Clave local de una "máquina emisora y registradora global"

  • Resultaba evidente que cinco años eran insuficientes para cumplir los objetivos

Cuando Alain Seban, predecesor de Serge Lasvignes en la Presidencia del Centre Pompidou de París, afirmó en la presentación de la sucursal malagueña hace ahora casi tres años que la continuidad de la misma después del primer lustro dependería "de que los malagueños quieran que nos quedemos", daba a entender que el órdago había que ganárselo por derecho, con pruebas fehacientes de que el Centro Pompidou Málaga iba a cumplir sus objetivos. Y lo cierto es que el Cubo del Puerto, adornado por los colorines de Daniel Buren, se ha convertido, tal y como apuntó ayer el alcalde, en el emblema más visible y recurrente de la llamada Málaga de los museos, marca cuyo impacto internacional ha sido, cuando menos, sensible. Convendría admitir que la renovación del plazo por otros cinco años se daba por cantada, especialmente tras la llegada de Lasvignes, quien ha mostrado una mayor sintonía provisional con el proyecto. Y que arrebatar en 2020 a Málaga este emblema, reproducido en cabeceras como The New York Times y The Guardian, resultaría hoy descabellado. Cuando se anunció la creación del Centro Pompidou Málaga se cometieron desde el Ayuntamiento dos errores: el primero, la presentación por parte del alcalde del museo como una más que segura fuente de inversiones y empleo; el segundo, la consignación de una previsión de 250.000 visitantes al año (en 2017, con el mejor registro, se contabilizaron unos 180.000). Es decir, se volcaron sobre el proyecto unas expectativas excesivamente optimistas y muy difícilmente materializables en sólo cinco años. Eso sí, a pesar de que los resultados hayan quedado por debajo de estas expectativas, el hecho de que el Pompidou se haya convertido en bandera de un experimento tan sonoro como la nueva identificación del mapa social, urbanístico y turístico de Málaga con su museos, justifica de largo su continuidad, o al menos así parece entenderlo Serge Lasvignes. De cualquier forma, también habría que señalar cierta ingenuidad en el Centre Pompidou de París si realmente quería contar frutos contantes y sonantes de su laboratorio malagueño en cinco años; el envite exigía pasar aquella "máquina emisora y registradora global", según definió Umberto Eco al mismo Pompidou, por un filtro local tan por hacer como el malagueño. Para alumbrar una verdadera influencia en un contexto urbano que pueda aspirar a verse transformado a través de la experiencia artística, cinco años no pueden ser suficientes, y seguramente diez años tampoco (basta recordar lo que costó la obtención de una respuesta positiva por parte del público malagueño en un centro como el CAC). Ahora, corresponde brindar un mayor protagonismo al tejido local para que empiece a sacar la cabeza.

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