Hasta la Victoria siempre

  • Fidel Castro se ha jubilado, pero yo me sigo sintiendo revolucionario cada vez que dejo a un lado la Plaza de la Merced y sigo adelante en dirección norte l A partir de entonces salen al paso distintos mundos en distintos tiempos l Los embargos aquí son cotidianos, pequeños l La rebelión será ésta

CADA vez que salgo del periódico y me dirijo a casa me acuerdo del Che Guevara, por aquello de Hasta la Victoria siempre. Enfilo por Cortina del Muelle, tomo calle Alcazabilla y sorteo como puedo los obstáculos, cruzo la Plaza de la Merced y el mensaje revolucionario se cumple: siempre vuelvo al mismo sitio. Ya sea de día o de noche, laborable o festivo, calle Victoria está incomprensiblemente sucia, llena de envoltorios, restos de periódicos desperdigados por cualquier sitio, materiales orgánicos desparramados por las aceras y bolsas de plástico vacías metidas en todos los portales. La pasada Navidad, el Ayuntamiento negó a esta vía, tan señera y cercana al centro, el privilegio de la estética y no lució un solo adorno ni bombilla. No importa; pronto vendrán El Rocío y El Rescate a ponerlo todo en su sitio. De hecho, la Cuaresma late con efervescencia en San Lázaro, frente al Jardín de los Monos, donde el párroco, Antonio Eloy, se mueve por estas fechas con especiales prisas, y también en la sede de la Cofradía del Amor en Fernando El Católico, cuya puerta me hace imaginar, irremediablemente, el hangar 59 de Roswell. Ya saben, la base americana donde parece que conservan algunos extraterrestres en formol. Ya desde la Casa Hermandad de El Rico se respiran los inciensos preparatorios que pronto se tornarán cirios. Todavía al inicio de la calle, según se avanza hacia el norte, un badulaque que asegura abrir las 24 horas del día vende juguetes y salchichas, en la misma acera en la que algunos repartidores de pizzas queman los motores de sus dos ruedas para entregar a tiempo los pedidos. A los pocos pasos, la restauración de un edificio que parece más antigua que el propio edificio nos obliga, si no hay suerte y viene alguien de frente, a bajar al asfalto y vernos las caras con la conductora de la línea 1 de la EMT. Los Paninis sirven los últimos desayunos (ya tapas) del mediodía o los últimos camperos de la madrugada. Dentro, tipos con pintas de boxeadores comparten la barra con niños que visten pantalones cortos en febrero. Atrás hemos dejado papelerías ni cerradas ni abiertas que venden artículos a mitad de precio. Hasta la Victoria, siempre.

En los locutorios próximos al Jardín de los Monos, mujeres con velo ríen a carcajada limpia y algunos subsaharianos que visten trajes de hilo y zapatos caros fuman tranquilos y repasan a cualquier transeúnte, de la cabeza a los pies. Cuando hablan, lo hacen a un volumen muy alto. Alguien pasa y se persigna frente a la capilla de calle Agua: una adolescente con la falda demasiado corta. El macarra que la acompaña, infiel, no ha levantado la mano izquierda de sus nalgas. El olor de los pepitos que fríe Gustavo, junto a San Lázaro (ya estamos aquí otra vez) lo invade todo sin misericordia. Si son las dos de la tarde, la salida del colegio de Los Maristas provoca un caos circulatorio que tardará una hora en aligerarse. Un funcionario bigotudo pide a los automóviles que se detengan ante un semáforo, aunque tengan luz verde, para que crucen los escolares. En los bares más cochambrosos de Lagunillas se puede comprar la rápida; hay una peluquería de señoras con secadores de los 60 y una puerta abierta que revela, más allá de la ruina apuntalada, un patio de luces que perdió las glorias de otro tiempo. Esto estuvo lleno de colores. Compás de la Victoria, mi quiosquero favorito me reserva los coleccionables del Pravda si se los pido. Un poco más abajo, los ejecutivos se aflojan la corbata mientras comen en el Montana.

Si Fidel hubiera empezado aquí la revolución, primero se habría tomado una caña. Venceremos.

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