Crónica de un doble debut

  • La gala lírica del Festival Plácido Domingo dio ayer en el Cerv antes exactamente lo que prometió: el oficio reconfortante del maestro, voces magistrales, momentos repletos de magia y también algunos imprevistos

El hecho de que Plácido Domingo nunca hubiera actuado en Málaga hasta ayer constituía una anomalía de difícil explicación. Finalmente, la gala lírica del festival que lleva su nombre, celebrada ayer en el Teatro Cervantes, vino a saldar cuentas, aunque no, seguramente, de la manera que sus seguidores prefirieron. La presencia del maestro, que cedió el protagonismo a otros, fue discreta, empeñada en el margen secundario, aunque dejó muestras tremendas del modo en que este hombre entiende su oficio. Y sí, Plácido Domingo cantó y dirigió ante un aforo repleto hasta los topes de un público en el que se citaban tanto la burguesía empresarial y artística malagueña como lo más granado del turismo residencial de la Costa del Sol. Motivos, pues, hubo de sobra para considerar la jornada como histórica.

Con la Orquesta Filarmónica de Málaga, en pleno y reforzada, ya en sus posiciones, Plácido Domingo salió a escena para presentar sus respetos: "Nunca había actuado en Málaga, así que hoy se produce mi doble debut aquí, como cantante y como director". Después tomó la batuta, subió a la tarima y dirigió a la OFM en la obertura de Il barbiere di Siviglia de Rossini con el consiguiente repiqueteo de pies por parte del respetable. Posteriormente, entregó la batuta a Eugene Kohn y no volvió a comparecer hasta la segunda parte. En este primer tramo fueron el tenor Vittorio Grigolo y la soprano Micaëla Oeste los auténticos protagonistas de la mano de Donizzetti y Gounod, especialmente el primero, soberbio en Una furtiva lagrima y en Ah,lève-toi, soleil de Romeo et Juliette, donde fue despedido al grito de "¡Guapo!". El dúo se mostró efectivo, teatral y pletórico en Va, je t'ai pardoné que sonó dramático y hermoso en sus detalles gracias a la Orquesta Filarmónica, que brindó, divos aparte, algunos de los momentos más logrados de la gala.

Tras la pausa se esperaba, tal y como había anunciado la organización del festival, el solemne nombramiento de Plácido Domingo como embajador de buena voluntad de la Unesco. Pero en lugar de tal distinción compareció en escena una representante del certamen y se limitó a señalar que tal nombramiento tendría lugar en alguna fecha posterior de noviembre. No fue el único imprevisto. El programa, que no ha dejado de sufrir variaciones desde que se anunció, sufrió ayer una más con la sustitución de la anunciada aria de Tosca de Puccini por Che gelida manina de La Bohéme del mismo compositor. Aunque el verdadero imprevisto lo sirvieron en bandeja el medio centenar de afectados por la hipoteca que ocuparon el vestíbulo del Cervantes apenas empezado el concierto para protestar contra los desahucios y contra lo que consideraban un excesivo gasto en la organización de la gala. Salvo alguna pitada que llegó a colarse, el incidente no fue a más y los manifestantes terminaron saliendo.

Pero habría tiempo de ponerlo todo en su sitio. Tras dirigir a la OFM en el intermedio de las Goyescas de Granados, y una vez que el maestro Ángel Romero remató a la guitarra una interpretación del Concierto de Aranjuez de Rodrigo conmovedora hasta las lágrimas, Plácido Domingo volvió a salir al Cervantes para hacer lo que todo el mundo esperaba: cantar. Y su Ay, amor de mi vida de la Maravilla de Moreno Torroba fue aplaudida con auténtico fervor. La soprano Angel Blue tomó el relevo vestida de amarillo, sin asomo de superstición alguno, y continuó el repertorio español con las Carceleras de Chapí, lo que sirvió de antesala al dúo de Plácido Domingo y Angel Blue con otra pieza de Moreno Torroba, extraída de Luisa Fernanda. Tras Puccini y Catalani, el maestro volvió a cantar en los bises junto a Ángel Romero. Y nunca un piano lírico dio tanto espectáculo.

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