"La tragedia de la carretera de Almería fue silenciada por ambos bandos"

  • Residente en Bruselas, este licenciado en Derecho, experto en la Comisión Europea en materia de propiedad intelectual y protección de datos, es el autor de la novela 'La primera en el peligro de la libertad'

Uno de los materiales más completos e imprescindibles para conocer el desarrollo de la Guerra Civil en Málaga es La primera en el libro de la libertad (Arguval), fresco histórico en forma de novela que Leonardo Cervera (Málaga, 1970) presentó recientemente en la ciudad. El autor reside habitualmente en Bruselas, donde trabaja como funcionario para la UE, aunque desde julio a 2007 trabajó en la Universidad de Duke (Carolina del Norte, EEUU) en una de sus especialidades, la normativa en cuanto a protección de datos.

-Asegura usted que Málaga tiene cuentas pendientes con los héroes de la Guerra Civil que dieron lo mejor de sí mismos en favor de la protección de los civiles. ¿En qué medida este tipo de recordatorios podrían tener consecuencias indeseables, incluso propiciar fracturas políticas e ideológicas en la sociedad malagueña actual?

-Una guerra civil es una lucha entre hermanos y ya se sabe que las disputas familiares tardan mucho en olvidarse. Por ejemplo, la Guerra Civil americana, que tuvo lugar setenta años antes de que estallara la española, sigue muy viva en la memoria colectiva de los estadounidenses. En el sur de los Estados Unidos, donde he tenido el privilegio de vivir durante un año, todavía se habla de los yankees del norte y se depositan flores en el campo de batalla de Gettysburg, en Pensilvania, donde el ejército confederado libró (y perdió) su última gran batalla, el equivalente a la batalla del Ebro para los republicanos en la Guerra Civil española. En mi opinión, los verdaderos héroes no fueron los líderes políticos o militares de uno u otro bando sino aquellas personas, en su mayoría anónimas, que, por encima de su credo político y la locura de la guerra, se esforzaron por salvar vidas humanas y ahorrar sufrimiento a sus semejantes. Hubo algunas actuaciones humanitarias en Málaga pero quizás hay dos casos que sobresalen sobre los demás: el del comunista Norman Bethune y el del diplomático de ideas conservadoras Porfirio Smerdou. Los dos lo arriesgaron todo y los dos pagaron un precio muy alto. Con franqueza, si de mí dependiera, pondría sus estatuas juntas, en la misma plaza, pues cualquiera de los dos hubiera salvado al otro si se hubieran encontrado frente a frente.

-Una constante en su novela es la intervención extranjera, especialmente desde Italia, en el desarrollo de la contienda en Málaga. ¿Por qué los esfuerzos aliados se multiplicaron aquí respecto a otras provincias?

-La intervención de Italia y Alemania en ayuda de Franco fue decisiva. En los primeros meses de la guerra la ayuda fue más discreta, pero cuando la llegada in extremis de las Brigadas Internacionales detuvo a Franco a las puertas de Madrid, en noviembre de 1936, Mussolini empeñó su prestigio y envió un ejército expedicionario a España que desembarcó en Cádiz y que se suponía daría a Franco la llave de una victoria rápida sobre los republicanos. Málaga era ya una plaza importante, la segunda base naval del Mediterráneo. Como además a comienzos de 1937 las milicias malagueñas apenas habían comenzado a militarizarse y los socialistas, comunistas y anarquistas hacían la guerra por su cuenta, la llegada de los italianos desequilibró la balanza de fuerzas por completo. Los milicianos no eran rival para las disciplinas tropas del General Queipo de Llano y el armamento ultramodernos del coronel Roatta, por lo que, a pesar de algunos casos de gran valentía, nada pudieron hacer los republicanos para detener el avance de las tanquetas italianas. Cuando las baterías italianas tomaron posiciones en el Camino de Colmenar y empezaron a bombardear el centro de la población, se desató el pánico general y la gente huyó en masa hacia Almería.

-¿Por qué se sabe todavía tan poco de este episodio?

