17-M: El gran día de los pensionistas

  • Jubilados cuentan sus formas de gestionar las pensiones entre quejas sobre su pérdida de poder adquisitivo

  • Hoy volverán a manifestarse para protestar por la baja revalorización

Pepe se jubiló de manera forzosa con 45 años. Una invalidez le obliga desde entonces a vivir de las ayudas sociales, circunstancia que no le suponía un gran esfuerzo en un primer momento ya que tenía un piso que le fue concedido por el Patronato de la Vivienda. Después llegó el alcohol, y con él, los problemas: "Mi mujer se separó de mí a causa de ello, se quedó el piso que estaba a mi nombre y mis hijos se quedaron en ella". Ahora, viviendo de alquiler con 69 años y ya rehabilitado de la que fue su perdición, Pepe cuenta con una jubilación de 300 euros, complementada con "una ayuda de cerca 300" para poderse mantener. La subida del 0,25% de las pensiones es algo "de risa" para alguien que no da a basto con las facturas todos los meses.

Este jubilado calcula que le faltan "unos 100 euros de media" todos los meses para copar con los gastos diarios. No sabe cocinar, y desde que se separó de su mujer, frecuenta bares del Centro para desayunar y comer, situación que le obliga a privarse de otros servicios básicos para equilibrar las cuentas a final de mes: "Es triste decirlo, pero muchas noches ando por la casa con la luz apagada porque no puedo con los gastos". Le gustaría tener una ayuda para tratar de costear el alquiler de su piso, para el que reserva 300 euros todos los meses, porque no se ve en buena situación de cara al futuro "tal y como están subiendo los precios".

El de Pepe es uno de los muchos casos de pensionistas malagueños que se ven abocados a la subsistencia con una pensión que se aleja cada vez más del coste de una vida digna. Así lo ven Andrés (74 años) y Miguel (72), dos jubilados que han trabajado más de 40 años en el campo malagueño y que ahora se conforman con una pensión que ronda los 600 euros. "Y por si fuera poco tenemos hijos a los que ayudar", apostilla Miguel, que tiene dos hijos, pero con empleos inestables y sueldos pequeños, que convierten la pensión de su progenitor en la balanza que equilibra sus cuentas mes a mes.

En la misma situación que Miguel está Andrés, su compañero de charla vespertina en cualquier banco del Centro. Él tiene una hija que está trabajando, pero la llegada de los nietos provocó que "no ganara lo suficiente, por lo que hay que ayudarla obligatoriamente". Los dos jubilados achacan al cada vez más imperante modelo laboral de sueldos pequeños y contratos temporales la falta de posibilidades de los jóvenes para realizar su proyecto de vida, y que los acaba forzando a recurrir a las pensiones de los mayores: "¿Y qué puede hacer alguien para cambiarlo? Si uno rechaza un empleo de esos hay 40.000 en la puerta esperando", reflexiona Andrés mientras Miguel lamenta que "antes nos íbamos a Alemania a trabajar los que no sabíamos nada y hoy en día se van los talentos".

A causa de ello ambos se ven en la obligación de hacer las cuentas cada mes de la forma más ajustada posible, de tal forma que ir a un restaurante se ha convertido para ellos en "un lujo que ya no nos podemos permitir", indica Miguel. "Si no es que nos vemos a final de mes como peces fuera del agua", replica Andrés.

No se queja de su pensión otro Andrés, de 66 años, aunque reconoce que la subida de este año es "una basura". Mantiene a su esposa y dos hijos -de 23 y 31 años- con el dinero de la pensión. Él ve el futuro tan negro que ha recomendado a ambos que estudien unas oposiciones de cara a evitar el panorama laboral incierto: "Son empleos en los que están un montón de horas y les pagan una miseria. En mi caso tengo una pensión buena y no tengo problema en mantenerlos, pero como a mí me pase algo apaga y vámonos". Andrés no tiene problemas para llegar a fin de mes, pero "tampoco nos sobra para irnos a Hawai".

Muchos pensionistas opinan de manera sarcástica que la carta que recibieron del Ministerio de Hacienda "cuesta más" que la revalorización que han recibido este año. Es el caso María José Bermúdez, recién jubilada con 65 años y con "la pensión mínima", que no ve en su subida ni para "un billete de autobús". María José hace las cuentas contando también con la pensión de Francisco Gallegos, su marido, que es "suficientemente alta", como él la define. Ambos sin embargo, se estremecen al contar la historia de Josefa, una conocida, y de la manera en que gestionaba su pensión: "Sacaba 10 euros del banco para poder echar el día. Lo que cobraba lo dividía entre 30 o 31 y no había más".

