un hombre que conoce al conductor, al que saluda efusivamente y con el que entabla una conversación distendida al principio y luego sombría: no tardan en abordar la desgracia acontecida a un tercero. El autobús pasa de largo en la parada de la Jefatura de la Policía Local en la Avenida de la Rosaleda, donde nadie espera su llegada, pero en Huerto de los Claveles bajan dos viajeros y suben ocho, todos de madurez evidente. Los asientos reservados a discapacitados ya están cubiertos. Y a pesar de la que media de edad es avanzada, los atuendos y complementos revelan una naturaleza decididamente obrera: los chandals y otras prendas deportivas, zapatillas, mochilas, riñoneras y jerseys tipo forro polar hablan por sí solos. Las poses brillan por su ausencia. Se cuentan, eso sí, cuatro ipods y un iphone4. Salvo un matrimonio que discute en voz alta, todos viajan solos.

En Jorge Silvela, junto a la Cruz Roja, baja un pasajero y sube otro. El recién llegado es un hombre de unos 50 años, con cabellera y bigote blancos, que avanza renqueando, como si cojeara, aunque sus tientos parecen deberse más a un mareo, hasta la zona del centro del autobús habilitada para usuarios en silla de ruedas, donde se queda de pie. Sus facciones revelan un origen propio de la Europa del Este. Tiene los ojos inyectados en sangre. Calza mocasines negros que chocan con sus pantalones deportivos de algodón azul marino. A cada mínimo envite del autobús para frenar o retomar la marcha responde con un desequilibrio que advierte con urgencia del riesgo de caída. Aparece el perfil del estadio de la Rosaleda y una mujer morena tocada un velo celeste cruza la calzada. Se ven ya los primeros paseantes solitarios y el agujero del río que no es se hace más presente. En el trayecto de la línea los agujeros que encajan el vacío cobran un protagonismo notable. De vuelta, los terrenos de Citesa en el Paseo de Martiricos echarán más leña al fuego. Algunas pintadas piden farlopa en los muros del estadio.

Tras la parada en el cruce con Fernando Loring, en la que no se produce intercambio de pasajeros, el autobús enfila la línea recta de la Avenida Santiago Ramón y Cajal que le conducirá hasta el final del viaje en la barriada de Cristo Rey. La iglesia del mismo nombre está cubierta de andamios, en virtud de una reforma que se pedía a gritos. Seis viajeros bajan en la parada. No sube ninguno. El hombre que parece provenir de Europa del Este sigue en la cuerda floja, aunque se aferra a la barra de seguridad con las dos manos. En la barriada de El Carmen bajan cinco pasajeros y suben dos. Los asientos tapizados en rojo vuelven a estar disponibles. Las dos incorporaciones son dos señoras enfundadas en abrigos negros que arrastran sus carritos de la compra. Una tercera, que iba junto a ellas y se ha despedido en la parada, cruza la avenida a través de la mediana, peligrosamente, a pesar de que los automóviles circulan a gran velocidad. El hombre que se tambalea solicita la parada en la barriada de El Carmen. Los ocupantes del autobús mantienen su particular inopia: salvo el primer matrimonio, que sigue a bordo, nadie abre la boca. Como un cargamento anónimo de mónadas, independientes, que no se tocan ni presienten las miradas ajenas.

Las dos señoras de los carritos de la compra bajan en la barriada de la Sagrada Familia, donde la obra social de Unicaja se hace singularmente notoria. Las terrazas de los bares están repletas de jubilados y corren algunos churros. En los bancos públicos se sientan personas desocupadas, en su mayoría varones, que no tienen nada mejor que hacer y aprovechan los rayos de sol que, ahora sí, se revelan generosos. En Los Arcos, el mercado municipal brinda su moderado trasiego de clientes que entran y salen con bolsas y más carritos. El edificio se alza viejo, como un monumento afectado. Algunos carteles de la Junta de Andalucía anuncian la próxima reforma de 224 viviendas.

De repente, la inopia se hace añicos. Una pasajera que viaja en los asientos traseros atiende a una llamada al teléfono móvil. Habla en voz muy alta. "Qué quieres, que voy a la natación". Y sube el volumen embargada de pronto por una emoción irracional: "¿Qué dices? ¿Que ha muerto? ¡Pero eso cómo va a ser! ¡No puede ser! ¡Si lo vi ayer! ¿De verdad? ¡Me voy a volver!" La mujer, de unos cuarenta años, gruesa, morena, aliñada de cualquier manera, abandona su asiento en un segundo y pulsa el botón para solicitar parada. Entonces estalla en una crisis nerviosa y en un llanto fuerte y agudo. Sólo tres pasajeros la miran. Nadie se le acerca. El autobús llega a la parada de Jacinto Benavente y la mujer baja arrebatada por la excitación. Mira a un lado y al otro. Parece buscar el medio más rápido para cruzar la calle y tomar la línea en sentido contrario.

Cuando el vehículo llega al Arroyo del Sastre sólo quedamos a bordo cuatro pasajeros. La chica de la carpeta baja en el páramo desierto, junto a la gasolinera, desde donde se ve ya el jardín de La Concepción. El tráfico en las Pedrizas se adivina intenso. Los otros tres hacemos lo propio en San José, junto al Camino de Casabermeja. El chófer apaga el transistor pero nadie espera en la parada, así que se marcha en cuanto pisamos tierra. Son las 10:25. Fin del trayecto.

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