Apología de la caja tonta

  • El Museo Picasso revisa en una exposición la influencia que tuvo la televisión en la última etapa del genio, como única ventana abierta al mundo

No hace mucho afirmó Fernando Arrabal sobre Milan Kundera: "El señor Kundera es una persona completamente normal. Hasta tiene un televisor en su casa". Cierto prejuicio sostiene que la creación artística considera a la televisión un artilugio nefasto, pero la realidad es otra desde que las primeras ondas surcaron los cielos. Pablo Picasso no quiso saber nada de la televisión durante décadas, ni siquiera cuando, a comienzos de los 60, su mujer Jacqueline Roque compró un aparato para pasar el rato mientras el malagueño lidiaba con las musas en el estudio. A partir de 1968, sin embargo, cuando el pintor cumplió 80 años, la televisión entró a formar parte de su mundo. Tanto, que es posible identificar una influencia de cuanto veía Picasso en la caja tonta en su última obra. Y éste es precisamente el discurso y la oportunidad de Picasso TV, la exposición temporal que inauguró ayer el Museo Picasso y que podrá verse hasta el 16 de noviembre. El Kunstmuseum Pablo Picasso de Münster, la Fundación Bancaja y la propia pinacoteca malagueña son los responsables de la producción de la muestra, comisariada por Laurence Madeline (conservadora jefe de los Museos de Arte e Historia de Genève, en Suiza) y articulada esencialmente en torno a la Suite 347, carpeta de grabados realizada en el mismo 1968.

Tal y como recordó ayer el director del Museo Picasso, José Lebrero, a finales de los 60, mientras la televisión ganaba en popularidad y empezaba a convertirse en electrodoméstico presidencial en los hogares europeos, "algunos artistas empezaron a indagar en la posibilidad de explotar las posibilidades artísticas del invento, de hacer arte en la televisión". Especialmente significativo fue el caso del alemán Gerry Schum, que divulgó entre numerosos artistas del Viejo Continente la idea de que la pantalla casera constituía un instrumento decisivo para proveer a públicos masivos de experiencias estéticas decisivas. También Samuel Beckett, por ejemplo, realizó curiosos experimentos invitado por la televisión alemana al adaptar a los platós algunas de sus piezas teatrales breves, y al crear obras expresamente para su emisión televisiva. Pero el caso de Picasso es muy distinto. Según explicó ayer Laurence Madeline, el Picasso de 1968 es un artista en plenitud consciente de que ha llegado a su última etapa y de que, por tanto, debe quemar sus últimas naves. En este trance, con un ritmo aún frenético de trabajo, Picasso también es una "estrella" que vive retirada y cuyo contacto con la vida cotidiana de la gente se hace cada vez más difícil. Por eso, Picasso termina recibiendo la televisión como única ventana posible a aquel mundo que antaño había tomado en peso. Y, si hasta entonces el artista había mostrado un interés descomunal por cualquier asunto humano, la televisión no iba a ser menos. Desde luego.

La Suite 347 da buena cuenta de los gustos televisivos de Picasso. En los grabados aparecen espadachines, artistas de circo, combates de lucha libre y otros elementos que, según Lebrero, "acercan poderosamente a Picasso al mundo del cómic", como escenas evocadoras de las películas del Oeste y unos muy explícitos Guiños al baño turco. Pero si Picasso ya había hecho del cómic un lenguaje propio en 1937 con Sueño y mentira de Franco, en uno de los grabados de 1968 reaparece al ánimo satírico del malagueño con una caricatura despiadada de Charles de Gaulle. Madeline, por su parte, llamó ayer la atención sobre el modo en que la percepción televisiva llega a dejar huellas formales en la obra de Picasso: "Los grabados de la Suite 347 contienen una impresión mucho mayor de movimiento respecto a los anteriores de Picasso, algo que se percibe especialmente en las escenas circenses. Los personajes aparecen reducidos de tamaño, y el encuadre se acerca al 4:3 del televisor. Además, si antes Picasso había trabajado en sus grabados con el color, ahora regresa al blanco y negro, que es el formato en que veía la televisión". En otros grabados, el artista da cuenta de la impresión que le produjo el visionado en la pantalla de la boda de la Princesa Margarita de Inglaterra: "Con tanta carroza, Picasso tiene la sensación de volver al pasado. Y es que esta exposición también demuestra hasta qué punto le interesaba la Historia".

La exposición se completa con dos lienzos de 1968 en los que aparecen representados otros tantos espadachines (la figura del mosquetero fue habitual en la obra de Picasso hasta su muerte, a pesar de la incomprensión de sus contemporáneos) y otras dos litografías anteriores muy reveladoras: una de 1953 en la que la aparecen los jardines de Vallauris sembrados de antenas y otra de 1949 en la que, en un bodegón que protagonizan una langosta y unos peces, aparece una pantalla coronada por el lema TV (ambas piezas demuestran que el cacharro ya debía interesar a Picasso mucho antes). Diversas imágenes televisivas de 1968 completan este viaje al genio crepuscular, libre e íntimo.

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