Cuando todo Allen parecía visto, aparece 'Blue Jasmine'

Drama, EEUU, 2013, 98 min. Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Intérpretes: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Peter Sarsgaard, Michael Emerson, Louis C.K., Alden Ehrenreich, Charlie Tahan.

El eclipse del talento de los grandes realizadores de los 70 es uno de los enigmas de la historia del cine. Coppola filmó su última gran película (Cotton Club) en 1984 y sus últimas obras interesantes con momentos dignos de su genio en 1988 (Tucker), 1992 (Drácula) y 1997 (The Rainmaker). En los últimos 15 años sólo ha dirigido tres películas de nulo interés. Scorsese dirigió la última película digna de su talento en 1995 (Casino).

A diferencia ellos, casi compañeros generacionales suyos por nacimiento y pertenecientes a la misma generación cinematográfica por los estrenos de las películas que los consagraron como maestros (El Padrino en el 72, Taxi Driver en el 76 y Annie Hall en el 77), el genio de Woody Allen sigue intacto. Algo asombroso porque desde 1983 tomó la extravagante decisión de rodar una película por año. Y así ha sido hasta hoy. Lógicamente el nivel es desigual y las obras menores menudean. Pero hasta en la peor de ellas hay una chispa de ingenio. Y las grandes no han faltado, sumándose a las anteriores y magistrales Annie Hall y Manhattan: Zelig, Broadway Danny Rose, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Todos dicen I Love You o Match Point.

Blue Jasmine se suma a esta lista de grandes títulos allenianos como una de sus mejores últimas obras. Un raro ejercicio en el que he percibido un eco de Jane Austen en una historia que tiene como punto de partida la actual crisis económica y los financieros sinvergüenzas que la han provocado. Si se la resumo en plan Jane Austen lo entenderán. Imagínense a un financiero londinense que se ha hecho inmensamente rico a través de medios tan poco lícitos que acaba arruinado. Que está casado con una mujercita que vive en una jaula de oro, ignorando los trapicheos de su marido pero beneficiándose de ellos con desmesura de nueva rica. Que tiene una hermana pobre que vive en Liverpool en condiciones precarias y a la que nunca ve, porque cuando la ha visitado ha sido tratada con displicencia. Y que cuando el previsible hundimiento de su marido la deja en la calle se tiene que ir a vivir con la modesta hermana despreciada. Pues si cambian Londres por Nueva York y Liverpool por San Francisco, al financiero británico sin escrúpulos por otro neoyorquino igualmente carente de ellos, a la muñequita privada de su jaula de oro por una ricachona hortera de Manhattan y a su hermana pobre por una modesta proletaria tan hortera como ella, pero a lo pobre, tienen el esquema janeausteniano de esta magnífica película del mejor Allen.

Ya sé que casi todos los colegas han visto guiños a Un tranvía llamado deseo en esta película. Y los hay. Pero por tratarse de un drama más contenido y menos histriónico, interpretado por dos mujeres de caracteres y vidas opuestas que intentan sobrevivir en un mundo en violenta transformación, me recuerda más a la delicadeza entre neoclásica y romántica de la Austen que al trazo grueso y tremendista de Williams.

Hay humor y tragedia, lágrimas y risas, crítica del presente y un cierto -inevitable en Allen- aire de ensoñación nostálgica, gravedad y sonrisas. Aunque impera una seriedad tras la que se apunta un esbozo de sonrisa. Como en el final de Las noches de Cabiria del Fellini al que tanto admira Allen. Jugando con dos ciudades -Nueva York y San Francisco- y dos tiempos -el presente terrible y el pasado feliz pero falso- el maestro alza la monumental interpretación de una extraordinaria Cate Blanchett como una ruina humana alzada sobre las ruinas de un mundo corroído por la vulgaridad y la corrupción. Ruina sobre ruinas. Recuerdos sobre presente. Junto a Kate Blanchet, una gran Sally Hawkins que ha hecho de esas ruinas, y de los gatos que merodean por ellas, su hogar. Todo contado con un dominio de la imagen, una bella precisión fotográfica -¡qué capacidad para el retrato femenino del dúo neoyorquino-vasco formado por Allen y el director de fotografía Aguirresarobe!- y un sentido del tiempo narrativo propios del maestro del cine que es Allen en una de sus tardes grandes. Tan grande que es capaz de sorprender, reiventándose en fidelidad a lo mejor de su obra, tras una tan extensa filmografía y a los casi 80 años.

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