Vidas sin hogar

  • En la actualidad más de un centenar de personas vive en la calle. Por un golpe demasiado duro de la crisis, por enfermedad o un pasado violento acabaron sin un techo en el que resguardarse.

En la Alameda Principal, un hombre lee a diario sentado en el suelo. Rodeado de sus pocas pertenencias, un cartel escrito en un cartón pide ayuda. Por su lado pasan cientos de rostros al día. Algunos le tienden una mano, sobre todo los trabajadores de la red de ayuda institucional y asociativa, pero la mayoría prefiere mirar para otro lado. Como él , más de un centenar de personas, con sus historias, sus familias y sus enormes problemas a cuestas, duermen en la calle. Son vidas sin hogar, algunas recientes, otras de décadas de persistencia pero todas con una moraleja común: cualquiera puede acabar en el mismo pozo en el que han caído ellos.  

En el albergue municipal, aunque aislado  por voluntad propia de otros usuarios, Ramón el vasco pasa los días a la espera de que le llegue una pensión de jubilación que le alcance, al menos, para alquilar un pequeño apartamento. Sueña en volver a ir a la compra y cocinar alguna de las 400 recetas nuevas que ha ideado. Tiene 70 años y a los 67 todavía trabajaba. Ha sido jefe de cocina durante más de cuatro décadas, aunque no siempre ha cotizado. "Soy el inventor del pincho en la Malagueta", dice. Pero cayó enfermo y estuvo hospitalizado durante año y medio. Todo acabó con la dichosa artritis. También le diagnosticaron un cáncer de esófago del que se recuperó. Pero sus piernas no le dejan volver a trabajar. 

Aunque tiene seis hijos, la ruptura del matrimonio acabó también con los lazos que le unían a su familia y tan sólo mantiene relación con dos de sus hijas. "Es muy común encontrar a hombres que se quedan sin una red de apoyo familiar al separarse de sus esposas, se rompen los vínculos", explica Rosa Martín, directora del Centro de Acogida Municipal. A Ramón tanta factura le pasó su enfermedad como su desarraigo. "De ganar 4.000 euros al mes a verte sin un duro", relata. Pagaba un alquiler de 1.100 euros al mes y ahora lleva desde el 29 de julio durmiendo en el albergue, en un sitio que asegura "no es mi ambiente". "Me entran ganas de morirme y si no lo hago es por mi hija".

Ramón no estaba preparado para esta situación, ni tampoco José Carlos, que con 34 años y dos niños pequeños también conoce ya lo que es dormir al raso. Nació en Valladolid pero se vino a Málaga a buscar trabajo. Sin empleo ni prestaciones, ni su mujer ni él supieron encontrar otra salida que no fuera la calle. Mientras que sus hijos vivían con su abuela en Fuengirola, ellos dormían con otro grupo de siete u ocho personas sin hogar en el lateral del centro comercial Larios. "Veníamos al albergue a comer, pero mi mujer perdió el carné de identidad y sin documentación no se puede dormir aquí", explica José Carlos. Rosa, la directora del centro, apunta que cada usuario debe tener una tarjeta, un pasaporte o algo que lo identifique, independientemente de su situación en el país. 

Pasaron varios meses a la intemperie, incómodos y llenos de miedo. José Carlos llegó a pedir limosna, pero la suerte les cambió cuando su mujer encontró trabajo cuidando a una anciana y consiguieron un piso de acogida cuando sus hijos regresaron con ellos. Pagan 300 euros al mes más la luz. Los niños van al colegio y tienen el comedor bonificado al cien por cien. "Mi sueño es tener un trabajo fijo y cobrar un sueldo todos los meses, y no volver a la calle, que se pasa fatal", reconoce. 

A José Carlos la crisis económica lo llevó a la calle pero a Emilia la arrastró un pasado demasiado cruel, demasiado violento. Cuenta que a los 11 años la violaron su padre y su hermano y que su madre dejaba que el señor de la casa en la que trabajara abusara de ella a cambio de dinero. A los 17 años se casó y a los 18 nació su primera hija. Así hasta cinco, "uno detrás de otro, mientras que mi marido me maltrataba", recuerda. Su segundo esposo la abandonó y su separación fue el detonante de una espiral destructiva que la llevó a la droga y a la prostitución. Perdió a sus hijos, fueron dados en adopción, y ella terminó en la calle. "He dormido en el Parque Huelin, en cajeros, donde he pillado, he tomado pastillas, alcohol, cocaína y heroína", relata con valentía. 

