Canto amordazado a la inocencia

XVIII Festival de Teatro de Málaga. Teatro Echegaray. Fecha: 11 de febrero. Dirección: Salva Bolta. Texto: Samuel Beckett. Versión: Juan Vicente Martínez Luciano. Reparto: Isabel Ordaz, Julio Vélez. Entrada: Algo más de 250 personas (casi lleno).

También es casualidad: me dispongo a escribir la crítica de Días felices y me ponen ahí abajo, justo en esta misma página, la considerada foto del año por los premios World Press Photo: la imagen de una chica afgana con la nariz arrancada de cuajo, un castigo impuesto por no obedecer como se debe a su marido. Así que, en fin, imagino que ya no tengo más remedio que atenerme a esta introducción. Tanto en el teatro como en la narrativa, la radio, el cine y la televisión, Samuel Beckett empapó sus obras de personajes que hacen referencia a categorías humanas incompletas. El efecto es parecido, ciertamente, al de una mutilación, pero la construcción es bastante más compleja: Beckett representa una reducción de la humanidad de sus personajes mediante una reducción de los elementos lingüísticos, fundamentalmente el estilo. Para ello adopta el francés (idioma, en su opinión, menos propicio al estilo) y convierte a sus protagonistas en sombras que apenan repiten lo mismo sin parar ("No podemos... Es que estamos esperando a Godot"). Días felices constituye, ciertamente, una excepción: Winnie, la protagonista, comparte esa naturaleza parcial, abúlica, como deshuesada, pero el irlandés la dota de un elemento (al parecer, a instancias de su esposa) esclarecedor: el optimismo. De hecho, después de haber escrito su producción teatral fundamental en francés, Beckett recupera para Los días felices el inglés, cuya musicalidad se atiene con bastante más efectividad a la connotación optimista, por más que Winnie también se atasque en frases (así como objetos, sensaciones y recuerdos) con las que no llega a ningún sitio.

El gran hallazgo del montaje dirigido por Salva Bolta (cuya escenografía, salvo detalles, es bastante fiel a la pretendida por Beckett) es la consideración desarrollada en torno a ese optimismo, uno de los grandes enigmas beckettianos. Buscando una palabra para definir a esta Winnie encarnada por Isabel Ordaz, la que mejor encaja con lo que pretendo decir es inocencia. Winnie, aquí, es una persona inocente. Por eso es optimista. En otros montajes recientemente vistos de Días felices, se abunda en el absurdo de ese optimismo. Pero aquí se propone una razón. Sí, la inocencia. Winnie es una criatura de humanidad lesionada, amordazada (el impacto al comienzo del segundo acto, cuando aparece ya enterrada hasta el cuello, consiste en que el espectador comprende que en realidad se está refiriendo a él mismo, por ejemplo), pero capaz del sentimiento de culpa. Y de su contrario, la inocencia. Por eso se permite ser optimista. La aparición de un elemento tan turbador como la pistola no resta un ápice a esta verdad: al contrario, la paradoja la fortalece, por más que su función sea la de propiciar el final definitivo, una posibilidad que en ésta y otras obras de Beckett aparece insinuada, no consumada. De manera que aquí Beckett es un argumento ético. Una distinción entre culpa e inocencia.

Este hallazgo se debe, sobre todo, al trabajo de Isabel Ordaz, minucioso y preciso tanto en lo físico (sus escasos recursos disponibles no llegan a parecer tics, peligro fundamental aquí) como en el uso de la voz y especialmente acertado a la hora de describir la blancura de Winnie. Se nota, eso sí, que el estreno es muy reciente y que aún debe familiarizarse más con el texto, lo que en el caso de Días felices, posiblemente la pieza más difícil jamás escrita para una mujer, pueda llevar varios meses de defensa frente al público. Un servidor, además, echó ayer de menos un mayor acento en los pasajes propensos a la comicidad, una búsqueda más descarada de la risa del público. La devastación habría sido mayor.

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