Juan Valera: disección de un escritor

  • María Remedios Sánchez García analiza en un libro al egabrense en todos sus perfiles y aconseja su lectura a las nuevas generaciones

Juan Valera en la encrucijada (editorial Síntesis) es la última escala en el proceso de investigación que la profesora granadina María Remedios Sánchez García lleva a cabo desde hace 14 años sobre el egabrense, reflejado en varios libros y artículos. Después de tantas horas de estudio y reflexión sobre el autor de Pepita Jiménez le apeteció hacer lo que en más de una ocasión le habían sugerido: "una panorámica sobre la personalidad del que ha sido, indiscutiblemente, el escritor más poliédrico, exquisito y cuidadoso con el lenguaje del siglo XIX". Así, en esta obra se propuso revelar los "aspectos que marcan esa personalidad tan fuerte o que resultan curiosos para acercarse a su modo de entender la literatura y el mundo". Entre ellos, "su amor por la poesía (su primera vocación), el costumbrismo en su novelística, el erotismo de algunos textos, su apertura de miras con el apoyo decidido a los aires del modernismo que llegan de la mano de Rubén Darío, su preocupación por la educación y la lengua, su interés por la filosofía, sus reflexiones sobre la moral y la religión. Y cuestiones curiosas como el interés que tuvo en una época de su vida por la teosofía, la influencia de la tradición clásica y oriental o su percepción del papel del escritor en la sociedad".

Profesora del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, Sánchez es una acreditada experta en Valera, a quien define como "un hombre de su tiempo que toma la realidad y construye sobre ella su universo literario". Pero en vez de reproducirla tal cual, advierte, "lo que hace es embellecerla, darle ese toque de idealismo que convierte su escritura en algo muy personal, tan diferente de sus coetáneos". El autor de Morsamor "era un hombre profundamente reflexivo y antes de escribir analizaba bien el punto de vista" desde el que quería tratar los asuntos. Así, "la trilogía clave, conformada por Pepita Jiménez, Juanita la Larga y Doña Luz, retrata la sociedad cordobesa decimonónica, el papel del cacique, la estructura social, los votos, la religión…, pero todo ello imbricado en historias mucho más profundas que revelan hasta qué punto era capaz de analizar la psicología humana con acierto, de describir los sentimientos y las emociones con precisión de cirujano de la palabra". Con el paso de los años, "Valera acrecienta sus conocimientos. Su trabajo como embajador en distintos países lo vincula a distintas culturas de manera directa o indirecta y, como siempre tuvo tanto interés por aprender, por conocer, lo incorpora a sus obras con una habilidad sorprendente. Jamás fue un escritor anticuado. Siempre estaba al tanto de lo que se publicaba o de lo que sucedía. Hasta el último día de su vida".

La obra de Sánchez, subtitulada Pensamiento, estética e ideología en la literatura del siglo XIX, supone una reivindicación de Valera, una de las grandes voces literarias del XIX español, no siempre recordado como se merece: "Es un nombre clave en la literatura española por ese estilo tan personal de construir sus obras. Para él el estilo era fundamental en la construcción literaria y él lo tenía perfectamente definido. Cuando lees una obra de Valera, a poco que se conozca el siglo XIX, incluso sin su nombre, se sabe que es suya. Es inconfundible frente a Galdós, Clarín o Pardo Bazán. Es un pilar indiscutible en la literatura española que no ha sido suficientemente tenido en cuenta en los últimos años. Se reivindica mucho la obra de Galdós, la de Clarín…, pero Valera es infinitamente más cuidadoso con la lengua, más cercano. Debería ser un autor de imprescindible lectura en secundaria: por cómo maneja la lengua, por su capacidad para describir, por su saber hacer".

Y no hay que olvidar que "fue el escritor más culto de su tiempo. Un cordobés universal traducido al inglés, al francés, al italiano…, mucho antes que otros sobre los que se ha hecho una campaña de marketing editorial tal vez más intenso. A Valera no lo ha defendido más que su obra, una obra grandiosa pero no suficientemente conocida fuera de las dos o tres novelas más editadas. Y Valera es mucho más que Pepita Jiménez o que Juanita la Larga. Es un continente literario del que queda mucho aún por descubrir. Y eso no se puede decir de muchos coetáneos suyos".

Al menos, el egabrense sí ha tenido "grandes investigadores que le han dedicado estudios brillantísimos". Para Sánchez resulta "fundamental" citar a Matilde Galera, "triste y prematuramente fallecida", a quien considera su maestra "y un referente imprescindible de los estudios valerescos". Además de ella, José F. Montesinos, Cyrus DeCoster y Leonardo Romero Tobar aportaron "las claves básicas en las que luego han profundizado otros estudiosos con profundo acierto".

Valera era "muy valorado por las generaciones más jóvenes en su tiempo" porque fue "un intelectual completo, un polígrafo brillante y lleno de matices". Sin embargo, "al no seguir una tendencia estética dominante (no era realista ni naturalista ni todo lo contrario: era, simplemente, Valera), pasó a ocupar una segunda línea algo por detrás de Galdós o Clarín". Esto, anota la experta, "lógicamente ha pesado en la falta de reconocimiento más popular, más de masas. Pero los amantes de la literatura exquisita y cuidada siempre han apreciado su obra y por eso ha perdurado". Lo que falta ahora "es acercarlo debidamente a las nuevas generaciones porque, si ya resulta atrayente su obra, si además aportamos unas pinceladas de su fascinante biografía nos encontramos con un personaje tan seductor que entusiasmará al público más general. A la obra de Valera le falta sólo ese empujón".

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