A pesar de que cuando juntan sus pensiones les queda una cantidad buena para salir adelante, María José y Francisco tienen una obligación con sus hijos: "Tenemos que ayudar un poco también, porque nuestros hijos están casados y ganan poco y tenemos que ayudarles", cuenta ella al tiempo que su marido lamenta que los "jóvenes de esta generación no pueden tener la perspectiva de vivir mejor que sus padres, y si no cotizan no queda más remedio que decir al adiós al actual sistema".

Este esquema, tan repetido en tantas familias, lleva a Santiago González a cuestionarse los motivos por los que los jóvenes no toman las manifestaciones que los pensionistas han llevado a decenas de ciudades españolas como suya propia: "Me entristece mucho, porque la gente joven no tiene conciencia ni se pega a la voz de la experiencia". El jubilado de 61 años indica que la situación contrasta con la de Francia, en donde tiene familia de exiliados republicanos: "Francia es más revolucionaria, cuando salen los mayores la juventud va con ellos, y aquí tenemos solo botellón y fútbol".

Santiago tiene una pensión de 595 euros, después de prejubilarse a los 61 años tras una vida dedicada a la construcción. Desde los 53 se sustenta con ayudas estatales, ya que decidió dejar de trabajar cuando el sector se vino abajo con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria: "Ahora mi calidad de vida ha descendido totalmente y el poder adquisitivo aún más". El que fuera un albañil que llegó a cobrar entre 1.600 y 1.800 euros al mes en décadas se tiene que conformar a día de hoy con una pensión que supone alrededor de un tercio de lo que llegó a ganar trabajando.

A Francisco Cruz la pensión de 637 euros no le llega, a pesar de contar con un bono social. Él también tiene familia a la que ayuda, y con la comunidad, la luz y el agua en precios ascendentes se ha visto obligado a buscar un empleo alternativo con 78 años en su haber. "Ahora trabajo como intermediario de ventas, de pisos, bloques, etc. Esto me ayuda a no estar con el agua al cuello, en caso contrario tendría más problemas", asegura Francisco mientras espera a un par de clientes para enseñarles un edificio de la calle Tomás Heredia.

A pesar de su situación, Francisco se muestra escéptico a la hora de apoyar las manifestaciones de los pensionistas por una revalorización mayor: "Pedir es muy cómodo pero, ¿de donde se saca? Porque luego nos puede acabar pasando lo que ocurrió en Grecia, donde por vivir la vida a todo trapo al final tuvieron que bajar las pensiones bastante". En su opinión, el Gobierno tendría que haberse ahorrado la carta que anunciaba la subida del 0,25 por ciento por tratarse de una variación "ridícula".

Los jubilados también empiezan a ser grupos de riesgo para determinadas enfermedades, lo que conlleva un aumento del gasto en las medicinas, como les lleva ocurriendo durante años a Paco y Lola. Ambos tienen una pensión que ronda los 630 euros y a ambos les ha subido este año 1,32 euros. Subida "mísera" máxime cuando este año la presencia de la gripe y otras infecciones en la provincia ha sido sensiblemente superior a años anteriores: "Con la edad caemos bastante fácil y solo los resfriados de las últimas semanas nos han costado más de 100 euros", indica Lola, de 77 años.

En el caso particular de Paco, de 80 años, el gasto es aún mayor, ya que padece del corazón. En octubre del año pasado se puso la vacuna contra la neumonía, que le costó 80 euros, y posteriormente "me entró la neumonía como si nada". El pensionista, que también ha trabajado en el campo durante muchos años y estuvo un tiempo en Alemania, pide ayudas para determinados tratamientos y medicamentos, de tal manera que ayuden a paliar la falta de subida en las pensiones.

Todas las dificultades para llegar a fin de mes de muchos jubilados no son obstáculo alguno para que ejerzan de abuelos de la manera más digna, como le ocurre a María Antonia Jiménez, con tres nietos de dos hijas. A pesar de tener una pensión de 639 euros y unos gastos fijos de en torno a 300 euros, intenta todas las semanas organizar una comida familiar en la que prepara "uno de esos cocidos que tan bien hacemos las madres". E incluso les deja una "pequeña propina" a cada uno de sus nietos cada vez que van a su casa. "Ya me gustaría darles más que 3 o 5 euros, sé que es una miseria, pero si diera más no llegaría a fin de mes", asegura la pensionista de 82 años, que ve en el movimiento de protesta la "lógica consecuencia" a tantos años de ínfimas subidas.

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