Japón salvaje

  • José Pazó retrata en 'Banteki' un país alejado del tópico; uno duro, turbio y nocturno, viciado por el sexo y el dinero

BANTEKI (EL SALVAJE)

José Pazó. Libros de la Ballena. Madrid, 2015. 189 páginas. 14,20 euros

Japón existe más allá de los tópicos. Lejos de las recreaciones más o menos artificiales de un paraíso de delicadeza. Ese "país de niños" -como lo llamaba Rudyard Kipling- es también un país de adultos que, en muchos casos, intentan nadar contra la corriente de las convenciones sociales. Es el mundo de los otros en el que nosotros, los occidentales de piel blanca y grandes narices, somos lo desconocido, lo exótico, lo incomprensible.

Desde ese punto de vista arma José Pazó Banteki (El salvaje). Es ésta su primera novela, pero no su primer libro, ni su primer acercamiento a Japón desde la literatura: ha traducido Un occidental en Japón de Donald Keene y Botchan de Natsume Soseki. Además es autor del libro de haikus ilustrados El libro de la rana.

Pazó creció a la sombra de los cerezos de los cuentos japoneses que su bisabuelo, Gonzalo Jiménez de la Espada (1874-1938), tradujo y publicó en España. Se los contaba su abuela Ana, que nació y vivió en Japón durante la época en que su padre era profesor de español en la Escuela Nacional de Idiomas de Tokio.

También él fue profesor de español en Kobe, donde vivió cinco años. Por eso conoce de primera mano la sociedad japonesa; y por eso -y porque Japón fue escenario encantado de su infancia- está especialmente preparado para desmontar, analizar y recrear sin matices sus luces y sus sombras. Sobre todo sus sombras.

Pazó nos propone un viaje que no tiene vuelta atrás, un viaje para el que no estamos preparados, del que hemos sido advertidos levemente en el certero prólogo de Alberto Olmos: "A partir de esta página, el lector puede darse por perdido. Llega Japón". El lector acompaña, en primera persona y como un personaje más, al gaijin (extranjero) protagonista en sus paseos en moto por Osaka, en sus desplazamientos en el metro; conoce a sus amigos (sobre todo a Tako, "un hombrecillo eléctrico con su sonrisa muda"). Asistimos como espectadores de excepción a la aventura personal de un hombre que se busca entre los rostros iguales que pueblan la noche. Entre estos rostros el gaijin encuentra seres espectrales salidos de viejas historias de fantasmas, diminutas y frágiles muñecas manga subidas a altísimas plataformas; príncipes radiantes de refinados modales y caprichos infantiles, niñas malas que venden bragas usadas y ponen precio a su virginidad en un love hotel; mujeres hermosas que se dejan manosear en el metro sin mirar nunca a la cara a la persona con la que comparte este extraño momento de intimidad en mitad de la marea humana. También hombres que beben. Mujeres que beben hasta caer de bruces sobre el tatami de sus pequeños apartamentos, que se olvidan de preparar la comida y de atender a los hijos. Hombres y mujeres que han olvidado a sus dioses -esos que dicen habitar en un rincón de todo hogar japonés- porque han aprendido a adorar a un único dios con dos caras: el sexo y el dinero.

Banteki nos presenta una gran ciudad, Osaka, devastada por el cemento, donde el agua del mar está contaminada por los vertidos industriales, donde el hombre no tiene reparos en destruir a dentelladas esas montañas habitadas por los dioses del Japón antiguo para crear horrendas islas artificiales. El gaijin es un hombre en mitad de la nada que mira en su interior para descubrir que esa nada iluminada por estridentes luces de neón es en realidad un jardín zen en el que cada roca tiene un significado preciso. Un hombre solo que se asoma a los ojos de los otros para intentar encontrar ese delgado hilo trenzado de pasión y perplejidad que nos hace iguales a todos.

Volamos con el protagonista para no perder la perspectiva. Desde arriba, tras sus pasos, nos perdemos en un laberinto habitado por seres que no encuentran sentido a lo que hacen, desclasados en una sociedad de clases blindadas: "La mierda del mundo y todo eso".

El autor nos habla a nosotros, lectores desprevenidos, ensimismados, sorprendidos ante el caudal del sinsentido, escasamente protegidos por la débil armadura del nuestras ideas preconcebidas. Y lo hace con una prosa directa, con un lenguaje coloquial lleno de alusiones, repeticiones, palabras malsonantes y frases trepidantes. Pazó nos da alguna tregua, nos deja descansar en la recreación de viejas historias del pasado. Nos sorprende con la presencia de viejos ecos del Japón antiguo, como ocurre en capítulo protagonizado por el príncipe Genji: el Don Juan nipón de la época Heian. Lo hace sin complacencia, lo muestra con ironía, lo desprende de su halo divino para convertirlo en símbolo de nuestro tiempo: se enamora de un televisor.

Especialmente hermosa e inquietante es la historia de la colegiala suicida inserta en la trama a través del diario que el protagonista encuentra en una olla de arroz mientras rebusca en la basura. Las conmovedoras páginas de este diario, incluido también como parte final de la novela, nos adentran en la dureza y a la crueldad de la vida de una adolescente desprotegida y humillada por una sociedad que parece haber perdido sus referentes a fuerza de rebelarse contra ellos.

Dice José Pazó que lo que más echa de menos de Japón es que todo el mundo le sonría. En Banteki (El salvaje) nos enseña que, tras esa eterna sonrisa, se esconde una realidad despiadada, un mundo de apariencias que ahogan la posibilidad de ser uno mismo. Sólo hay una manera de sobrevivir en Japón, viene a decirnos el autor: vivir al margen.

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