Las miradas de Morente

  • El Festival de Cine de Málaga presentó la obra póstuma del cantaor, la película 'Morente. El barbero de Picasso' de Emilio Ruiz Barrachina

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La obra presenta más similitudes de lo que cabría esperar con Morente sueña la Alhambra. Teniendo en cuenta que la firma Emilio Ruiz Barrachina, y que aquella venía de la mano de Sánchez Montes, hemos de suponer que es la mera presencia de Morente la causa del aire de familia. De hecho, el cantaor aparece en los créditos de Morente.El barbero de Picasso como director musical. Y Barrachina y Estrella presentaron El barbero como la última obra del cantaor. Póstuma, inconclusa. Morente comprendió que el presente del arte es audiovisual, de ahí que combinara la grabación de sus discos con experiencias para la pantalla.

No obstante, sea por la falta de bagaje del cantaor en el medio o por la súbita aparición de la muerte, El barbero es una obra inconclusa. Sobre todo en lo que respecta al argumento que le da título, la relación entre Picasso y Eugenio Arias, su peluquero; y entre éste y Morente. Una línea argumental que se desvanece al final sin haber sido más que apuntada. Lo demás se resume en interiores de cantaor con familia y fragmentos de conciertos en Buitrago del Lozoya y Barcelona. Lo mejor es cuando ambas corrientes se juntan, cuando cantan, en el Bañuelo, los hijos de Morente bajo la mirada tierna, protectora, del patriarca. Ése es uno de los legados más válidos del filme, del cantaor: el que fuera rompedor, el que no se ajustaba a norma, se presenta en la imagen última como magno patriarca. Sereno, panzudo, amoroso. Cuidador. Buda del Albaicín.

La sorpresa de esta serie cantaora en la Carrera del Darro es Soleá Morente. En la belleza de esta gitana se unen el gélido ademán de la desolación y el fuego carnal de su raza. Una mezcla explosiva que no sólo atañe a su voz, a la manera perfeccionista y naïf de atacar las Palabras para Julia de Goytisolo-Ibánez; también su rostro, la música de su cuerpo. Estremecedores. Eso da esta obra, música del cuerpo. Un Morente con aura juvenil, patricarca en deportivas. La única novedad musical es su versión de El ángel caído de Antonio Vega. Lo vemos caminar por El Retiro y burlarse con el demonio. Lo vemos como nuestro dáimón socrático, aquel que nos indica el camino de la libertad, de la dignidad, de la vida.

Lo mejor del filme son los apuntes en los márgenes que, lejos del guión, nos revelan al Morente más verdadero. No sé si el cantaor es un actor mediocre haciendo de Morente o, más verosímilmente, el guión y la actitud reverencial del director malogran sus posibilidades interpretativas. Pero en los márgenes Morente se nos revela como un intérprete descomunal de sí mismo. Allí donde corrige, con autoridad y ternura infinita, a los flamencos que habían corregido al batería de rock Eric Jiménez. Es un interior, un ensayo. Los palmeros refutan con guasa flamenca el sentido del compás del percusionista. Morente, en silencio, con la frente fruncida, concentrado. Al instante siguiente sabremos que busca las palabras exactas, esas que marcan la diferencia entre el totalitarismo y la autoridad benevolente. Con su comentario reintroduce al batería en el grupo (al fin y al cabo es el único extranjero en tierra jonda) sin desautorizar a los palmeros. Hace de un grupo un clan, una reunión de amigos íntimos, de fieles incondicionales, que es lo que hizo siempre, ganarse a la gente por la vía de la ternura, la compasión, el amor. Salidas que marcan la diferencia entre un artista y un genio. Genio de la vida cotidiana, me refiero, pues hay quien sólo puede serlo en escena. O el comentario a la estatua humana de las Ramblas, que representa a un hombre decapitado, al arrojar una moneda en la escudilla: "Te quiero, no te veo pero te quiero". Es imposible más ternura, más compasión en la mirada. Son dos detalles marginales, dos de las muchas miradas que pueblan este Barbero y lo colman de verdad y de humanidad, siendo como es una película fallida. Apuntan a las nuevas obras maestras que Morente habría conseguido, pues tenía una intuición rotunda, afinada hasta la transparencia con los años, en el nuevo medio que empezaba a explorar. Las miradas de Morente de pura alegría o pura desolación, que son lo mismo, cuando se sale del guión. Pues es cierto que si no supiéramos de la muerte, conciencia que nos desuela, no volveríamos a reír. Como lo echamos tanto de menos, está más que nunca en nuestras vidas.

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