El clave y la vida

  • El británico Richard Egarr registra para Harmonia Mundi una soberbia integral de la música para clave de Louis Couperin.

Louis Couperin: Piezas de clave. Richard Egarr. Harmonia Mundi (4 CD).

Fallecido como Mozart y Purcell mediada la treintena, Louis Couperin (c.1626-1661) merecería figurar como ellos en el panteón escogido de los compositores más ilustres de la Europa moderna, y ello a pesar de que jamás publicó una obra en vida y de que la mayor parte de su música preservada está destinada a un solo instrumento, el clave, del que puede considerarse uno de los más personales y refinados cultivadores de la historia. Miembro de una saga musical que arranca a finales del siglo XVI y se extiende al menos hasta la muerte en 1826 de Gervaise-François, su sobrino-bisnieto, Louis ha estado siempre algo a la sombra de su sobrino François, conocido como Couperin el Grande, cuya importancia en la fusión de los estilos nacionales a principios del XVIII ha sido convenientemente resaltada y difundida.

La música de Louis Couperin está marcada por la tradición francesa de la escritura para tecla, que en su época representaba a la perfección Jacques Champion de Chambonnières, quien se convirtió muy pronto en su mentor, pero sobre todo por el encuentro en 1652 con Jakob Froberger, quien influiría decisivamente en su estilo. En 1653 fue nombrado organista de Saint-Gervais, uno de los puestos más importantes y mejor pagados de la capital francesa, y poco después entró a servir en la corte de Luis XIV como intérprete de viola da gamba, al parecer una elección que habría hecho el propio Chambonnières, con el fin de prepararlo como su sucesor de intérprete de espineta en la corte, un relevo que la muerte acabaría frustrando, pues el maestro sobrevivió una década entera al aventajado alumno.

La principal fuente en la que se ha conservado la música para clave de Louis Couperin es el conocido como manuscrito Bauyn, una copia póstuma de 133 de sus piezas. El manuscrito Parville incluye 50 de estas mismas piezas y otras cinco nuevas. Otro manuscrito, en manos privadas desde 1958, incluye al parecer hasta tres movimientos más que nunca se han hecho públicos. Es todo ese corpus formado principalmente por preludios y aires de danza (sobre todo, alemandas, correntas y zarabandas, pero también gavotas, gigas, chaconas, minuetos, rigodones y hasta canarios) el que ahora Richard Egarr ha grabado en esta integral para Harmonia Mundi que ocupa cuatro cedés y más de cinco horas de música.

La agrupación de las piezas en forma de suites es meramente anecdótica. Lo que importa es cómo el gran clavecinista británico ha hecho suya esta música que, confiesa, le ha acompañado toda su vida: todo fluye con una flexibilidad y una naturalidad exquisitas, especialmente en las obras mayores, esos geniales preludios sin medida, esas apabullantes chaconas o el famoso Tombeau de M. Blancrocher, en los que el color armónico, la melodía, la disonancia se funden en un fraseo de una elegancia superlativa, controlados hasta los últimos matices agógicos, explotados al límite los recursos de los instrumentos (copias de un anónimo francés y un Ruckers del XVII): los sonidos respiran, cantan, bailan, te conquistan con cada giro, en cada cadencia.

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