Un Picasso, todos los 'Picassos'

  • A la espera de que lleguen las nuevas adquisiciones anunciadas ayer, cabe considerar la colección permanente como un paisaje general de cuanto el genio malagueño dio de sí a lo largo de su trayectoria

La radical ampliación de la colección permanente del Museo Picasso Málaga, que se dará a conocer en su totalidad el mes que viene, significa una noticia de primer orden por cuanto la expansión permitirá profundizar en el discurso que los fondos del Palacio de Buenavista han venido ofreciendo a sus públicos desde su fundación hace seis años. El objetivo de toda colección es, valga la redundancia, ofrecer un discurso, y en el caso de una colección dedicada exclusivamente a Picasso (cualidad que no comparten otros centros que deben su título al artista, como el Museo Picasso de París, cuya colección permanente contiene 400 grandes obras del malagueño e incluye también creaciones de muy diversos artistas), el discurso será necesariamente prolijo: y es que es imposible hablar de un solo Picasso, sino de muchos Picassos: existe el Picasso clásico, el Picasso de las vanguardias, el Picasso cubista, el Picasso surrealista (aunque él mismo habría renegado de esta categoría), el Picasso minimalista, el Picasso barroco, el Picasso mediterráneo, el Picasso animista, el Picasso europeo, el Picasso africano y otros muchos. El demiurgo creador del Guernica encierra en su seno toda la Historia del Arte. Y a pesar de que las 156 obras que hasta ahora habían alimentado la colección del museo pueden parecer pocas en comparación con otros (los fondos del Museo Picasso de Barcelona alcanzan las 3.800 piezas), es de justicia admitir que, en gran medida, el paisaje ofrecido en el Palacio de Buenavista responde con fidelidad a todos esos Picassos, al menos en su mayor parte.

Pocos museos del mundo, por ejemplo, permiten descubrir las raíces de todo el arte expresado después en el Picasso niño. En Málaga, trabajos como el Estudio doble del ojo izquierdo (1892, realizado como ejercicio de clase en La Coruña mientras estudiaba con su padre, José Ruiz Blasco, como profesor) y Grupo de mujeres (1901) permiten comprobar que la obsesión por la forma y el volumen fueron poco menos que innatos en el genio. Desde ahí hasta pinturas como el descomunal lienzo Hombre (1972), en el que Picasso parece pintar a su compañero último frente a la muerte en una confesión de verdadera emoción artística, el trazado biográfico y estético es mucho. El cubismo, sus traiciones y sus recuperaciones quedan patentes en pinturas como Frutero (1919), Naturaleza muerta con guitarra sobre velador (1922) y Naturaleza muerta con gallo y cuchillo (1947), pero quizá se revela con especial intensidad el Picasso amante de la cultura grecorromana, el que encontró en el mito el mejor medio para ahondar en sus ideas respecto a la naturaleza entendida como contrarios de poderosa atracción e igual repulsión: ahí quedan representativos dibujos y grabados, como Flautista y desnudo recostado (1932) y Pintor trabajando, observado por una modelo desnuda (1927), pero también en cerámicas como Busto de fauno (1957). Precisamente, quien quiera conocer a fondo el modo en que Picasso empleó la cerámica, un soporte al que accedió de manera tardía, con más de 60 años, pero con efectos sorprendentemente rejuvenecedores por más que buena parte de la crítica lo considere un formato menor en su producción, tendrá que asistir al Museo Picasso Málaga. En cuanto al Picasso animista, quizá el objeto más representativo al respecto es la Pequeña figura (creada en madera en 1907 y fundida en bronce en 1964), de absoluta inspiración africana, que protagonizó la primera exposición del ciclo La colección en contexto.

Aunque el desconocimiento de la lista de 72 obras compradas no permite aún analizar en qué medida la colección ampliará esta mirada, las seis donaciones cuya identidad sí reveló ayer Bernard Ruiz-Picasso permiten aventurar que la amplitud seguirá siendo una constante. Así, desde el dibujo Dos hombres avivando un fuego, que en 1902 hacía presagiar ya en sus formas la considerada etapa rosa, hasta el grabado Dos mujeres y un voyeur de 1968, en el que reafirma su intención perenne de llevar la figuración al extremo cuando parecía haberlo dicho todo, el camino es largo. Será un placer confirmarlo.

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