Carroñeros de despacho

Decíamos a propósito de La sombra del poder que ya parece un hecho el progreso, en forma de retorno a fuentes cinematográficamente solventes, del cine comercial americano hacia la recuperación de su solidez narrativa, tanto en lo que a la estructura de los guiones se refiere como a su puesta en imágenes e interpretación. Venimos de malos tiempos recientes de falsificaciones del cine independiente o de falseamientos del cine de autor o comprometido; y de malos tiempos no tan recientes, porque se remontan a finales de los 80, de sometimiento de la producción al gusto no educado de un público mayoritariamente adolescente hambriento de efectos (especiales) y efectismos (sanguinolentos o groseros). A veces hay que dar un paso atrás para saltar hacia delante. Y eso es lo que parece estar haciendo el cine comercial hollywoodiense al recuperar el policiaco de compromiso político que tuvo su momento álgido en los años 60 y 70 gracias a la generación perdida formada por realizadores procedentes de la televisión que tuvieron la ingrata misión de servir de puente sobre las turbulentas aguas del Hollywood en crisis industrial y creativa, extinguido el sistema de los estudios, muerto el modelo clásico de los 30 y 40, en crisis el modelo moderno de los 50 y aún no nacida cinematográficamente la generación de los Allen, Coppola, Spielberg, Scorsese o Lucas. Son los Alan J. Pakula, Sydney Pollack o, sobre todo, Sydney Lumet cuyos magisterios pesan sobre el cine norteamericano del XXI reconduciéndolo a la producción comercial que no renuncia a la inteligencia ni en lo que a la producción ni en lo que al público se refiere.

The Internacional, brillantemente escrita por Eric Warren Singer y dirigida en su debut hollywoodiense por el alemán Tom Tyker (Corre, Lola, Corre, El perfume), hace una inteligente variación sobre el tema -también tratado, entre otras películas recientes, por La sombra del poder- de la ligazón entre la corrupción política y los gigantes financieros o bancarios internacionales. Aquí no se trata de blanqueo de capitales o tráfico de armas, aunque también estas y otras actividades delictivas estén implicadas, sino del control de la deuda de los países arrasados por conflictos previamente planificados por una gigantesca trama de corrupción que, con centro en una entidad financiera radicada en Luxemburgo, se extiende por todo el mundo. Dos agentes de Interpol (Clive Owen y Naomi Watts) investigan desde hace años la corporación luxembuguesa sin sospechar la magnitud de la trama carroñera y, sobre todo, su arraigo en los aparatos de poder de varios estados. Cuando lo descubran estarán entre dos fuegos. Y hasta entre más de dos.

De entre los muchos malos que pueblan la película -banqueros corruptos, mafiosos reconvertidos en políticos, estadistas sin escrúpulos, policías traidores, asesinos a sueldo- sobresale el misterioso consejero Wexler, un ex comisario de la Stasi (la Policía Política de la Alemania del Este) soberbiamente interpretado por el gran Armin Mueller-Stahl; un complejo personaje que avisa al detective interpretado por Owen de que sólo en la ficción los hechos se ordenan según una lógica mínimamente racional y los actos tienen efectos previsibles. Esta película convierte en materia de ficción ese caos y ese carácter imprevisible que, según el siniestro y amargado personaje, tejen la realidad. Sólo se le puede reprochar que, en su tramo final, una innecesaria prisa, porque su metraje no es muy largo, deje algunos cabos sueltos; y la excesiva ensalada de tiros en el Guggenheim (aunque un amigo, experto en arte moderno y por ello también en sus imposturas, lo interpretó como un desahogo del director y lo disfrutó como la batalla de tartas en la cara de La carrera del siglo).

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