"Bastantes palabras hay ya en el mundo como para añadir más inútilmente"

  • La autora de 'Hilos' y 'Matar a Platón', obra por la que ganó el Premio Nacional de Poesía en 2004, fue la protagonista ayer en el ciclo de lecturas del Museo Picasso, que organiza el Centro Andaluz de las Letras

Ligada biográfica y emocionalmente a Málaga, de cuya Universidad fue profesora en la Facultad de Filosofía y Letras, Chantal Maillard (Bruselas, 1961) es uno de los episodios más felices e importantes de la poesía española en el último siglo. Reconocida en 2004 con el Premio Nacional por su asombroso Matar a Platón y con el Premio de la Crítica en 2007 por Hilos, traductora y editoria de Henri Michaux, exégeta fundamental del pensamiento y la estética oriental en Europa (su larga estancia en Benarés resultó decisiva al respecto) y autora de ensayos-luminarias como Contra el arte (2009), Maillard, que ofreció ayer una lectura en el Museo Picasso,desgrana en esta entrevista sus claves más personales sobre el arte y la poesía.

-Recuerdo una intervención suya hace algunos años en la presentación en Málaga de un libro de Antonio Gamoneda. En aquel acto usted defendió la idea de que la poesía no es literatura, sino una materia distinta, que corresponde a otro orden. ¿Quizá habría que acuñar una categoría no literaria para situar a la poesía?

-Me asombra cada vez más oír preguntar qué es o no es el arte o la poesía. No se nos ocurre, en cambio, preguntar qué es hacer pan o hacer una vasija. Lo cual resulta, al cabo, un tanto sospechoso: ¿será que no se necesita ni el arte ni el poema? Sin embargo, se hacen. Tal vez la pregunta pertinente no sea acerca del qué sino del por qué se escriben poemas. Recuerdo la intervención que usted comenta. De hecho, lo que me llevó a Gamoneda fue una declaración suya, con la que estaba muy de acuerdo: "la poesía no es literatura porque no es ficción". Eso es lo que hace que tenga la validez universal que pretendía Aristóteles, a pesar o porque, paradójicamente, trate de lo más personal. Cuanto más vivido sea lo que se dice, más podrán reconocerse en ello los demás. Pero eso se dará sólo y siempre que se logre decirlo de otra manera, de forma que pueda accederse de nuevo al significado que se pierde con el uso. Para ello, más que construir, es preciso deconstruir el lenguaje, transformarlo.

-En su ensayo Contra el arte adopta una postura cercana a la que defendió Witold Gombrowicz en su opúsculo Contra los poetas. ¿En qué medida el arte y la poesía son el opio del pueblo?

-Contra el arte reúne artículos en los que, entre otras cosas, trato de algunas de esas grandes palabras que se reverencian para reverenciar a quienes las cultivan y poder decir que tenemos eso que llamamos cultura; que la poesía sea una de ellas dependerá de qué se haga con ella. Disfruté mucho aquel opúsculo de Gombrowicz, en efecto. Refleja los defectos del mundo poético a las mil maravillas, con su exceso retórico que lo convierte en producto químico de uso tan sólo para poetas. Por eso es necesario distinguir entre lo poético (la poíesis, la construcción) y lo poemático, como hacía Derrida, quien era bastante más contundente: "Sobre todo no dejes que el erizo vuelva al circo o al tejemaneje de la poiesis". El erizo es el poema: a ras de tierra, es la criatura más humilde.

-¿Es la poesía la aspiración o la imitación, por muy legítima que sea, de algo que sucede naturalmente en el mundo o en el corazón humano?

-El poema es para mí, más que erizo, un caracol que sale sólo cuando las circunstancias son propicias. En la dramaturgia india se entiende que sólo el que tiene corazón percibirá el sabor de la obra. Las circunstancias adecuadas es una disposición a recibir. Esta disposición implica un trabajo personal de desaparición. Bashô decía que el yo del poeta ha que adelgazarse lo suficiente como para penetrar en lo que percibe. Atender, penetrar o dejarse penetrar y, luego, expresar. Y, por supuesto, si no se tiene nada que decir, callar.

-¿Responde el proceso de su escritura a la percepción del vacío? ¿Afronta usted cada nuevo poema más como depuración y esencia que como ejercicio de estilo?

-Sí, es así. Hablo de desaparecer. No se trata de añadir palabras a las ya existentes sin que haya más razón para hacerlo que darnos a conocer a los demás (una enfermedad bastante frecuente entre los artistas). Las palabras que se digan deberán de ser las justas. "Levantes la piedra que levantes- / despojas / a quienes precisan el amparo de las piedras", dice un verso de Paul Celan; y el despojado, si está despierto, agradece el deterioro. Lo que hago procede con un método. Puede que a alguien le sirva. No son florilegios, no gusto de esas cosas. Bastantes palabras hay ya en el mundo como para añadir más inútilmente.

-¿Tenía razón Tolstoi cuando decía que lo difícil es no escribir?

-Cuestión de ir madurando, ¿no?

-¿Recurre usted a alguna influencia o presencia musical concreta cuando escribe?

-Procuro no tenerla. Toda música remite a un paisaje determinado. Para una escritura que quiere menguar no es lo más adecuado. Prefiero el sonido a la música. A veces, cierta música viene a ser sonido.

-"Escribo / para que el agua envenenada / pueda beberse". ¿A qué sabe el agua envenenada? ¿Y a qué sabe la vida después de haberla probado?

-Sabe amarga. Literalmente.

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