Alexéi y Andreas Jawlensky, la luz hallada en el color

Alexéi y Andreas Jawlensky, la luz hallada en el color Alexéi y Andreas Jawlensky, la luz hallada en el color

Alexéi y Andreas Jawlensky, la luz hallada en el color

Sin conocer nada de su historia, sin saber que nació en Rusia y a finales del siglo XIX se marchó a Alemania, sin intuir su amistad con Kandinsky, la enfermedad que lo dejó casi ciego o la gripe que le motivó a pintar sus célebres variaciones de Konstruktive Köpfe o Cabezas, el visitante sí que puede llegar a una conclusión. Y es que si algo estuvo buscando durante toda su trayectoria pictórica Alexéi Jawlensky fue la luz y ésta la halló, sin duda, en el color. Más aún si cabe lo hizo su hijo Andreas, que en los años 70 su trazo se desinhibió por completo para sumergirse en rojos, amarillos, verdes, morados y azules intensos, para mostrar una plasticidad casi comestible, hermosa y llena de vida. Por primera vez en España se reúne la obra de estos creadores y la Colección del Museo Arte Ruso de San Petersburgo recupera así a una de las figuras más destacadas de la pintura expresionista rusa. La exposición, que se presentó ayer y se inaugura hoy, se podrá visitar hasta febrero de 2018.

Jawlensky (1867-1941) toma el testigo en las salas del museo malagueño de su amigo Vasili Kandinsky, un artista mucho más conocido por el público y al que se relaciona más con Rusia, como señaló ayer Yevgenia Petrova, directora artística del Museo de San Petersburgo y comisaria de la exposición. "Para nosotros es muy importante determinar la conexión rusa de los artistas, las reales y espirituales, por su creación y no sólo por su lugar de nacimiento", dijo Petrova, que explicó que a Jawlensky se le conecta menos con su país natal porque se fue a Alemania con su amiga íntima, la que fuera después su mujer, muy joven. En 1896 parte a territorio germano para estudiar arte alemán y beber de la creación que se gestaba antes y después de las grandes guerras. Allí residiría y trabajaría casi toda su vida hasta su muerte en 1941.

"Intentó aprender arte occidental sin olvidar sus raíces rusas y todo el ámbito en el que fue educado", comentó la comisaria de la exposición. Eso lo explicaba el propio Jawlensky en "cartas interesantísimas" en las que "nos abre su mundo interior". En algunas de esas misivas confesaba que "se estaba buscando a sí mismo y que por fin se había encontrado en el color, en la luz e iluminación", según relató Petrova. En ese momento su pintura se transforma y tanto los paisajes como los retratos pierden realismo para hacer protagonista al color y la luz, que suelen representar los cambios en su estado de ánimo. "Su arte se vuelve más creativo y menos tradicional", apuntó la comisaria.

En 1910, junto a Kandinsky creó el grupo El jinete azul, donde entran en contacto con otros pintores rusos. Con Paul Klee y Lyonel Feininger fundan el colectivo Los cuatro azules en 1924, con los que lleva a cabo muestras colectivas tanto en Alemania como en Estados Unidos. Los cuatro artistas comparten un interés común por el arte medieval y el primitivo, además de un uso muy personal de las variedades cromáticas. La comisaria de la muestra explicó que Alexéi Jawlensky siempre quiso volver a su país pero que acontecimientos como la Primera Guerra Mundial se lo impidieron.

Al final de su vida, el artista se quedó prácticamente ciego y las obras vuelven a transformarse y son más simples, más esquemáticas "porque intentaba hacerlas casi de memoria", señaló Petrova, que ha seleccionado para esta muestra 39 pinturas de Alexéi Jawlensky fechadas entre 1893 y 1937, 35 óleos de su hijo Andreas realizadas entre 1916 y 1983 y una veintena de piezas de otros artistas que le influyeron como Repin, Valentín Serov o Dimitri Kardovsky. El recorrido permite apreciar las diferentes etapas artísticas del creador ruso y establece una relación entre el autor y el momento histórico, como se puede ver en el cambio del uso de los colores tras la primera Guerra Mundial o bien un reflejo de su estado de salud que se fue deteriorando poco a poco como consecuencia de una artrosis que padeció en sus últimos años de vida. Las Cabezas, por su parte, estructuras geométricas con colores atrevidos que representan un rostro con los ojos cerrados marcan, según explicaron desde el centro, una etapa íntima del artista, que lo distingue de otros pintores de su época por su fuerte personalidad.

Su hijo Andreas Jawlensky (1902-1984) "tuvo una vida difícil", relató Yevgenia Petrova. En 1914, siendo aún un niño, expuso por primera vez junto a su padre en Suecia, gracias a una muestra colectiva de pintores rusos. Con tantas influencias a su alrededor, él siempre quiso alejarse artísticamente de su padre y de otros grandes artistas que le rodearon desde niño como Kandinsky o Klee. "Intentó encontrar su camino y lo consiguió", comentó Petrova, y subrayó "que los cuadros de Andreas no se parecen a los de Alexéi, ni tampoco a los de otros pintores".

Tras una azarosa infancia, en la que tuvo que pasar por sobrino de su padre, trabajó como traductor. En 1941 se alistó en el ejército alemán y fue enviado al frente oriental. En el 45 fue hecho prisionero y acusado de actividad antisoviética, por lo que pasó diez años en campos penitenciarios soviéticos de Siberia. Cuando en 1955 fue puesto en libertad volvió a Alemania. Dos décadas después obtuvo la nacionalidad Suiza. "Nunca pudo enseñar sus cuadros en Rusia", explicó Petrova y señaló que tras la clausura de la muestra en la filial malagueña en 2018, el Museo de San Petesburgo acogerá esta exposición.

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