Chabrol, el hombre que estaba allí

  • Muere a los 80 años el director francés que se burlaba de la burguesía, último representante vivo de la Nueva Ola · En 1958 se autoprodujo sus dos primeros y extraordinarios largometrajes, 'El bello Sergio' y 'Los primos'

En 1951 Bazin, Doniol-Valcroze y Lo Duca fundan la revista Cahiers du Cinéma. En 1954 la revista publica el artículo de François Truffaut Una cierta tendencia del cine francés, crítica demoledora del clasicismo caligráfico del cine de la posguerra, y un número especial dedicado a Alfred Hitchcock. En 1957 Louis Malle estrena Ascensor para el cadalso. En 1959 Los cuatrocientos golpes de Truffaut y Orfeo negro de Marcel Camus ganan el premio a la mejor dirección y la Palma de Oro en Cannes, mientras Hiroshima mon amour de Resnais y Al final de la escapada de Godard suscitan el entusiasmo crítico. Había nacido la Nueva Ola, el movimiento -en realidad unión más o menos estrecha de realizadores muy diversos- que volvería a dar al cine francés el esplendor creativo y la presencia internacional que había tenido en los años 30. Y Claude Chabrol estaba allí.

En 1952, este parisino del 30 hizo un bon mariage con una rica heredera que le permitió dedicarse a la cultura y los placeres, los dos vectores de la vida de este inteligente y culto bon vivant adicto a los buenos libros y la buena mesa. En 1953 Rivette y Truffaut lo presentaron a André Bazin y le abrieron las puertas de Cahiers du Cinéma. En 1953 publicó su primera crítica en Cahiers…, en la que reivindicaba Cantando bajo la lluvia como una obra de autor. En 1956 creó una productora que debutó con un cortometraje de Jacques Rivette en el que actuaban Truffaut y Godard. En 1957 escribió junto a Eric Rohmer un libro sobre Alfred Hitchcock. Y en 1958 -justo entre Ascensor para el cadalso de Malle y Los cuatrocientos golpes y Al final de la escapada de Truffaut y Godard- se autoprodujo sus dos primeros largometrajes: El bello Sergio y Los primos. Dos películas extraordinarias. Después rodó otras sin gran interés hasta L'oeil du malin, Ofelia y Landrú en 1962 y 1963, para volver a rodar títulos mediocres hasta que en 1968 recuperó su pulso con Las ciervas y La mujer infiel, a las que siguieron entre 1969 y 1973 las igualmente interesantes Accidente sin huella, El carnicero, La ruptura y Al anochecer. Desde entonces hasta el final su carrera fue irregular, alternando las obras interesantes con las carentes de inspiración.

Por eso he escrito que cuando nacía la Nueva Ola, Chabrol estaba allí, haciéndola nacer como crítico y realizador con sus dos primeras películas. Este activo estar allí hizo su fortuna crítica, hoy un tanto desvanecida aunque los panegíricos fúnebres parezcan indicar lo contrario, e inscribió en la Historia del Cine a este realizador de tanto talento como irregularidad creativa y ensimismamiento en un universo -el de burguesía, preferentemente provinciana- que exprimió hasta cuando ya no le quedaba jugo.

Buen narrador pero a veces tosco visualizador, lo más desconcertante de su filmografía y lo que tal vez haya hecho envejecer peor hasta algunas de sus mejores películas es la dirección fotográfica, un raro mal del cine francés de los últimos años 60 y sobre todo de los 70 que afectó también, entre otros casos, a la colaboración entre Truffaut y el gran Nestor Almendros. Chabrol trabajó durante la mayor parte de su extensa filmografía con el gran director de fotografía Jean Rabier, a quien se deben trabajos tan extraordinarios como Cleo de 5 a 7 de Varda, La bahía de los ángeles o Los paraguas de Cherburgo de Demy; y que, sin embargo, desde finales de los 60, como otros colegas europeos y muy especialmente los franceses, optó por una fotografía y una iluminación, no crudas, sino toscas; no anticonvencionales, sino torpes. ¿Por qué? Cuestión de modas, probablemente. Ello ha perjudicado algunas excelentes películas de este gran, pero también sobrevalorado, realizador que ha sido un inteligente, lúcido e irónico compañero de camino.

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