Paul Weller lo borda

  • El que fuera líder de The Jam y Style Council, y que lleva años siendo el alma de lo que queda del brit-pop, se quita años de encima con el titánico '22 Dreams'

Disco tras disco, año tras año, las carreras se desgastan, ya queda poco o nada que decir, que cantar. Esa realidad no le es desconocida a Paul Weller (1958), el hombre que puso fin a The Jam -¿lo mejor del punk inglés que se podía escuchar sin grapas en la nariz?-, se la jugó y perdió con Style Council y resurgió en los 90 como el padre de la camada más retrógrada del brit-pop. Con 50 años casi recién cumplidos, el inglés que ama el soul se saca de la manga su primer álbum doble -sencillo en CD, el formato condenado-, un brillante 22 Dreams (Island / Universal, 2008), el trabajo que recorre la columna vertebral de su vida sin nostalgia y sí con talento, acierto, estómago y gracia.

Weller es un tipo fiel a su condición de Modfather y sigue con los suyos: cualquiera que sea alguien en el pop inglés y sepa apreciar un single de Fontella Bass y a los Small Faces. Steve Cradock -guitarra de Ocean Colour Scene- mantiene su posición de ayudante privilegiado, Noel Gallagher y Gem Archer vuelven a echar una mano -Echoes Round The Sun es un groove psicodélico de octanaje medio pero resultón-, Aziz Ibrahim -ex The Stone Roses- se echa unas palabras, Graham Coxon -sí, el ex Blur también es colega- toca la batería en Black River, y el gran Robert Wyatt da sentido a Song For Alice, el precioso instrumental de homenaje a la señora Coltrane. Vamos, que Paul Weller tiene una agenda telefónica de primera y no le tiembla la mano para utilizarla. Pero da igual, 22 Dreams es Paul Weller en su esencia más pura y variada.

No hay demasiado sustancialmente nuevo en 22 Dreams, salvo algunos juegos atonales y ciertos teclados por aquí y por allá, pero Weller se revisa a sí mismo y a sus gustos de siempre con un tino poco común. Sí, los ecos de Nick Drake están presentes, así como el Northern Soul, los Small Faces y todo lo demás. Lo que no había antes era la soltura con la que repasa lo que siempre ha hecho, como un torrente desatado.

Mucho piano, muchísimo teclado añejo -moog, mellotron-, orquestaciones preciosas y contenidas -de la mano de Simon Dine- y guitarras suaves -salvo algún arrebato, como en la colaboración de la mitad de Oasis-, dan forma a este álbum profundo y extraño, cálido y cercano, un caleidoscópico abrazo al oyente y al pop británico. Paul Weller es un especialista en resurrecciones y lo ha vuelto a hacer con 22 Dreams, el disco con el que se quita de encima la sensación de cansancio que transmitían sus últimos y sólo buenos discos. He's The Keeper, decía él de Ronnie Lane.

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