Emilia también cuenta que pedía limosna y que se prostituía en la Alameda de Colón. Con ese dinero podía pagarse el chute que necesitaba. "Nunca he estado en la cárcel, pero reconozco que me he metido en un supermercado y he robado comida cuando he tenido hambre", añade esta mujer de 58 años que se desintoxicó hace siete, después de cuatro intentos de suicidio. 

"Lo más duro de la calle es el frío, la lluvia y el miedo, siempre he estado sola", dice Emilia que desde hace más de un año vive en el albergue. Tiene claro que no quiere volver a la calle. Está empezando a cobrar el salario social, que son unos 400 euros mensuales, y su sueño es "tener una habitación en la que me pudiera sentir como en casa", afirma. "Estoy poniendo todo de mi parte para que esto cambie", añade Emilia.

Poca gente buena se ha encontrado esta mujer en su vida. En el albergue, sin embargo, se ha sentido bien tratada. También conoce y aprecia a Paco y a Beatriz. Ellos son, junto con Miguel, uno de los tres equipos de unidad de calle que pasan el día atendiendo a las personas sin hogar. En su ruta, se desplazan desde la playa de Huelin hasta los terrenos que hay detrás del Martín Carpena. En una especie de habitación junto a una cuadra resiste Jacobo, de 68 años y con un historial que avanza ya por la segunda década sin hogar. "He trabajado en las minas, en la construcción, hice algo de submarinismo y fui boxeador", afirma. Vivía en un corralón con su mujer y sus dos hijos, se cayó parte del techo y los echaron de la casa por estar en estado ruinoso. En el albergue pasó unos meses, luego pernoctó en caravanas, debajo de una barca, en un cuartel de la guardia civil abandonado, en antiguas fábricas y desde hace unos años "estoy por estos andurriales", cuenta. 

Cobra 347 euros al mes, la pensión no contributiva, y con eso subsiste. La unidad de calle le trae medicinas y le acompaña a hacer la compra. "Yo ni aparco coches, ni pido dinero, antes he hecho chapuzas, he pintado pisos y he cogido pulpos para venderlos en los bares", relata y ahora que ya  las piernas no le responden pasa el día leyendo, aunque sea rodeado de moscas. "Ya estoy inmunizado", asegura este hombre que también conoció la cárcel, en la que pasó cuatro años, y que después de eso siempre quiso vivir en soledad. "No quiere a nadie a mi lado para dormir, no me fío", agrega. 

En una nave abandonada que linda con la cuadra de Jacobo, viven María y su pareja. En verano ha dormido en la playa, en una tienda de campaña. Ahora se ha recogido bajo un techo. "Aquí te quitas el frío, estar en la calle y que todos vean tus miserias es horrible", apunta. Es auxiliar de enfermería y trabajó para la ley de dependencia, pero enfermó de agorafobia  y perdió el empleo después de meses de baja médica. Poco después, hace más de dos años, vivió un episodio de violencia de género y tras pasar por un piso de acogida se vio en la calle. "Nunca te imaginas que puedes acabar en esta situación, no te lo crees, lo estás viviendo pero no te lo crees", dice María, que ve el futuro un poco negro porque ha vuelto la agorafobia, su tratamiento no la deja buscar trabajo y, además, está a la espera de dos juicios por lo que no puede abandonar la ciudad. Su familia, que está en Galicia, no conoce su situación. "No lo sabe ni lo sabrá", asegura. 

Al igual que en los casos de María, Emilia, José Carlos, Jacobo y Ramón, detrás de cada una de las mujeres y hombres que viven en la calle hay una historia que en muchos casos merecería ser contada. O al menos respetada. Hoy cobra más sentido que nunca, hoy es el día de las personas sin hogar. 

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