Amaral da por una vez lo que promete, ya era hora

  • 'Gato negro, dragón rojo' es la mejor obra de los zaragozanos

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Los estudios Real World, en plena campiña inglesa, son un buen lugar para meditar y grabar un disco. Allí se encerraron Amaral para dar vida a este Gato negro, dragón rojo (EMI, 2008), un álbum que nace para vender muchas copias y también para reivindicarles como una pareja artística seria. Con todas las facilidades que puede ofrecer una industria decadente, así han trabajado los zaragozanos -con multitud de formatos de venta-. Y el resultado no parece que vaya a decepcionar a sus seguidores, ni a su discográfica, y puede que logre algún que otro aplauso entre la crítica especializada -Pájaros en la cabeza (2005) los logró, pero sólo entre los que estaban predispuestos a palmearles la espalda-.

Gato negro, dragón rojo es el típico disco de una banda que ha triunfado pero que además quiere gustar. Juan Aguirre y Eva Amaral se han atrevido con un álbum doble -inexplicable que aún tengan prestigio estos esfuerzos que tanto daño nos han hecho- en el que han contado con unas cuantas colaboraciones; algunas son obvias y locales -los hermanos Ferreiro, Deluxe y Pereza, aunque los aportes de Rubén y Leiva no aparecen por problemas contractuales-; y otras ayudas son sorprendentes y foráneas, como la de Peter Buck, que pone su guitarra en Doce palabras. En cualquier caso, estas ayudas casi no se notan.

El mundo temático de Amaral sigue intacto, con una actitud de feminismo activo, muchas referencias culturales -aquí se habla de generaciones perdidas, aunque esta vez hay menos guiños cinematográficos-, y mucha historia personal. Musicalmente tampoco hay demasiadas novedades -¿por qué iba a haberlas?-, salvo que han publicado su primer tema instrumental, Dragón rojo. Lo que sí hay es alguna que otra buena canción, más de lo habitual en ellos. Así, la calmada De carne y hueso es una disfrutable pieza con amables ecos al White album (1968) de los Beatles -también era doble, oh-. Y Deprisa -una de las mejores del disco, junto con Concorde-, tiene una atmósfera atractiva, con un medio tiempo que se acelera en final épico.

Algo que tienen Amaral en su nueva entrega, y sí es una novedad, es que no tienen aquellos ganchos que tanto gustaban a su público y que tanto nos irritaban a los demás. Gato negro, dragón rojo es un disco que, además, equilibra bien sus dos partes: la primera más acelerada y repleta de himnos -algunos discutibles, otros simpáticos-, y la segunda calmada y más experimental.

Esto es lo mejor que han dado Amaral, es lo que hay. Son nuestro más extraño fenómeno superventas, y por fin han publicado el álbum que sus publicitarios siempre nos decían que habían hecho. Esta vez es verdad, y quien quiera acercarse no será timado.

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