Lumbreras oscurece el relato de los 'Brotes verdes'

LA Sala de Exposiciones de la Escuela de Arte de San Telmo (calle El Ejido, 3) sirve de campo abonado para Brotes verdes, lo último de Chema Lumbreras (Málaga, 1957). Pasadas por ese tamiz tan naif que las caracterizan, las figuras del artista -ya sean plasmadas en el papel, o modeladas con éste propiamente- componen un todo que bajo ese título, y con la que está cayendo, no puede más que despertar muecas irónicas y suspiros de España atribulados. Y eso que las instalaciones, tanto las suspendidas en el aire como las que se extienden a lo largo del suelo, son susceptibles de sacar alguna que otra risita cómplice a quien reconoce al apasionado Greil Marcus, para poco después congelar la misma a la vista de esas criaturas encerradas en su propia burbuja sensorial, con la alienación de quien no se considera recuperado, tras una debacle económica que ya va para una década. Rapunzel, desde un agujero negro, observa con mirada penetrante, mientras la esperanza adquiere rasgos de insecto (con permiso de unas cucarachas que parecen sacadas de un relato de Clarice Lispector). El tríptico de ilustraciones exhibe humanos con cabezas de cerdo en paisajes desolados, cada vez más oscuros, como se puede comprobar hacia el final de la muestra, si la vemos en sentido inverso a las agujas de un reloj. Cronómetro de un tiempo que se nos escapa, a pesar de las carreras de ese runner animalizado que corre con atlética desesperación hacia una recuperación que no por prometida es más cierta. La negrura del soporte delata una visión de lo real que está, al fin y al cabo, en el aire: como toda existencia humana mientras perdura. La exposición permanecerá en cartel hasta el 30 de junio próximo.

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