Genio y memoria de Juan Valencia

  • La colección 'Puerta del Mar' reúne en un volumen cinco libros inéditos del poeta, miembro del grupo 'Caracola', a modo de rescate

Ya afirmó el escritor malagueño Antonio Soler en un artículo publicado en la revista El Laberinto de Zinc en 1996 que Juan Valencia "murió con el sabor de la derrota en los labios" y que "el silencio sigue pesando sobre su obra". El poeta nació en Jerez en 1928 y murió en Málaga, a la que se trasladó antes de cumplir los 30 años, en 1990. Y aunque es considerado un poeta genial, admirado por luminarias como José Manuel Caballero Bonald y Pablo García Baena, la publicación de sus obras ha exigido empeños titánicos y a menudo baldíos. Ahora, la colección Puerta del Mar, que gestiona el Área de Cultura de la Diputación provincial, acaba de reunir cinco libros del autor que hasta ahora habían permanecido inéditos bajo el evidente título Cinco libros inéditos, con edición al cargo del director de la colección, Manuel Salinas, y con una ilustrativa introducción de Antonio Gómez Yebra.

Los cinco títulos en cuestión corresponden a los últimos años de creación de Juan Valencia, una creación apuntalada a dentelladas contra la enfermedad y la muerte: Versos de un solitario (1986-1987), Cantos a la noche (1987), Palabra en el tiempo (1988), Poemas finales (1989-1990) y Júbilos (1990). Y los cinco ven por fin la luz después de décadas de decepciones, negativas y esperanzas frustradas. El material se ha mantenido durante todo este tiempo bajo la custodia del mismo Antonio Soler, que lo recibió de manos de la viuda de Juan Valencia, Margarita Fórmica (hermana de Mercedes, la escritora y abogada, cuyas memorias han sido recientemente reeditadas por el Instituto Municipal del Libro), tras la muerte del poeta. Soler, que conoció a Valencia en 1983 y que desde entonces gozó de su amistad, aceptó el compromiso de procurar la publicación de los libros y se vio así convertido en albacea, aunque el autor de El camino de los ingleses prefiere considerarse, todavía, mero "depositario". El cumplimiento de la palabra dada, sin embargo no ha resultado sencillo. "Hubo una oportunidad muy clara a través del Centro Cultural de la Generación del 27, pero hubo un cambio de personal y al final quedó en nada", recuerda Soler. También el poeta Francisco Ruiz Noguera, que dedicó al de Jerez un artículo canónico, Diez miradas sobre Juan Valencia, aparecido en 2003 en la revista Campo de Agramante (que edita a su vez la Fundación José Manuel Caballero Bonald), ha promovido durante años la publicación de sus obras completas. La aparición de los inéditos debería dar el empujón definitivo.

Tal y como apunta Gómez Yebra en la introducción, Caballero Bonald cita a Juan Valencia en el libro de memorias que publicó en 1995, Tiempo de guerras perdidas. Ambos se conocieron en su adolescencia, aún en plena posguerra, y junto a otros ávidos poetas constituyeron un grupo que el Premio Cervantes define así: "Formábamos como un frente iconoclasta cuya principal estrategia consistía en escandalizar al personal con toda clase de descaros y excentricidades". Valencia, que estudió Filosofía y Letras en Salamanca y Valladolid, se instaló primero en Sevilla (donde colaboró con el grupo Platero) y después en Málaga, donde fue admitido por Bernabé Fernández-Canivell en el grupo que publicaba la revista Caracola, junto a Antonio Canales, Rafael León, Ángel Caffarena y María Victoria Atencia. Pronto destacó como uno de los poetas más geniales del grupo y llamó la atención de Dámaso Alonso, que tenía una casa cerca de donde vivía Valencia, en la Malagueta. Su presencia se hizo habitual en el bar Flor, justo al lado de la Plaza de Toros, a cuyo reino fue fiel hasta sus últimos días. No obstante, la aceptación de la derrota a la que se refería Soler se impuso a cualquier posible combate. Y no sólo en lo literario.

El mismo Antonio Soler recuerda a Juan Valencia como alguien "muy particular, con un aire entre bohemio y dandy. Una vez me dijo que había recibido algunas ofertas de trabajo, y me lo contó así: 'Mira, Antonio, todavía hay gente que pretende que yo trabaje'. Creo que su única ocupación fue la de impartir clases en el Colegio de los Maristas, aunque apenas duró un par de cursos. Sin embargo, era un hombre con suerte: le tocó la lotería varias veces y se compró un terreno cerca de Pizarra, donde se construyó una casa. Sus últimos años, sin embargo, fueron muy dolorosos. Aunque siempre iba enfundado en su gabardina, su aspecto se hizo desastroso. Y sufrió insomnios y depresiones hasta su muerte. Poco antes de la misma, solía decir de sí mismo: 'Tan mayor y escribiendo versos todavía". Lo cierto es que Valencia terminó vendiendo sus posesiones en Pizarra al no poder hacer frente a sus gastos . Su esposa y él lograron salir adelante, esencialmente, gracias a la herencia familiar.

La publicación de los Cinco libros inéditos debería servir, al menos, para dar cuenta del grandísimo poeta que fue Juan Valencia. La lectura que hace de Fray Luis de León (su marcha a Pizarra fue su mejor respuesta posible a la Oda a la vida retirada), Rilke, San Juan de la Cruz y Juan Ramón es tan original como reveladora y llena de verdad: "Vana, estérilmente / he querido en común / participar de la alegría / y el dolor de los otros. Mas me excluyeron aun de esto. / Qué es lo que no perdona / el hombre en mí. Por qué / a soledad me destierra, cuando / todo era en mí ofrecimiento", escribe, casi a modo de epitafio, en Poemas finales. El volumen incluye algunas correspondencias con Jorge Guillén y Caballero Bonald y un texto ilustrado de Alfonso Canales sobre la legendaria recepción a Jean Cocteau en Málaga en 1961. El malditismo debería tener utilidad en estos tiempos. Bienvenido sea Juan Valencia.

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