Lo que quedará tras el diluvio

  • Cuando parecía que no podía haber en esta ciudad más catástrofe que una berza envenenada, el temporal ha venido a delatar su fragilidad l Diversas predicciones apuntan para 2012 el advenimiento de una nueva Atlántida l Si Málaga se hunde bajo el viento y la lluvia, ¿qué contarán los arqueólogos?

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HACE un par de semanas descubrí en Puerto de la Torre una calle dedicada a la Atlántida, precisamente cuando andaba enfrascado en el mito y la recuperación del Timeo de Platón. Aquello resultó premonitorio: poco después llegaron las lluvias y los tornados, las marquesinas incrustadas en las fachadas, las cristaleras destrozadas y los coches amontonados, una catástrofe en toda regla, con algunos heridos de por medio y damnificados en todas partes, y como la imaginación se calienta especialmente cuando uno admite el peligro de que su balcón salga volando de un momento a otro, me dio por figurarme una Málaga sumergida, cubierta bajo la lluvia, el viento y la crecida del mar, una Alejandría aún más terrible, ciudad desaparecida sin remedio. Ahora que el cambio climático ha dado carta blanca a los agoreros, quizá convendría advertir la posibilidad de que ocurran tragedias más graves que una berza popular con los delantales equivocados. El terremoto de Lisboa ya causó por aquí sus estragos en 1755, y a punto estuvo el barco de naufragar sin remedio en las inundaciones de 1989. El cauce del Guadalmedina es una bomba que puede estallar en cualquier momento (el Nervión, que presenta en Bilbao problemas similares aunque mejor resueltos, se quedó el mes pasado a 17 centímetros de desbordarse) y, si en Sevilla las sectas tienen ya suficiente influencia para impedir que actúe Bruce Springsteen, aquí ya se encargan otros agentes. No es cuestión de ponerse desagradables, pero diversas predicciones, desde los antiguos mayas hasta Nostradamus, apuntan el advenimiento de una nueva Atlántida en 2012 como antesala del fin del mundo, un diluvio de los gordos, y con el acelerador de partículas del CERN atascado y un presidente negro en EEUU (vale, Nostradamus se refirió a un papa, pero ¿qué diferencia hay?) tal vez lo más inteligente sea poner tierra de por medio y buscar refugio en el interior. En 2012, pasado mañana, se designará la Capital Cultural de Europa para 2016. Igual ya es demasiado tarde.

Y así quedaríamos los malagueños convertidos en nuevos atlantes en las profundidades abisales, condenados a sostener el planeta sobre nuestros hombros y a vivir del pasado. Estos días de lluvia, más allá de los tremendos efectos de los huracanes que han vuelto a poner a prueba a la administración municipal (no hay mejor examen democrático que el agua al cuello), la ciudad se asoma especialmente anodina, triste, apagada y castigada por el colapso, como si de repente fuera otra, una Málaga del norte, en un continente distinto, con los polos invertidos, despojada del sol, como si las terrazas y sus cervezas frías constituyeran caprichos de tres o cuatro días del año. Esa facilidad para parecer otra ciudad vuelve a revelar lo que ya se sabe: que Málaga ha perdido con demasiada alegría sus señas de identidad. Si, efectivamente, todo lo que comprende el perímetro entre El Palo, San Andrés y Los Montes quedara sumergido para siempre, los arqueólogos encargados de contar su Historia lo tendrían bien difícil. ¿Alguien cree que los bajos del Museo Picasso y el castigado Teatro Romano bastarían para demostrar que Málaga llevó a gala su condición trimilenaria, que siempre fue y se sintió fenicia, griega, romana, egipcia, bizantina, musulmana, cristiana, americana y europea? ¿No cabría interpretarlos más bien como fragmentos de un museo ajeno? Me temo que los arqueólogos la señalarían como otra ciudad cualquiera. Una que se quiso poco.

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