-La tragedia humanitaria de la carretera de Málaga a Almería fue silenciada por ambos bandos. En primer lugar por los propios republicanos, que pusieron sordina a una derrota humillante que temían (con razón) porque podría tener efectos muy desmoralizadores para los combatientes. En muy pocas horas se perdió una enorme franja de territorio, desde Marbella a Motril, y durante aquella debacle militar se produjeron episodios muy vergonzosos para las armas republicanas. Sin ir más lejos, cuando los italianos estaban a pocos kilómetros de la capital, en lugar de defender la plaza como se les había ordenado desde Valencia, el general Villalba y su plana mayor se subieron a sus coches y huyeron a toda prisa por la carretera de Málaga a Almería. Ni siquiera se molestaron en informar de su marcha al gobernador civil, que se enteró de la evacuación cuando llamó a Capitanía y no le cogieron el teléfono. Los autodenominados nacionales, por su parte, tampoco tuvieron ningún interés en dar publicidad a la matanza de civiles inocentes en la carretera. Tomando prestado el terrible eufemismo que se viene utilizado en las guerras de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, algunas de aquellas víctimas se podrían catalogar como daños colaterales, ya que en la carretera se mezclaban la población civil (entre cien y doscientas mil personas, quizás hasta doscientas cincuenta mil almas), y los restos del ejército republicano que huía en desbandada.

-¿Qué lastre cargado en la Guerra Civil arrastra Málaga aún?

-La ciudad de Málaga fue una de las primeras ciudades del mundo que experimentó el horror de los bombardeos aéreos indiscriminados contra la población civil. Afortunadamente, la potencia de las bombas a finales de 1936 era pequeña en comparación con los proyectiles que se utilizarían poco después en las ciudades europeas durante la Segunda Guerra Mundial. Aún así, los daños por los bombardeos fueron considerables, sobre todo en las cercanías del Puerto. Además, el sistema productivo colapsó, tanto como consecuencia del férreo cerco que estableció Queipo de Llano sobre la ciudad como por los estragos que provocó la revolución proletaria (mayoritariamente anarquista) con colectivizaciones y otros experimentos que, por regla general, fueron un desastre. Pero sin duda, la gran pérdida que se produjo en Málaga como consecuencia de la Guerra Civil fue de capital humano, pues las matanzas políticas de ambos bandos segaron la vida de miles de malagueños, muchos de ellos personas de gran valía, que de haber sobrevivido a la contienda seguramente hubieran contribuido a hacer de Málaga una ciudad mucho más próspera.

-¿Cree que servirá la Ley de Memoria Histórica para fomentar el conocimiento de lo que ocurrió?

-Yo nunca podré estar de acuerdo con los que pretenden hacer política con la guerra civil. Ni de un bando ni del otro. Pienso que hacer política con hechos que ocurrieron hace más de setenta años y que guardan muy poca relación (por no decir ninguna) con la sociedad española actual es un despropósito. Ninguno de los partidos mayoritarios del arco parlamentario español se ha declarado heredero de ninguna de las formaciones políticas que participaron en la guerra civil española. Por eso, no entiendo a qué viene lo de ondear banderas que ya no representan a nadie, a no ser para distraer la atención de la población de los asuntos que de verdad nos interesan a los españoles de hoy en día, como el paro o la corrupción urbanística. Si de verdad se quiere hacer una labor en pro de la memoria histórica, además de las tareas forenses que ya se están realizando en lugares como el Cementerio de San Rafael, mi recomendación sería que los pocos supervivientes que aún quedan de la contienda en Málaga, los supervivientes de la carretera de la muerte, vayan a los colegios y den charlas a nuestros jóvenes para que comprendan a dónde se puede llegar si se radicalizan las opciones políticas.

-¿Cabría exigir hoy responsabilidades respecto a las atrocidades de la Guerra Civil en Málaga, vivan o no los ejecutores?

-Se trata de un asunto muy delicado. Cualquiera que pase una mañana en los archivos leyendo los sumarios de la justicia popular o los consejos de guerra que siguieron a la conquista, descubrirá muchos nombres y apellidos conocidos, de uno y de otro bando. Si rebuscamos un poco, descubriremos que el abuelo de tal era miembro de una patrulla mixta responsable de decenas de asesinatos terribles (los paseillos) o que el abuelo de cual firmaba las condenas a muerte de los consejos de guerra franquistas . Es evidente que los vencedores salieron beneficiados tras la contienda y mientras unos asumían puestos de responsabilidad en las instituciones locales, otros emprendían el triste camino del exilio en Francia o Latinoamérica. Pero forzoso es reconocer también que lo mismo hubiera ocurrido, si bien a la inversa, si los vencedores hubieran sido los otros. En mi opinión, hay que dejar a los historiadores que hagan su trabajo, pero lo más importante a estas alturas es identificar a las víctimas y honrar su memoria.

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