Demasiada azúcar para tan amargo tema

Comedia, Francia, 2012, 87 min. min. Dirección: Jérôme Enrico. Intérpretes: Bernadette Lafont, Carmen Maura, Dominique Lavanant, Françoise Bertin, André Penvern. Guión: Bianca Olsen, Laurie Aubanel, Cyril Rambour, J. Enrico. Fotografía: Bruno Privat. Música: Michel Ochowiak.

El postre de la alegría (título horroroso que sustituye al original Paulette por un torpe cálculo comercial que explota los parecidos entre esta película y El jardín de la alegría) es la segunda película del realizador televisivo Jérôme Enrico (hijo del muy apreciable realizador Robert Enrico) y juega en la línea de la comedia agridulce con mensaje que tantos éxitos está dando al cine francés.

Paulette, la anciana protagonista, es una viuda que vive con temor y desconfianza la degradación de su barrio. ¿Degradación real o fruto de los prejuicios de la anciana? Cuidado: esta comedia juega con lo que está dando millones de votos a Marine Le Pen en los cinturones de las grandes ciudades francesas que antes eran feudos del PCF. Y juega, por muy amablemente que lo haga, en el límite difícilmente tolerable del tráfico de drogas (eso sí: de las llamadas blandas, por lo menos la anciana no se convierte en la Kristin Scott Thomas de esa basura llamada Sólo Dios perdona).

Tras un matrimonio feliz en una Francia (para ella) feliz al frente de un restaurante, Paulette es una vieja amargada, racista hasta el extremo de aborrecer a su nieto mulato, arrinconada por su exigua pensión hasta el extremo de hacerse experta en hurgar en contenedores, asustada por la invasión de inmigrantes que han desnaturalizado su barrio, corroída por el miedo, el odio y el rencor -el trío que tantos votos está dando a la Le Pen- y herida por la nostalgia. Cuando gracias al arresto de un vecino y una casualidad descubra lo fácil que es ganar dinero con el negocio de la droga, vía venta directa o sobre todo a través de la repostería aliñada, su vida cambiará.

El pecado mayor de esta película no es tratar de la marginación y la droga en clave de de comedia -los temas más serios han sido tratados por ella-, sino su ligereza y medias verdades políticamente correctas con las que disculpa o embellece problemas sociales de extrema gravedad. La comedia crítica no se toma a la ligera aquello de lo que trata: lo afronta a través de la risa o la sonrisa. Pero lo afronta, nunca lo encubre o embellece. Esta película, en cambio, lo elude. Como si el tráfico de drogas fuera una broma, los traficantes unos pilluelos, la marginación de los suburbios una anécdota y la violencia, travesuras. Jugando tramposamente con el punto de vista subjetivo de la protagonista y de sus amigas. ¿Están así las cosas o ellas las ven así? Solo el giro paródico policíaco, al incurrir en el disparate, justifica en parte estas ligerezas del guión que, en su último tramo, descarrila.

Lo que en parte redime los pecados de esta película es la extraordinaria interpretación de Bernadette Lafont, una anciana que -¡ay!- vimos en su juvenil esplendor trabajando en películas de Louis Malle, Jacques Rivette, François Truffaut o Jean Eustache. Y, junto a ella, un reparto de antiguas, que no viejas, glorias del cine francés y nuestra siempre estupenda Carmen Maura.

Se agradece la estupenda música de Michel Ochowiak. De casta le viene a Jérôme Enrico saber escoger músicos: para su padre Robert escribió algunas de sus mejores partituras el gran compositor de breve vida François de Roubaix.

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