De los paisajes arrasados

  • Hoy se celebra el centenario del nacimiento de Emil Cioran l Pero esta efeméride no significaría nada para mí si un maestro no hubiera prendido en mi ánimo, hace más de dos décadas, el amor a la literatura en un colegio que hoy ya no existe l Esta ciudad obliga al corazón a tirar de memoria

HOY se celebra el centenario del nacimiento de Emil Cioran. Seguramente no encontraría las palabras justas para explicar la influencia decisiva que ejerció en mí su libro En las cimas de la desesperación cuando lo leí, hace demasiados años. Pero para que algo así ocurriera, para que un libro tuviera el poder de corroer cuanto en mí podía arder a una edad demasiado tierna, y para que el mismo día del centenario de Cioran me invada esta agridulce mezcla de placer y nostalgia, de dependencia casi filial respecto a un autor del que, en otras circunstancias, pude no haber oído hablar jamás, tuvieron que darse, al menos, dos casualidades: la primera, que mi padre reuniera en su casa, la que fue la mía, una biblioteca, nada deslumbrante, más bien discreta y corta, pero biblioteca, suficiente para que allí me fuera inculcado el amor a los libros, a su tacto, a su misterio, incluso cuanto todavía no sabía leer, o no me atrevía; la segunda, que cierto maestro que tuve entre sexto y octavo de EGB, más o menos entre 1987 y 1990, prendiera en mí la inquietud por la literatura, por el hecho de leer como acto de libertad y de soberanía ética, además de vicio incombustible capaz de sosegar los días más aciagos. Después vinieron Camus, Kundera, Shakespeare, Blas de Otero, tantos otros, también Cioran. Uno cree que puede vivir con eso toda la vida. Que aquellos paisajes van a durar eternamente. Pero entonces la ciudad hace de las suyas, interviene. El maestro al que me refiero se llama Alfonso Asensio. Y el colegio era el Virgen del Rocío, en la calle del mismo nombre, en Carranque. Hace poco pasé por allí. Desde finales de los 90 el colegio no existe como tal. Sirvió como comedor escolar durante un tiempo y desde hace unos años acoge la sede de la Oficina de Extranjeros de la Subdelegación del Gobierno. Por fuera, la arquitectura es la misma: el patio en que jugábamos al fútbol se ha convertido en aparcamiento, pero la valla que saltábamos cuando queríamos entrar o salir sin demasiados problemas se mantiene intacta, o con el mismo tiempo y la misma ruina, que no es poco. Los muros blancos, los remates en ladrillo rojo, las rejas de las ventanas, todo es igual. Dentro, lo que una vez fueron aulas ahora son oficinas. En su día derribaron unos cuantos muros y ahora el espacio es mucho más diáfano. Para entrar hay que someterse al inevitable escáner de seguridad y esperar en la cola con quienes acuden a revisar su documentación: latinoamericanos, magrebíes y subsaharianos, sobre todo, aguardan con el semblante sombrío, con demasiado que echar de menos entre ceja y ceja, tal vez un NO enorme y meridiano clavado en la frente. Nada por allí podía hacerme recordar mi colegio, ni las lecciones de don Alfonso. La memoria y el corazón no tenían más remedio que consolarse mutuamente. Como ocurre a menudo en Málaga.

Pregunté entonces a algunos vigilantes de seguridad si sabían que aquello había sido un colegio. Algunos lo sospechaban, no es difícil, desde luego parece un colegio. Pero nadie lo sabía. Nadie había tenido noticias del trozo de vida que me dejé allí y que a la vez recuperé con creces. Entonces me invadió una sensación que nunca me había asaltado con aquella violencia: la de percibirme extraño, observado y ajeno en un lugar que había sentido tan mío como el hogar de mi infancia. Así que me consideré extranjero, tan extranjero o más que quienes seguían guardando su puesto en la cola, esperando que unos fríos dígitos en un monitor les indicaran en qué mesa iban a ser atendidos. Siempre había pensado que esos sentimientos esperaban a quienes pasan muchos años fuera de su territorio vital y a su regreso no reconocen ya los paisajes que han conservado intactos en sus recuerdos. Pero no hace falta irse de Málaga para sentirse como un extranjero. También Cioran sabía de esos dioses arrasados.

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