Crítica cine

Doble impostura

La cuarta fase. Terror, EEUU, 2009, 98 min. Dirección y guión: Olatunde Osunsanmi. Fotografía: Lorenzo Senatore. Música: Ätli Orvasson. Intérpretes: Milla Jovovich, Elias Koteas, Will Patton, Hakeem Kae-Kazim, Corey Johnson, Enzo Cilenti. Cines: Málaga Nostrum, Larios, Vialia, Rosaleda, Plaza Mayor, La Verónica, Miramar, La Cañada, Gran Marbella, Plaza del Mar, Rincón, El Ingenio.

En Jogo de cena (2007), una de las películas más interesantes de la última década, Eduardo Coutinho ensaya un doble juego: especular entre la realidad y su representación, entre el relato oral y su interpretación a cargo de actrices profesionales, un experimento en el que el espectador acaba por desubicarse en la frontera entre lo real y lo fingido para reflexionar sobre los mecanismos del discurso sin que se pierda ni un ápice de la emoción o la verdad de cada historia contada.

La cuarta fase desaprovecha una idea parecida, a saber, la de poner en escena unos supuestos materiales documentales junto a su recreación ficticia (la propia Milla Jovovich se encarga de presentar el concepto en el prólogo del filme), al desplegar su doble juego, convenientemente matizado por las texturas de la imagen (vídeo vs. cine), el formato (documental vs. ficción) o dispositivos como la pantalla partida, sobre los temas y códigos habituales del cine de terror con trasfondo paranormal y/o extraterrestre: un pueblo de Alaska se convierte en el foco de una serie de acontecimientos y muertes inexplicables a los que una terapeuta en crisis intentará encontrar respuesta.

No podemos negarle al debutante Osunsanmi su voluntad de darle una vuelta de tuerca al género desde la autoconsciencia del lenguaje y un posmoderno gusto por la hibridación (ahí están La bruja de Blair o la reciente Paranormal activity como precedentes). Ahora bien, su propuesta no deja de ser nunca una mera estrategia de confusión y ruido en la que tanto lo supuestamente auténtico como todo lo ficcional acaban por mostrarse en una única dimensión meramente sensacionalista y, a la postre, tramposa en la que no se cuestiona nunca la esencia de las propias imágenes que la construyen. Al final, y con todo, lo terrorífico acaba por depender una vez más de la explotación de la superchería barata (al más puro estilo Íker Jiménez) y del habitual despliegue de sustos, gritos y efectos sonoros.

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