"¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!"

  • Los marines avanzan en Marjah entre balas de kalashnikovs y bombas caseras

"¡Cuerpo a tierra! ¡Cuerpo a tierra!", gritan los marines estadounidenses, al verse sorprendidos por el tableteo de las armas y los silbidos de las balas. "¡Ak, ak!, gritan otros, para indicar que el fuego proviene de kalashnikovs.

Cuatro días después del inicio de la ofensiva Mushtarak, Marjah y la zona aledaña de Nad Ali, principales objetivos, están bajo control casi completo de las fuerzas afganas e internacionales, anunció el lunes un general afgano.

Sin embargo, los soldados siguen siendo acosados por francotiradores talibanes y los temidos IED (Artefactos Explosivos Improvisados, en inglés), fuente de la mayoría de las bajas extranjeras.

El domingo, una patrulla de Marines se detuvo ante lo que parecía una bomba casera que resultó ser una trampa para inmovilizarla y dejarla bajo el fuego de francotiradores talibanes, según informó un fotógrafo de la Afp.

La patrulla avanza entre inmensos campos de amapola, materia prima del opio, en la periferia norte de Marjah, precedida de un perro especializado en detectar bombas.

Al acercarse a las casas de las granjas, los marines de la compañía Charlie, bajo el mando del capitán Stephen Karabin, redoblan su prudencia. El objetivo "es entrar en contacto con la población y el enemigo", explica. "A los habitantes queremos decirles que pueden venir a vernos para señalar la presencia de elementos extranjeros, a los enemigos que estamos aquí y vamos a quedarnos", insiste Karabin.

De pronto el perro se excita, atraído por el olor de la pólvora, y se detiene de golpe frente a un montículo. No era una bomba sino casquillos de Dragonov, un fusil de largo alcance ruso.

Los marines rodean la casa y los soldados afganos que los acompañan registran las instalaciones y a los habitantes. Los lugareños dicen que no vieron ni escucharon nada. "Cuando los talibanes vienen, nosotros nos vamos, es más seguro", dicen. "Disparan contra ustedes desde nuestras granjas y ustedes responden", explican.

Cerca de la granja, un centinela ve a un hombre que hace señales con una pala. El teniente Toucey alerta a sus tropas. "¡Un vigía señala nuestra presencia a los talibanes!", grita justo antes de que empiecen a crepitar los kalashnikovs.

Los marines, algunos boca abajo, otros protegidos por las dunas, intentan localizar a los francotiradores, pero los afganos no esperan y comienzan a disparar. "¡Alto el fuego, alto el fuego!", grita Toucey. "Antes de disparar hay que saber contra quién y qué", explica.

Bajo un fuego nutrido, los marines se despliegan rápidamente, instalan las ametralladoras de calibre pesado y piden refuerzos. Pocos minutos después, un caza F18 lanza una bomba contra la posición de los francotiradores, que provoca una ensordecedora explosión seguida de un largo silencio.

Un marine señala un canal de irrigación y grita: "¡De pie!". Del agua surge un hombre, que tiembla de miedo y frío, manos en alto. "Quería abrir la bomba de agua, escuché disparos y me escondí", explica el campesino al traductor.

"Probablemente fuera un vigía", explica un sargento cuando recibe por radio el mensaje de que el enemigo se había retirado.

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