Crítica Teatro

Nostalgia de una épica

alejandro magno

Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Lugar: Teatro Romano de Mérida. Fecha: 13 de julio. Producción: Pentación. Dirección: Luis Luque. Texto: Eduardo Galán y Luis Luque, a partir de la tragedia de Jean Racine. Música: Mariano Marín. Reparto: Félix Gómez, Amparo Pamplona, Armando del Río, Aitor Luna, Unax Ugalde, Diana Palazón y Marina San José. Aforo: Algo más de 2.000 personas (casi lleno).

Estrenó Jean Racine su Alejandro Magno en 1665, dos años antes de la Andrómaca que le encumbraría para siempre como fenómeno esencial del clasicismo junto a Molière y Corneille. Hasta entonces, el gran héroe macedonio, cuyas gestas surcaron a destajo las páginas de la Edad Media en multitud de apócrifos, había sido un elemento extraño al teatro, lo que no deja de obedecer a cierta lógica: ni las formas sacramentales de la Edad Media ni las tragicomedias mestizas del Barroco Europeo prestaban mucho espacio a una épica tan descomunal como la del Hijo del Trueno. Tal vez Shakespeare, quién sabe, pudo haberse asomado a las entrañas de tan vasto imperio; pero en lugar de esto prefirió sacarse de la manga al vengativo Coriolano, ante lo que poco se puede decir más allá del símil futbolístico: Shakespeare es Shakespeare. Fue un joven Racine empachado de Sénecas y Eurípides el que finalmente decidió subir a Alejandro a las tablas, seguro de que en sus conquistas había un viaje potencial a las formas clásicas de la tragedia según el ideal preilustrado del XVII, plagado de grandeza. El teatro, por tanto, dispuesto a hacerse enorme y aparatoso como antaño tras el peaje abonado a parroquias y corrales, sí estaba ya en condiciones de hacer del dueño de Asia su particular deus ex machina. Y es curioso, porque el montaje dirigido por Luis Luque (verdadero nuevo as de la escena nacional en virtud de su alianza con Paco Bezerra, que además estrenará en noviembre Todas las noches de un día de Alberto Conejero) puesto de largo el miércoles en Mérida se reviste de la misma ambición a la hora de presentar al espectador una experiencia total. El escenario inundado evoca directamente el poderío de los viejos anfiteatros latinos, en una conjunción simbólica en la que el fuego, el agua y la tierra le hacen el juego cosmogónico a Empédocles. La entrada solemne de Alejandro en los funerales de Olimpia a lomos de Bucéfalo (encarnado por la yegua Gitana, que se llevó sus buenos aplausos) y secundado por ocho figurantes armados de tambores es asombrosa y espectacular. De modo que sí, la experiencia está: no todo lo que sucede en este Alejandro Magno es clásico, pero el paisaje general, y muy especialmente las intenciones, lo son a rabiar.

Racine sitúa a Alejandro a las puertas de la India, en los prolegómenos de la que será su última batalla. A partir de aquí, sin embargo, la versión de Eduardo Galán y el mismo Luis Luque se desentiende de Racine y deja a un lado la tragedia a favor de la épica. Quien más sale beneficiado de la jugada es el espectador, que encuentra un montaje resuelto en poco más de hora y media, dinámico, ágil y eficaz, aunque no por esto exento de lagunas y altibajos. Es evidente que el público de nuestro tiempo va a mostrarse más inclinado ante la épica del peplum que ante la tragedia mortífera, y más aún la tragedia mortífera de Racine; y sí, seguramente nuestro Alejandro Magno es una producción pensada sobre todo para los consumidores de novela histórica, lo que resulta legítimo aunque termina saliendo demasiado caro, especialmente en un final sobrado de azúcar en el que uno sí echa definitivamente de menos la tragedia. La construcción del protagonista, sacudido por un duelo interno entre las ansias de conquista y ciertas tentaciones de claudicación, resulta delicada pero salvo algunos deslices está bien guiada, con momentos hermosos como la lectura de la Ilíada y aciertos como la incorporación de Olimpia, que asiste a su hijo de modo consolador desde el más allá. El triunfo se alza, de cualquier forma, en los sentidos, con una preciosa puesta en escena (genial la evocación de los elefantes mediante las máscaras y la danza kathak), el vestuario detallista hasta el escrúpulo de Paco Delgado y la música, extendida como significativo telón de fondo, en la partitura de Mariano Marín.

Pero es en la cuestión interpretativa donde más dudas arroja Alejandro Magno. Y se produce aquí una paradoja: el reparto hace bien, por lo general, su trabajo, con un Félix Gómez crecido en la diatriba entre el hombre y el dios, una resolutiva Amparo Pamplona que se pasea por el filo para hacer creíble con éxito a la fantasmal Olimpia, un estupendo Armando del Río como Hefestión y el buen hacer de Diana Palazón, ajustada y pródiga en sus recursos. En el resto, ay, sobran irregularidades técnicas y posturas acomodaticias en la composición de los personajes hasta dejarlo en un acuerdo de mínimos; pero el conjunto, insisto, exhibe un equilibrio formal suficiente para dejarlo a uno tranquilo. El problema es que, sí, el reparto trabaja bien, pero hay ocasiones (en realidad, así debería ser siempre) en que esto no es suficiente. Todo aquí está bien hecho, bien dicho (bueno, casi) y bien puesto, pero a todo le falta igualmente verdad, vida, músculo, sangre y sabor a tierra. Sobran algunas lecciones de arte dramático y faltan algunos pelos (con perdón) en según qué sitios. Es cierto que esta noción del teatro tiene su público, no precisamente escaso (el que casi llenaba el Teatro Romano en el estreno dedicó al elenco una larga ovación en pie), pero habría que preguntarse si no es el propio teatro el que sale perdiendo más a cambio. Lo mejor de todo es que Alejandro Magno llega en un momento en que al público español empezaba a dolerle la nostalgia de cierta épica. Y aquí la tiene devuelta, a raudales.

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