El Prisma

La dictadura de lo correcto

  • ¿Por qué parece pecado construir un pantano y no llenar un monte de molinos de viento? ¿Por qué la energía nuclear es el apocalipsis y las poco reciclables placas solares son una maravilla?

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CUANDO lo políticamente correcto preside la acción de gobierno el resultado no puede ser otro que el fracaso, porque gobernar no es contentar a todos, también es molestar. Y en lo que se refiere a la política hidráulica, el fracaso ha sido retratado fotográficamente esta semana en la portada: la presa de La Concepción vuelve a tirar agua al mar. Y sí, debemos usar el verbo tirar, por mucho que le pese a algún que otro ecologista, porque tras cuatro años de dura sequía, eso es lo que ocurre con el agua embalsada que acaba en el Mediterráneo.

Hemos escrito en más de una ocasión sobre el desastroso traspaso de la Confederación Hidrográfica del Sur a la Junta de Andalucía, a pesar de que la negociación duró más de diez años. También de que al principio, con la nueva Cuenca Mediterránea Andaluza, no había ni dinero para pagar las nóminas, de que Antonio Rodríguez Leal se encontró con un cementerio de elefantes inmovilista, y de que el Gobierno andaluz primero abandonó y luego absorbió al organismo, centralizando la gestión en Sevilla y convirtiendo toda una institución estatal con sede en Málaga en una dirección general con nulo peso político y ninguna capacidad inversora. En resumen, que las cosas no han cambiado a mejor con la gestión autonómica-centralista de la cuenca del sur, y que seguimos recurriendo a los viejos hechizos, a las estampitas de la Virgen y a las danzas rituales para implorar al más allá, al cielo o a los espíritus que llueva.

Joan Corominas, máximo responsable de Aguas de Andalucía, es un técnico respetado y con los conocimientos necesarios. De hecho, las medidas hasta ahora tomadas en la Costa del Sol han sido baratas y eficaces. Pero no son la solución definitiva, sino parches que acabarán saltando por la presión de la sequía en pocos meses. Nada sabemos del recrecimiento del pantano del río Verde, que va ya por su segundo o tercer estudio -y las consultoras de ingeniería siguen forrándose con el chollo-, ni de la dichosa tubería de la Costa del Sol, ni de la presa de Cerro Blanco, un anatema entre los políticos locales. También se tomaron a chufla en la Agencia andaluza del Agua la propuesta del Ayuntamiento de Málaga de habilitar en el Puerto unas instalaciones por si es necesario traer agua en barcos-cisterna. Hace meses se rieron. Ahora, cuando Barcelona estudia en serio esa posibilidad, no tanto.

Esta semana, Corominas se ha tomado en serio Málaga. Pero por el monumental cabreo que le provocó que se vieran las vergüenzas de la política hidráulica de la Junta justo el mismo día en que una delegación catalana venía a estudiar las excelencias del sistema andaluz para evitar el despilfarro de agua.

No se puede permitir durante más tiempo que los respectivos gobiernos sólo se acuerden del agua cuando falta. Y tampoco que caigan víctimas de la moda juvenil. Porque de un tiempo a esta parte, construir un pantano o hacer un trasvase suena a invadir Polonia, a matar miles de cervatillos o a talar el pinsapar de El Burgo. Llenar de agua un secarral y convertirlo en un lugar de interés general y con atractivo turístico y deportivo es una barbaridad. En cambio, alicatar todo el monte con enormes molinos de viento es una maravilla. Lo mismo ocurre con el debate sobre la energía nuclear, la única opción viable y factible contra el cambio climático según casi todos los expertos -los ingenieros industriales, que son los que nos procuran la electricidad que consumimos-. Da igual que importemos una gran parte de nuestro consumo de Francia y que el Reino Unido haya acordado potenciar su uso y una nueva generación de centrales más seguras. Mentar la energía nuclear es mentar la bicha, mientras queda muy cool y socialista promocionar la energía solar. Pero nadie habla de lo contaminantes que son los restos de silicio de las placas solares cuando acaba su vida útil y de su difícil reciclaje.

Algo parecido ocurre con los embalses. En Málaga El Genal y El Guadiaro vierten al mar cada año unos 700 hectómetros cúbicos de agua. Sería inadmisible tocar ese tesoro natural de la Sierra, pero también parece pecado tirar al mar toda el agua cuando se podrían hacer pequeños trasvases. De ello hablaba el Plan Hidrológico Nacional, estudiado dos décadas con el resultado final de gastar papel.

Ahora la moda es construir desaladoras. Más caras (el agua de un pantano sale 20 veces más baratas), más contaminantes, porque tienen un alto coste energético y no funcionan con placas solares ni a viento, señores, y más rentables sin duda para las constructoras y empresas privadas que se encargan de su costoso mantenimiento y de cambiar cada dos por tres las membranas que realizan la ósmosis inversa. En Málaga llevamos casi cuatro años oyendo hablar de la desaladora de Mijas prometida por Narbona nada más tomar posesión. Y apenas se ha avanzado. De la desalobradora del Atabal, mejor no hablar mucho. Y de la desaladora de Marbella, habría que recordar que la hizo Jesús Gil. No puede ser casualidad.

cita cofrade

El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, ha citado a desayunar en el Ayuntamiento a los periodistas cofrades el próximo jueves. ¿Un avance de la influencia religioso-semanasantera en sus políticas?

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