Pavana y homenaje para algunos cantos de cisne

Teatro Cervantes. Fecha: 8 de mayo. Texto y dirección: Albert Boadella. Reparto: Arturo Fernández, Mona Martínez, Sara Moraleda, David Boceta, Alfonso Vallejo, Jesús Teyssiere y Chema Ruiz Muñoz. Aforo: Unas 400 personas.

Este Ensayando a Don Juan es la secuela natural de otro montaje de Albert Boadella, uno que estrenó con Els Joglars allá por (creo recordar) 2005: En un lugar de Manhattan. Si en aquella obra un hidalgo de insobornable locura (encarnado por el genial Ramon Fontseré) venía a ajustar las cuentas con una compañía teatral que pretendía fabricar un espectáculo de vanguardia a costa del pobre Don Quijote, aquí el esquema se repite con otro emblema esencial de la literatura española: el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Y vaya, de hecho, si se repite el esquema: el planteamiento es esencialmente el mismo, así como la escenografía y otros recursos como el personaje de la directora aberrante. No obstante, no se trata tanto de que a Boadella se le agoten las ideas (gracias a Dios), sino de que el director y dramaturgo ha decidido insistir en el mensaje, seguramente porque el tiempo le ha dado la razón y porque al tintero, en fin, todavía le quedaba alguna enjundia. Lo mejor de la obra, como ocurría con los últimos montajes de Els Joglars, es el homenaje que Boadella brinda al que ha sido su medio de vida durante tantas décadas: el teatro. Y vuelve a hacerlo a partir de una evidencia que había quedado bien patente en la despedida de Boadella al frente de la compañía catalana, 2036. Omena-G: el teatro sobrevivirá, sin remedio, a todo lo demás. Incluso a quienes lo practican. De modo que el Tenorio representa aquí una suerte de deus ex machina cuya presencia parece invocar el propio Boadella, para tranquilidad suya y del resto que amamos el medio.

De paso, Boadella pinta aquí a un Tenorio, tal y como ocurriera con Don Quijote, que planta cara a quienes quieren ver en él un arquetipo deleznable. Y lo hace poniendo bajo los focos a un actor de la vieja escuela, Arturo Fernández, que hace de sí mismo (por más que interprete a un personaje llamado Fernando; el intermediario resulta, de todas formas, innecesario), junto a otros, jóvenes y no tanto, que al fin y al cabo se buscan la vida como pueden. Quien pone el verdadero contrapunto es el personaje de la directora, obsesionada con el machismo y con todo lo que de machista pudiera tener el Tenorio. Y el propósito es loable, aunque el trazo es bastante más grueso de lo necesario. Boadella, que conste, no defiende una interpretación purista del clásico de Zorrilla frente a posibles experimentos (resultaría cuanto menos chocante tratándose del hombre que introdujo gran parte de las vanguardias europeas del pasado siglo en España, cuando aún quedaban pendientes); su obra denuncia más bien una traición al espíritu a costa de la promoción de unos valores, consagrados por el poder pacato y bienpensante, que considera que todo debe ser juzgado a partir de la pobreza de su óptica moral. El problema, ay, es que el dardo no evita que la obra termine siendo reiterada y farragosa.

Aunque, qué quieren que les diga, quien merece aquí los mayores aplausos es Arturo Fernández, que borda un reto delicado y muy comprometido en el que a veces juega a favor de sí mismo y en otras hace todo lo contrario. Es él quien, con muy poco, sostiene el montaje. Y que los cisnes canten, si quieren.

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